Crítica: El juego de la vida

Una investigación académica se transforma en un retrato humano sobre azar, pobreza y supervivencia.

abril 29, 2026

Cortesía de Cineplex

La serie documental Up, iniciada en 1964 con Seven Up! y continuada por el fallecido director Michael Apted cada siete años, partía de la hipótesis de que la clase social podía definir el futuro de una persona desde la infancia. El proyecto siguió a catorce niños británicos durante décadas y terminó transformándose en una de las grandes obras sobre el paso del tiempo, la movilidad social, las renuncias y aquello que una sociedad permite o bloquea en la vida de sus ciudadanos. 

El juego de la vida recoge esa intuición y la traslada a Colombia. Andrés Ruíz Zuluaga acompañó durante catorce años a cinco familias rurales y urbanas, a partir de una investigación de la Universidad de los Andes sobre dinámicas sociales y económicas. El resultado convierte datos, encuestas y seguimiento académico en cine con cuerpos que envejecen, jóvenes que toman decisiones tempranas, familias que migran, madres adolescentes, trabajadores rurales y personas que intentan sostener una vida digna en un país donde el esfuerzo rara vez se juega solo.

La película tiene una premisa poderosa porque se instala en una pregunta que Colombia suele responder con frases de cajón y refranes: ¿Qué tanto depende una vida de la voluntad individual y qué tanto de las condiciones de partida? Ruiz no convierte a sus personajes en ejemplos de superación ni en víctimas abstractas. Los observa en el tiempo, en sus cambios y en sus contradicciones. Ahí aparece la fuerza del documental, puesto que muestra la pobreza como una estructura transversal que interviene en cada decisión. 

El director también entra en la película. Su presencia cambia el lugar del relato porque deja ver el vínculo entre quien filma y quienes son filmados. Durante esos años, Ruíz registra información ve crecer, envejecer, fracasar y resistir a las familias que acompaña, pero también nos cuenta acerca de la lucha y de las decisiones que tomó para poder convertirse en periodista y documentalista. Esa relación le da al documental una dimensión ética, ya que mirar durante tanto tiempo implica responsabilidad, cercanía y una conciencia clara de que cada imagen pertenece a una vida que sigue después de la cámara.

El juego de la vida funciona mejor cuando permite que el tiempo haga su trabajo. Una decisión tomada a los quince años puede cambiar una década entera. Una migración puede abrir una salida y también producir otra forma de pérdida. La vida rural aparece atravesada por la falta de oportunidades, mientras lo urbano tampoco garantiza estabilidad. El país que emerge de la película está lleno de caminos posibles, aunque casi todos exigen un costo alto. 

Su mayor valor está en traducir una investigación extensa a un lenguaje emocional sin perder su complejidad. La película entiende que las cifras explican tendencias, pero las historias muestran consecuencias. En ese cruce entre academia y cine aparece un documental necesario, capaz de desmontar la idea de que todos juegan con las mismas cartas. En Colombia, como muestra Ruíz, la vida también es una partida marcada por el azar, la clase, el territorio y la capacidad de seguir intentando cuando el tablero ya viene inclinado.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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