Crítica: Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh)

La Palma de Oro en Cannes convierte un choque con un perro en una pesadilla moral donde el país entero aparece atrapado entre los recuerdos, el miedo y la violencia.

Jafar Panahi 

/ Vahid Mobasseri, Ebrahim Azizi, Maryam Afshari, Hadis Pakbaten, Majid Panahi, Mohamad Ali Elyasmehr

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía

Fue solo un accidente arranca con un hombre (Ebrahim Azizi) atropellando un perro en una ruta oscura mientras conduce su carro en el que se encuentran su esposa embarazada y su pequeña hija. Jafar Panahi convierte esa escena en una trampa narrativa y emocional que no suelta al espectador. El accidente es apenas el chispazo que revela un país gobernado por la desconfianza y el trauma, donde cada persona carga una herida y cada decisión nace de un miedo muy antiguo.

El relato encuentra su núcleo cuando Vahid (Vahid Mobasseri), un trabajador marcado por la cárcel y la tortura reconoce (o cree reconocer) el sonido de la prótesis del hombre que atropelló al perro. La película juega con esa duda, pero Panahi no la usa para montar un thriller convencional. Lo que le interesa es el daño. Cómo una víctima arrastrada por el recuerdo puede volverse verdugo en un segundo, y cómo la frontera entre justicia y venganza se vuelve borrosa cuando el Estado ya ha destruido toda confianza en la verdad.

A partir de ese punto, Panahi arma una especie de caravana de damnificados. Gente que jamás debería haberse encontrado termina apretada dentro de una camioneta que funciona como celda móvil, confesionario y circo trágico. Está Shiva (Mariam Afshari), una fotógrafa que sobrevivió a la prisión, Goli (Hadis Pakbaten) una novia en vestido blanco que queda atrapada junto con su prometido Ali (Majid Panahi) en pleno desastre y Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr) un compañero de Shiva impulsivo e incapaz de controlar su rabia. Cada uno aporta una herida distinta, y todos juntos forman un retrato mordaz de un país donde el sufrimiento se comparte casi por inercia.

La fuerza de la película está en su tono, siempre oscilando entre lo siniestro y lo absurdo. Los personajes cambian de rumbo una y otra vez como si respondieran a una lógica de pesadilla. Un secuestro improvisado, un entierro improvisado, un parto improvisado. nada parece real y, sin embargo, todo lo es, además de sentirse inevitable. Panahi entiende que vivir en una dictadura es moverse en ese estado ambiguo donde lo ridículo y lo terrorífico se tocan.

Las escenas de sobornos son pequeñas obras maestras de la sátira cruel. Enfermeras que piden presentes con sonrisa incluida, guardias que exigen coimas con un lector de tarjetas inalámbrico, funcionarios que negocian favores como si fueran chistes privados. En otro país sería humor negro; en Irán es apenas la rutina.

Visualmente, Panahi exprime cada espacio cerrado como si estuviera filmando desde el interior de una mente acorralada. La camioneta se vuelve un personaje más, un contenedor donde las emociones chocan con la misma violencia que las ruedas contra el desierto. Los paneos continuos y los cambios bruscos de ritmo sostienen el desconcierto sin caer en la artificiosidad. Y cuando la historia sale hacia la inmensidad árida del paisaje, la ironía duele. Hay muchísimo espacio, pero nadie tiene dónde escapar.

El dilema moral se hace más punzante cuando surge la pregunta: ¿se puede recuperar la humanidad después de haber sido obligado a abandonarla? Panahi no da respuestas fáciles. Observa, disloca, deja que cada personaje resbale entre impulsos nobles y deseos de venganza. Su película no condena ni absuelve; muestra cómo una sociedad entera aprende a sobrevivir a punta de cicatrices.

La cinta ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes es un trabajo brutal sin necesidad de escenas explícitas. Panahi nunca se rinde al efectismo y su comedia negra jamás olvida lo que está en juego. El director iraní vuelve a demostrar que incluso bajo prohibiciones, arrestos y vigilancia estatal, su cine sigue siendo peligroso porque expone lo que el poder quiere esconder y porque lo hace con una lucidez que ningún régimen puede domesticar.

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