El título de la nueva película de la actriz sudafricana Charlize Theron es Ápex, un término que significa cima, vértice o punto más alto. En biología existe el término “depredador ápice”, para hablar de la especie situada en la cima de la cadena alimenticia.
Theron demostró que las mujeres son mucho más letales que los hombres, gracias a esas fuerzas demoledoras de la naturaleza como Furiosa en Mad Max Fury Road y Lorraine Broughton en Atomic Blonde, pasa buena parte de esta película escalando montañas, cruzando rápidos, cayendo por barrancos, soportando heridas imposibles y huyendo de un asesino serial salido de una pesadilla australiana. Dicho de otra manera: está teniendo un día normal en la pantalla.
La actriz ha construido una de las carreras más curiosas de Hollywood. Ganó un Óscar por encarnar a una asesina en serie en Monster, ha trabajado con directores de alto prestigio y podría haberse instalado cómodamente en el cine dramático. En cambio, lleva años demostrando una debilidad por personajes capaces de sobrevivir a experiencias que enviarían a cualquier ser humano directamente a cuidados intensivos.
Ápex abre con una secuencia que deja claro cuál es el plan. Sasha (Theron) y su pareja Tommy (Eric Bana), duermen suspendidos en una tienda de campaña colgada sobre una pared vertical de roca. Es una imagen espectacular y ligeramente aterradora. También funciona como una declaración de intenciones. Su director quiere que sintamos constantemente que el suelo puede desaparecer bajo nuestros pies.
Tras una tragedia que llega pronto y empuja la historia hacia adelante, Sasha viaja a un remoto parque nacional australiano para enfrentarse nuevamente a aquello que mejor sabe hacer que es desafiar los límites de la supervivencia. Allí conoce a Ben.
Taron Egerton, el actor británico de Kingsman y Rocketman, tan versátil en el drama y la acción como Theron, interpreta a su personaje con una inteligencia que la película no siempre merece. El actor entiende que los villanos más inquietantes rara vez parecen monstruos. Ben resulta amable, educado, incluso encantador. Uno entiende perfectamente por qué Sasha confía en él. Cuando finalmente revela quién es en realidad, Egerton evita los excesos y construye una amenaza basada más en la tranquilidad que en la histeria. Su personaje nunca necesita gritar para resultar peligroso.
Lo mejor de Ápex llega cuando la película deja atrás cualquier intento de misterio y se convierte en una persecución a gran escala. Ahí, el islandés Baltasar Kormákur recupera algunas de las virtudes visuales que ya había demostrado en Everest. Los paisajes australianos lucen impresionantes y amenazadores al mismo tiempo. Los bosques parecen interminables. Los ríos transmiten peligro real. Las montañas recuerdan constantemente que la naturaleza no necesita asesinos seriales para acabar con alguien.
Theron aprovecha ese escenario para ofrecer exactamente lo que el público espera de ella. Corre, escala, lucha y se arrastra con una convicción física que muy pocas estrellas actuales poseen. Nunca parece estar esperando que los efectos especiales hagan el trabajo por ella. Cada golpe tiene peso y cada caída parece doler. Esa credibilidad física es precisamente lo que mantiene viva la película cuando el guion empieza a mostrar sus costuras. Porque las muestra.
Jeremy Robbins escribe una historia que funciona mucho mejor como mecanismo de suspenso que como estudio de personajes. Cada vez que intenta explicar los traumas edípicos de Ben o profundizar en las heridas emocionales de Sasha, la película pierde impulso. No ayuda que algunas revelaciones psicológicas parezcan sacadas del manual más básico del thriller contemporáneo. Tampoco ayudan ciertos efectos digitales que desentonan con la espectacularidad de los escenarios reales. Son momentos aislados, pero suficientemente evidentes para romper el hechizo.
Afortunadamente, Ápex siempre encuentra la manera de regresar a su principal fortaleza: el enfrentamiento entre Theron y Egerton. La química entre ambos no nace de la simpatía sino de la confrontación. Son dos intérpretes jugando una partida donde cada movimiento implica dolor físico y riesgo real.
La película nunca alcanza la intensidad emocional de los mejores trabajos de Theron ni la complejidad psicológica de los grandes thrillers de supervivencia como Deliverance, The River Wild, The Descent o The Grey. Pero tampoco parece particularmente interesada en hacerlo. Su objetivo es el de ofrecer dos horas de tensión, paisajes espectaculares y una estrella de acción en plena forma. Y cuando Charlize Theron está en plena forma, eso es más que suficiente.


