Crítica: El hombre más solitario de la ciudad (The Loneliest Man in Town)

La vejez, la música y los recuerdos se mezclan en una película pequeña y melancólica que parece avanzar con el mismo cansancio elegante de un viejo blues tocado a la madrugada.

Tizza Covi, Rainer Frimmel  

/ Al Cook, Alfred Blechinger, Brigitte Meduna

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de FICCI

Hay películas que necesitan grandes giros dramáticos para sostenerse. The Loneliest Man in Town hace exactamente lo contrario. Todo ocurre en silencios, con pequeños gestos y en habitaciones llenas de polvo, discos viejos y fotografías amarillentas. Y aun así, pocas películas recientes transmiten tan bien esa sensación devastadora de sentir que el tiempo terminó dejando atrás a una persona.

Los directores austriacos Tizza Covi y Rainer Frimmel (Vera, Mister Universo) vuelven a trabajar en esa frontera extraña entre documental y ficción que tanto les interesa. Aquí el protagonista no interpreta realmente un personaje. El músico Al Cook prácticamente se interpreta a sí mismo. Y eso le da a toda la película una autenticidad muy difícil de fabricar.

Cook, nacido Alois Koch, es un anciano músico austríaco obsesionado desde hace décadas con el blues estadounidense. Vive solo en un edificio condenado a demolición mientras unos desarrolladores inmobiliarios intentan expulsarlo constantemente. A su alrededor sobreviven varias tornamesas, una colección de discos de vinilo, cintas VHS, fotografías de su esposa fallecida y recuerdos de una vida construida alrededor de la música.

La película es sobre la nostalgia, pero no trata únicamente de extrañar el pasado, sino de sentir que el presente ya no tiene espacio para uno. Y Al Cook posee un rostro perfecto para eso. Con su enorme copete rockabilly, su espalda encorvada y ese inglés aprendido escuchando obsesivamente las entrevistas de Elvis Presley, parece un fantasma sobreviviente de otra época. 

Hay algo profundamente triste y hermoso en verlo caminar lentamente por pasillos oscuros mientras intenta mantener viva una identidad construida a partir del blues de Robert Johnson, Ma Rainey y todos esos músicos estadounidenses que para él representan una especie de hogar espiritual imposible de alcanzar completamente.

La película tiene una textura maravillosa. Filmada en 16mm, cada plano parece cubierto por una capa de memoria y desgaste. Las luces bajas, las velas que iluminan el apartamento cuando le cortan la luz y los colores apagados convierten a Viena en un espacio suspendido fuera del tiempo. A ratos, la cinta nos recuerda el cine de Aki Kaurismäki o Jim Jarmusch, aunque sin ese humor seco tan marcado. Aquí todo se mueve con más fragilidad emocional.

También resulta interesante cómo la película habla indirectamente sobre la gentrificación y el desplazamiento urbano. Los desarrolladores aparecen casi como unos mafiosos corteses intentando comprar o destruir los últimos restos de un viejo mundo cultural y humano. Cook representa justamente lo contrario. Él representa el pasado, la autenticidad y la conexión emocional que las personas tenemos con los objetos y espacios que nos rodean.

Covi y Frimmel saben cuándo simplemente observar. La cámara permanece quieta mientras Cook escucha sus discos, revisa las cintas antiguas o habla sobre mudarse finalmente al Mississippi para vivir cerca del origen del blues. Ahí aparece una de las ideas más hermosas y dolorosas de la película y que está relacionada con amar profundamente una cultura que siempre estuvo físicamente lejos de uno.

Es cierto que el minimalismo extremo puede sentirse repetitivo y que algunas escenas se alargan demasiado. Hay momentos donde la película parece más interesada en preservar la atmósfera que en desarrollar realmente el conflicto dramático. Pero incluso ahí conserva una honestidad emocional enorme.

Lo más valioso es que jamás intenta convertir a Cook en una figura heroica ni en una excentricidad pintoresca para consumo festivalero. Lo filma como un hombre cansado intentando descubrir qué hacer cuando los lugares, las personas y las canciones que definían su existencia comienzan lentamente a desaparecer.

Por eso la película termina sintiéndose exactamente como el blues que tanto ama su protagonista: triste, melancólica, terrenal y extrañamente hermosa incluso cuando habla de derrota.

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