Crítica: Valor sentimental (Affeksjonsverdi)

Una disección de la familia, la memoria, el cine y la imposibilidad de comprender al otro, en una película noruega que combina el duelo con la ironía del arte.

octubre 16, 2025

Cortesía de MUBI

En Valor sentimental, el cineasta noruego Joachim Trier continúa su exploración de los vínculos humanos y de la identidad con una lucidez que recuerda a los mejores momentos de Oslo, August 31st o The Worst Person in the World, pero aquí lo hace con un tono más teatral, más feroz y, sobre todo, más confesional. Lo que comienza como una historia de reconciliación familiar termina siendo un estudio sobre el narcisismo, la herencia emocional y la fragilidad del ego creador.

La película gira en torno a Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un director de cine envejecido, egoísta y en declive, que regresa a la casa donde creció y que abandonó décadas atrás junto a su esposa y sus hijas tras la muerte de su exmujer. Allí lo esperan sus dos hijas adultas: Nora (Renate Reinsve), actriz de teatro célebre pero emocionalmente quebrada, y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), más estable, madre de familia y académica. El reencuentro, bajo la aparente excusa de ordenar los recuerdos y vender la casa, pronto se convierte en un campo de batalla psicoanalítico donde el arte, la culpa y el deseo de redención colisionan.

El conflicto se intensifica cuando Gustav decide rodar una película autobiográfica en esa misma casa sobre su madre, una mujer marcada por la tortura durante la ocupación nazi, y pide a Nora que interprete el papel. Es el gesto más perverso del cine dentro del cine. Un padre usando a su hija para reencarnar el trauma familiar que él mismo nunca supo mirar. Trier filma esta manipulación con una ironía contenida, consciente del filo entre homenaje y vampirismo. Al inicio el arte no cura sino explota.

La película dialoga abiertamente con Persona de Ingmar Bergman en su obsesión por las máscaras, la fusión identitaria y los límites entre quien interpreta y quien es interpretado. Hay un eco bergmaniano en la manera en que Trier retrata la intimidad como un acto cruel, y la comunicación como un espejismo. Sin embargo, su mirada, como la de Woody Allen, es más empática, inestable y psicoanalítica, alineándose también con el cine de Susanne Bier en su análisis de la culpa, la pérdida y la imposibilidad de controlar los afectos. Estas tres influencias conviven en equilibrio, mientras Trier las filtra a través de su estilo característico: fluido, elegante y emocionalmente disonante.

El guion, coescrito con su colaborador recurrente Eskil Vogt, es una sinfonía de elipsis, sobreentendidos y miradas interrumpidas. Ningún diálogo resuelve nada; cada palabra abre una herida. Trier se detiene en los silencios, en los gestos torpes, en la forma en que un cigarrillo compartido entre padre e hija puede ser un intento de reconciliación o una traición tácita. Su cine siempre ha sido sobre la imposibilidad de decir lo esencial, pero aquí esa imposibilidad se vuelve tesis. No hay forma de conocer del todo a alguien, ni siquiera (y sobre todo) a los que amamos.

Stellan Skarsgård entrega una interpretación compleja y valiente, que evita el patetismo del “viejo artista decadente” para construir a un hombre tan seductor como repulsivo, movido por la necesidad de controlar lo que ama. Renate Reinsve, que ya había mostrado una profundidad extraordinaria en The Worst Person in the World, aquí se supera. Su Nora oscila entre el desdén, la vulnerabilidad y una furia contenida que nunca estalla, pero impregna cada escena. Entre ellos hay una tensión casi física, una guerra fría emocional que Trier convierte en puro material dramático.

La irrupción de Elle Fanning como Rachel Kemp, una actriz estadounidense que termina ocupando el papel que Gustav había escrito para su hija, añade una capa de ironía y extrañamiento. Al teñirse el cabello del mismo color que Nora y repetir sus gestos, Rachel se transforma literalmente en su doble, un eco de Persona que Trier maneja con humor y sutileza. En esa duplicación se condensa el tema central del filme: la identidad no como esencia, sino como contagio.

Formalmente, Valor sentimental es una lección de estilo. La cinematografía de Kasper Tuxen respira con los personajes, alternando la intimidad del close-up con una distancia casi documental. El montaje de Olivier Bugge Coutté introduce cortes negros que dividen el relato en capítulos, reforzando su estructura literaria, como si cada secuencia fuera una confesión. La dirección de Trier se mantiene invisible pero meticulosa. Estamos ante un cineasta en control de su forma, pero abierto a la emoción impredecible.

La película no teme el sentimentalismo del título, pero lo aborda con ironía y compasión. Su verdadero logro está en su equilibrio entre la burla y el perdón y entre la lucidez y el afecto. En sus mejores momentos, Valor sentimental alcanza una melancolía luminosa, ese estado donde la tristeza y el amor se confunden porque, en el fondo, son lo mismo.

En última instancia, Trier filma lo que Bergman, Allen y Bier también entendieron: que no hay redención en el arte, pero sí una forma de entendimiento efímero. El cine, como las relaciones humanas, no cura; apenas nos permite mirar de frente aquello que nunca podremos explicar del todo.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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