Crítica: The Punisher: La última muerte (The Punisher: One Last Kill)

La violencia se siente peligrosa, dolorosa, catártica y emocionalmente devastadora en el mejor proyecto callejero que Marvel ha producido en años, con el perdón de Daredevil

Reinaldo Marcus Green 

/ Jon Bernthal, Deborah Ann Woll, Judith Light, André Royo, Jason R. Moore

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Disney+

El personaje de The Punisher nació en los años setenta, una época donde Estados Unidos estaba obsesionado con el crimen urbano, el desencanto post-Vietnam y figuras masculinas consumidas por la violencia. Por eso Frank Castle siempre tuvo mucho más de antihéroe paranoico del cine setentero que de superhéroe tradicional. La influencia de Dirty Harry, Death Wish y especialmente Taxi Driver, resulta clarísima con esos hombres emocionalmente destrozados que sienten que el sistema judicial fracasó y deciden imponer justicia por mano propia usando niveles extremos de violencia.

Hollywood intentó varias veces adaptarlo. Primero apareció Dolph Lundgren en una versión ochentera musculosa y sucia clase B que hoy posee cierto encanto de videoclub decadente. Luego llegó Thomas Jane con una adaptación mucho más melancólica y cercana al cómic clásico. Finalmente, el fallecido Ray Stevenson protagonizó la maravillosa locura hiperviolenta de Punisher: War Zone, probablemente la más cercana al exceso grotesco y sangriento de las historietas de Garth Ennis. 

Pero el Punisher definitivo es Jon Bernthal. No solamente porque entiende la violencia física del personaje, sino porque comprende algo muchísimo más importante: Frank Castle está completamente roto por dentro. 

Durante 2 temporadas y 26 episodios en Netflix, Bernthal construyó una versión brutal, triste y psicológicamente devastada del personaje que terminó convirtiéndose en una de las mejores interpretaciones de todo el universo Marvel. Luego regresó en Daredevil: Born Again, donde volvió a demostrar que Castle funciona mejor como una presencia amenazante y aterradora dentro de ese Nueva York corrupto y fascista dominado por Wilson Fisk. Y mientras se espera su aparición en la nueva película de Spider-Man, Marvel entrega aquí una especie de entremés sangriento y depresivo con esta presentación especial para Disney+.

Resulta fascinante cómo Marvel convirtió estas “Special Presentations” en pequeños laboratorios creativos. Primero estuvo la extraordinaria Werewolf by Night con Gael García Bernal, un homenaje maravilloso al horror clásico en blanco y negro. Luego llegó el especial navideño de los Guardianes de la galaxia, una comedia absurdamente encantadora llena de espíritu ochentero. Y ahora aparece este descenso brutal hacia el PTSD, la ideación suicida, la venganza, la inseguridad urbana y las masacres filmadas con furia criminal.

Lo mejor de The Punisher: One Last Kill es que entiende que Frank Castle ya completó su misión original. Los asesinos de su familia están muertos. Entonces surge la pregunta verdaderamente escalofriante: ¿Qué ocurre cuando un hombre que solo sabe vivir para la guerra se queda sin guerra? Y ahí aparece el verdadero corazón del especial.

Frank está completamente destruido psicológicamente. Vive aislado, rodeado de alucinaciones, recuerdos de Vietnam, fantasmas familiares y pensamientos suicidas. Bernthal interpreta el dolor emocional con una honestidad impresionante. Hay escenas frente a las tumbas de su esposa e hijos donde el personaje parece literalmente vacío por dentro. Y la serie jamás romantiza eso. Castle no aparece como un macho invencible, sino como un veterano consumido por el síndrome de estrés postraumático, la rabia y la culpa permanente.

Luego entra en escena Judith Light como Ma Gnucci y todo explota. Su presencia tiene algo maravilloso de cine mafioso, casi salida directamente de una mezcla entre Goodfellas, The Sopranos y el cómic más salvaje de Ennis. Ella entiende perfectamente algo fundamental y es que Frank Castle destruyó a su familia exactamente igual que otros destruyeron la de él. Ambos son monstruos alimentados por duelo y deseo de venganza. Ese espejo moral le da mucha más fuerza dramática al especial.

Y entonces llega la violencia. ¡Dios mío, la violencia!

Reinaldo Marcus Green (Bob Marley: One Love) coreografía la acción como si mezclara The Raid, John Wick, Hardcore Henry y The Protector con el cine de vengadores urbanos setentero lleno de mugre y desesperación. Hachas, escopetas, cuchillos, bates, fuego, ventanas explotando, disparos a quemarropa y cuerpos atravesando paredes. Cada pelea parece una catarsis emocional. Castle literalmente procesa el dolor asesinando personas. Y Bernthal vende cada golpe como si el personaje estuviera arrancándose pedazos del alma en medio del combate.

Además, la coreografía evita completamente la estética limpia y artificial de mucha acción reciente de Marvel. Aquí la cámara permanece cerca del cuerpo. Los impactos duelen. Hay agotamiento físico. Sangre. Respiración pesada. Sudor. Caos. La acción no existe para verse cool, sino para mostrar a un hombre autodestruyendose mientras intenta encontrar una razón para seguir vivo.

También ayuda muchísimo la fotografía mugrienta de Nueva York. Esta ciudad está llena de basura, fuego, pandilleros de extrema derecha y policías inútiles o corruptos. Marvel por fin recuerda que el universo callejero funciona muchísimo mejor cuando se siente peligroso y decadente.

No todo es perfecto. Algunos diálogos son torpes, ciertas transiciones narrativas resultan abruptas y se nota que el formato de especial limita ideas que merecían quizá una película completa. Pero aun así funciona extraordinariamente bien porque Bernthal ama profundamente este personaje y eso se siente a cada minuto.

Y cuando finalmente Frank vuelve a colocarse la calavera y salir otra vez a las calles, el especial deja algo clarísimo y es que este hombre jamás podrá escapar realmente de la violencia. Porque la guerra ya no es algo que Frank Castle hace. Es lo único que le queda.

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