Crítica: Primate

Un tierno chimpancé se convierte en un asesino de adolescentes despiadado.

abril 24, 2026

Cortesía de UIP)

Primate responde a la tradición del terror naturalista con animales que se salen de control fundada por Alfred Hitchcock con The Birds y llevada a su máxima expresión en Jaws de Steven Spielberg. Luego siguieron pirañas, orcas, cocodrilos, sapos, leones, ratas, abejas, babosas, conejos y hasta ovejas asesinas. 

Los referentes más cercanos de Primate los encontramos en Monkey Shines de George A. Romero, que trabajaba la relación entre un humano cuadripléjico y Ella, una mona muy inteligente que se aprovecha de la dependencia de su dueño para generar un relación tóxica basada en los celos, la violencia y la manipulación. Por su parte Cujo, de Lewis Teague, convertía el relato de Stephen King sobre un San Bernardo con rabia en una cinta angustiante sobre una bestia imparable. Si a estas dos cintas se le suman otros chimpancés ilustres como Cheetah, el sidekick de Tarzán, el detective Lancelot Link, el carismático Bear de Las aventuras de B.J., el afamado Bubbles de Michael Jackson y a la mezcla se le añade hiel, sangre y vinagre, el resultado se parece bastante a lo que propone Primate.

La película parte de una premisa básica en el cine de terror naturalista. Ben, un chimpancé criado en cautiverio en Hawaii por una afamada primatóloga al interior de una familia, pierde el control debido al mordisco de una mangosta con rabia y convierte el entorno familiar en un verdadero infierno. El escenario aislado, la dinámica familiar (la primatóloga muere) y los típicos adolescentes que invaden la casa en busca de diversión cuando el padre no está, establecen la base funcional para los agrestes y cruentos asesinatos, sin necesidad de complicarlo demasiado. 

Troy Kotsur, el actor sordo ganador del Óscar por CODA, encarna al padre escritor de novelas de suspenso y aporta una presencia que podría haber sostenido algo más complejo. Su relación con el animal tiene peso en el planteamiento, pero el guion no la desarrolla más allá de lo necesario para activar la historia. Johnny Sequoyah, Gia Hunter, Victoria Wyant y Benjamin Cheng ocupan lugares reconocibles dentro del grupo, sin que la película se detenga a explorar sus conflictos.

En términos de ejecución, el director Johannes Roberts entiende bien el tipo de película que está haciendo. Ya lo había demostrado en otra cinta de terror naturalista llamada 47 Meters Down, donde construye tensión a partir de un depredador y un espacio limitado. Aquí repite esa fórmula con eficacia. El suspenso está bien dosificado y el trabajo físico del chimpancé, reforzado por el actor especialista en captura de movimiento Miguel Torres Umba, le da credibilidad a cada ataque.

Como cinta de terror naturalista, la película funciona. El peligro es concreto, visible y constante, y la respuesta del espectador es inmediata. El problema aparece cuando la historia intenta sugerir algo más allá de la supervivencia. Hay elementos que apuntan a una reflexión sobre la domesticación, el control o la relación entre humanos y animales, pero nunca llegan a desarrollarse. La película no se detiene en esas ideas ni construye sobre ellas, manteniéndose en lo básico y en lo que ocurre frente a la cámara. Esa decisión la vuelve efectiva en el momento, pero limitada en su alcance. Funciona mientras dura la amenaza. Después de eso, no queda mucho más. Ni siquiera el chimpancé.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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