Crítica: Arácnidos (Vermines)

Vuelven las arañas asesinas a la gran pantalla, pero esta vez dejaron la lógica en su telaraña.

Sébastien Vaniček 

/ Théo Christine, Sofia Lesaffre, Jérôme Niel

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cine Colombia

Desde el éxito masivo de Los pájaros de Hitchcock hace más de sesenta años y de Tiburón de Spielberg hace casi cincuenta, se impuso en el cine una forma de terror que al final se convertiría en todo un subgénero. El “terror naturalista” nos muestra cómo los animales salvajes (y no tan salvajes) se descontrolan convirtiendo a los seres humanos en su presa favorita. Además de orcas, barracudas y pirañas, hemos tenido abejas, ratas, caimanes, osos, ranas, conejos, monos, babosas, piojos, anacondas, San Bernardos y hasta ovejas asesinas

Dentro del subgénero encontramos las cintas de arácnidos asesinos (no confundir con Spider-Man, Venom y Madame Web). En este selecto grupo encontramos a Tarantula (1955), Eight Legged Freaks (2002), Big Ass Spider (2013) y la mejor de todas hasta la fecha, Arachnophobia (1990), curiosamente producida por Spielberg. Ahora llega desde Francia una nueva película sobre arañas rápidas y furiosas llamada Arácnidos.

Los cinéfilos saben que hay que tener miedo, mucho miedo, cuando se trata del terror a la francesa. Los ojos sin rostro (1960), Solo contra todos (1998), Alta tensión (2003), Mártires (2008) y Voraz (2016), no solo son muy buenas películas, sino que también fueron hechas del mismo material de nuestras peores pesadillas. Sin embargo, Arácnidos no llega a ser más que basura disfrutable, más cercana a Eight Legged Freaks que a Arachnophobia.

Sin embargo, el primer largometraje de Sébastien Vaniček se toma demasiado en serio y esa es la principal causa de su descalabro. En ella, Kaleb  (Théo Christine), es un hijo de inmigrantes que vende zapatillas deportivas de contrabando con una pasión por las criaturas grandes y pequeñas. Cuando era niño, quería abrir un zoológico de reptiles con su amigo Jordy (Finnegan Oldfield), pero un incidente (que se revelará avanzado el metraje), separó a los dos amigos. Es así como Kaleb tiene su cuarto plagado de terrarios llenos de bichos. Como si se tratara de un plagio de Gremlins (y casi lo es), Kaleb compra una araña exótica a un vendedor clandestino (en el prólogo de la cinta se revelará como se obtuvo) y, pese a que supuestamente Kaleb es un experto en animales, este ignora todas las advertencias.   

Esta araña, extremadamente agresiva y venenosa llamada Rihanna por Kaleb, se escapa y causa estragos en todo el edificio habitado por inmigrantes. Es aquí cuando toda la lógica del asunto se va al traste. Si se hubiera explicado que es un arácnido del espacio exterior, tal vez las cosas hubieran tenido sentido. Pero aquí todo se explica citando de manera cuestionable a Darwin. Como si se tratara de un Gremlin mojado, Rihanna llega a reproducirse rápidamente y sus crías llegan a crecer hasta 10 veces el tamaño de su madre. Culpen a Darwin por semejante bicho. 

La cosa termina convirtiéndose en una especie de Alien el octavo pasajero, pero esta vez en la Tierra, con unos bichos mutantes poniendo huevos en las bocas y oídos de sus víctimas humanas y persiguiendo a Kaleb, Manon (Lisa Nyarko), su hermana menor; Jordy, el ex amigo; Lila, su novia (Sofia Lessafre); Mathys (Jérôme Niel), un amigo adicional y prescindible; y al odioso Gilles (Emmanuel Bonami), quienes intentarán escapar del edificio donde viven, ahora plagado de estos peligrosos arácnidos.  

Vamos a tener algo de construcción de personajes (lo suficiente para que nos importen), algo de subtexto sociopolítico (a la policía no le importan los inquilinos, sino acabar con la plaga), algunos sustos efectistas y una banda sonora de Trap en francés, para darle un toque contemporáneo. Pero la cosa no llega a morder o a picar como debería.  

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