Crítica: Buena suerte, diviértete, no mueras (Good Luck, Have Fun, Don’t Die)

Una tragicomedia ciberpunk que mezcla humor ácido y paranoia tecnológica.

abril 23, 2026

Cortesía de Cine Colombia

En esta película de título que parece sacado de un dueto imaginario entre Chappell Roan y Billie Eilish, un hombre con un traje sucio, estrambótico y destartalado que parece venir de una película de Terry Gilliam, llega desde el futuro con un objetivo concreto: reclutar a un puñado de desconocidos en una cafetería de Los Ángeles para detener a la IA que, en la gran mayoría de líneas temporales, ya convirtió todo en una simulación baudrillana tan adictiva como peligrosa (léase el apocalipsis). El hombre tiene un dispositivo en el pecho que parece una bomba, un plan que cambia sobre la marcha y la certeza de que el margen de error es mínimo.

Este hombre del futuro es interpretado por Sam Rockwell, el actor eléctrico de Confesiones de una mente peligrosa, quien, como de costumbre, entra en modo espectáculo desde el primer minuto. Su sucio personaje funciona como líder, comediante sarcástico y alarma encendida. Cada intervención suya tiene ritmo y dirección. Y cuando el guion duda, él no.

Gore Verbinski, el autor de cintas familiares exitosas y derivativas como Un ratoncito duro de roer,  Piratas del Caribe y Rango, así como del mega fracaso El llanero solitario  y la arriesgada y vanguardista La cura siniestra, (otro gran fracaso), regresa a las pantallas luego de casi una década de ausencia con una película que se mueve rápido, pero que es constantemente interrumpida por historias intercaladas de sus personajes. Hay caos, humor negro y decisiones visuales estrambóticas como la de un rey gato gigante con pezuñas que devora personas y vomita escarcha. La historia avanza como si alguien estuviera probando combinaciones hasta dar con la correcta.

El grupo que arma el viajero del tiempo no responde a ningún criterio heroico. Susan, interpretada por Juno Temple (Ted Lasso), entra con una decisión que no admite discusión. Hay una historia de pérdida detrás que se deja ver sin discursos largos y Temple, como siempre, le da fuerza y presencia a su personaje.

Ingrid, a quien interpreta Haley Lu Richardson (The White Lotus), parece salida de los universos de Scott Pilgrim o Sucker Punch. Vestida de princesa y con una historia de amor malograda, mantiene una inexplicable reacción alérgica con los dispositivos tecnológicos y la internet. Por otra parte, Michael Peña y Zazie Beetz encarnan a Mark y Janet, una pareja de profesores de secundaria y amantes en crisis. Mark quiere que las cosas funcionen, pero no soporta la apatía de sus estudiantes y sus adicciones a los teléfonos celulares. Busca que lean a Ana Karenina y que interactúen sin mediadores tecnológicos. La escena del salón de clase es lo más aterrador de la cinta, especialmente por los comentarios de los alumnos.  Janet, pensando en su permanencia en el trabajo, se ajusta al sistema y le pide a su compañero que haga lo mismo sin protestar. Entre los dos aparece una tensión que la película aprovecha muy bien.

Ahora bien, nuestro antagonista no tiene rostro fijo. Estamos hablando de la IA (¿no han sentido que desde que la inteligencia artificial se impuso en la red se están viviendo tiempos oscuros?). La IA opera desde todos los frentes. Se presenta como asistente, compañía, como un niño calvo adicto a los pasabocas de queso y como una solución inmediata ante la cruel realidad, incluyendo la muerte. Aquí hay una línea directa con Black Mirror, con esa aproximación pesimista a la tecnología de punta que ofrece una supuesta comodidad, mientras acumula deshumanización y control. El peligro no entra disparando, sino que se instala en nuestros dispositivos como si se tratara de una actualización del infierno de Dante.

El manejo del tiempo de esta cinta ciberpunk trae a la memoria a La Jetée, el clásico de Chris Marker y obviamente a 12 Monkeys, el remake de Terry Gilliam. También se cruzan ideas cercanas a En la luna (también protagonizada por Rockwell) y 8 minutos antes de morir, ambas dirigidas por Duncan Jones, el hijo de David Bowie. Y aunque la película nunca llega al delirio paroxístico de Todo en todas partes al mismo tiempo de los Daniels (¡menos mal!), tampoco se detiene a explicar el mecanismo, optando por moverse dentro de él sin explicar o justificar lo que va sucediendo.

La clonación abre otra línea. Hay ecos del Steven Spielberg de AI: Inteligencia Artificial y Ready Player One en la creación de vínculos artificiales y una relación clara con Gattaca de Andrew Niccol y No me dejes ir de Mark Romanek en la idea de diseñar y clonar cuerpos. Están también los bucles temporales tipo videojuego de Al filo del mañana de Doug Liman y del anime Solo necesitas matar de Kenichiro Akimoto (ambas basadas en el libro de Hiroshi Sakurazaka). En otras palabras, Buena suerte, diviértete, no mueras, bien podría pensarse como un mosaico de “grandes éxitos” de la ciencia ficción contemporánea más ingeniosa.

El guion de Matthew Robinson, escritor de las adorables pero mal recibidas Monster Trucks, Dora y la ciudad perdida y Amor y monstruos, alterna momentos precisos y potentes con otros confusos y mal resueltos que se diluyen en el camino. Verbinski, que tiende siempre a llevar todo al frenetismo, milagrosamente logra mantener el ritmo y evita que la película se pasme o se desmadre.

Pero en realidad, es Rockwell quien sostiene todo. Su personaje no es un héroe, y como Reese en Terminator, llega del futuro para escoger voluntarios que, quiéranlo o no, puedan salvar el mundo. Mientras tanto, la odiada IA los presiona con los resultados de malos prompts, con la horda de adolescentes zombies pegados a sus celulares y con sus muñecos extraídos de Toy Story. El escuadrón suicida responde como puede y no todos saldrán vivos de esta aventura. Ahí está la película. Verbinski ha vuelto con fuerza y ojalá para quedarse, ya que esta cinta es tremendamente divertida. 

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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