Hay una clase de película hecha para funcionar como máquina de combustión inmediata, y Equipo de demolición lo sabe desde su primera escena. El gancho dramático (la muerte del padre) es apenas el pretexto para juntar a dos fuerzas de la naturaleza con personalidades opuestas y dejarlas chocar hasta que, de tanto pelear, terminen entendiendo algo de sí mismas. Ángel Manuel Soto, la persona detrás de la infravalorada The Blue Beetle, filma esa premisa con pragmatismo y pulso. Un ritmo alto, música pop ochentera como combustible nostálgico y acción diseñada para que el espectador nunca se pregunte demasiado por el “por qué”, solo por el “qué sigue”.
Lo mejor está en la dinámica Bautista–Momoa. La cinta se apoya en ese contraste clásico de manual. Uno es el bloque disciplinado, el otro es el exceso carismático; uno calcula, el otro improvisa; uno calla, el otro habla por los dos. Cuando el guion les permite pelear “jugando” con comentarios, retos y competencia infantil, la película se enciende, porque ahí aparece lo que en realidad vende el paquete, que es la sensación de ver a dos estrellas disfrutando el intercambio. El humor, además, no pretende sofisticación. Más bien busca el golpe rápido, el apodo burlón y la frase que queda bien entre disparos. Perfecto para una noche de pizza y cervezas.
El problema es que el relato policial que debería sostener la persecución se siente como un trámite. La conspiración existe porque el género la exige, no porque esté construida con auténtico veneno. Eso le baja la temperatura al conflicto. Hay persecuciones, tiroteos y golpes muy bien servidos, pero rara vez aparece esa presión que vuelve memorable a una buena cinta de acción. La película compensa con exceso de movimiento (carreteras, helicópteros, incendios y escapes) y con un villano hecho para el lucimiento y la sobreactuación (cortesía de Claes Bang), que es mucho más gesto que amenaza real.
También es un regreso al cine de acción que no se detiene a mirar daños colaterales. Todo explota, todos caen, y el relato avanza sin pausa moral. En 2026, ese “modo” se siente casi anacrónico, pero la película lo abraza como parte del chiste. Esto es un parque de atracciones para adultos, con terapia de hermanos incluida, sin mayor interés en sutilezas.
Equipo de demolición deja la impresión de haber sido diseñada para la conversación de amigos de fin de semana. Cumple, entretiene y se olvida rápido. Su verdadera victoria es más básica y, a la vez, más difícil de lograr. Durante dos horas, Soto, Bautista y Momoa consiguen que el artificio valga la pena.
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