Crítica: Amarga Navidad

El director español convierte las relaciones complejas, el duelo, la culpa y los límites éticos de la creación artística en una de sus obras más personales y autorreflexivas.

Pedro Almodóvar 

/ Leonardo Sbaraglia, Bárbara Lennie, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit, Quim Gutiérrez, Rossy de Palma, Carmen Machi, Gloria Muñoz, Amaia Romero

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Warner

Con Amarga Navidad (título obtenido de una canción de José Alfredo Jiménez interpretada por Chavela Vargas), Pedro Almodóvar regresa al territorio que mejor conoce: El de los sentimientos heridos, las relaciones complejas y las mujeres que sostienen el mundo mientras los demás intentan comprenderlo. Sin embargo, esta vez el cineasta manchego da un paso más allá y construye una película que funciona también como una reflexión sobre sí mismo, sobre su oficio y sobre las consecuencias de convertir la vida privada en arte.

La película se articula a través de un sofisticado juego de narraciones paralelas. Por un lado está Elsa (Bárbara Lennie), una directora de culto que atraviesa una profunda crisis emocional tras la muerte de su madre mientras intenta escribir un nuevo guion. Por otro aparece Raúl (Leonardo Sbaraglia), un cineasta veterano que trabaja precisamente en una película sobre Elsa. Poco a poco ambas historias comienzan a reflejarse mutuamente hasta convertirse en un laberinto de pasiones donde resulta difícil distinguir qué pertenece a la realidad, qué pertenece a la ficción y qué surge directamente de la imaginación del propio Almodóvar.

La estructura recuerda inevitablemente a su obra maestra Dolor y gloria, pero donde aquella encontraba una claridad emocional devastadora, Amarga Navidad apuesta por una complejidad más abstracta. El director parece menos interesado en ofrecer respuestas que en examinar preguntas difíciles sobre la vida, la muerte, el amor y la creación artística. ¿Hasta qué punto un escritor o un cineasta tiene derecho a utilizar el dolor ajeno como materia narrativa? ¿Dónde termina la inspiración y dónde comienza la apropiación emocional? La película gira constantemente alrededor de esas cuestiones sin intentar resolverlas de una forma definitiva.

Ese conflicto alcanza su máxima expresión en la figura de Mónica, interpretada magistralmente por Aitana Sánchez-Gijón. Su relación con Raúl se convierte en el auténtico corazón moral de la película. Cuando descubre que sus experiencias íntimas de personas cercanas han terminado transformadas en material dramático, Mónica obliga al protagonista a confrontar una verdad, y es que la creación artística puede ser también una forma de vampirismo emocional. Almodóvar no se absuelve a sí mismo ni absuelve a sus alter egos. Por el contrario, convierte esa tensión ética en uno de los principales motores dramáticos de la obra.

Leonardo Sbaraglia realiza uno de los mejores trabajos de su carrera reciente. Su Raúl transmite la serenidad aparente de un artista consolidado mientras deja entrever unas inseguridades mucho más profundas. Es un hombre gay rodeado de belleza, prestigio, reconocimiento y amor que, sin embargo, parece cada vez más aislado dentro de su propio universo creativo. Sbaraglia evita cualquier tentación de convertirlo en un espejo autobiográfico de Almodóvar y construye un personaje complejo, vulnerable y contradictorio.

Bárbara Lennie aporta una energía distinta. Elsa encarna el dolor reprimido. La pérdida de la madre se manifiesta mediante migrañas, ataques de ansiedad y una incapacidad creciente para conectar con el presente. Lennie interpreta ese sufrimiento con una contención admirable, evitando el melodrama fácil incluso cuando la película se acerca deliberadamente a los territorios más intensos de la emoción almodovariana.

Las relaciones sentimentales son el otro motor de la cinta (quizás el más interesante) y funcionan además como pistas que revelan las contradicciones de los protagonistas. Raúl mantiene una relación con Santi (Quim Gutiérrez), un hombre más joven, afectuoso y completamente entregado a él. Sin embargo, la película sugiere que el cineasta ha terminado reduciéndolo a una presencia funcional dentro de su vida, alguien cuya identidad parece existir únicamente en relación con él. 

Esta idea se convierte en uno de los reproches más duros que recibe el personaje, pues evidencia cómo su mirada artística corre el riesgo de convertir incluso a las personas que ama en personajes secundarios de su propia narrativa existencial. En el otro extremo se encuentra Elsa y su relación con Bonifacio (un estupendo Patrick Criado). Bombero de profesión y bailarín de striptease por las noches, Bonifacio podría haber sido presentado como una simple fantasía erótica, pero Almodóvar le concede una inesperada profundidad emocional. 

Mientras Elsa se hunde en las migrañas y la ansiedad provocada por la muerte de su madre y tal vez por haber dejado atrás su profesión de directora para abrazar la seguridad que le brinda el mundo de la publicidad, él se convierte en una figura de apoyo constante, atenta y protectora. Resulta significativo que el personaje más estable y generoso de toda la película sea precisamente aquel que los demás tienden a juzgar por su físico o por su trabajo como stripper. Almodóvar subvierte así los prejuicios del espectador y convierte a Bonifacio en uno de los personajes más nobles de la historia.

La presencia de Bonifacio también permite a Almodóvar recuperar una faceta lúdica que ha acompañado gran parte de su filmografía. Las secuencias ambientadas en el club donde trabaja, los números de striptease y la manera en que la cámara observa los cuerpos masculinos recuerdan que el director sigue interesado en el deseo, el placer y la sensualidad incluso dentro de una historia atravesada por el duelo. Son momentos que aportan ligereza a una película dominada por la pérdida y que establecen un interesante contraste entre la vitalidad física del personaje y el estado emocional cada vez más frágil de Elsa. Al mismo tiempo, el paralelismo entre Bonifacio y Santi refuerza una de las ideas centrales del filme: Las personas que sostienen emocionalmente a los artistas suelen ser las que menos reconocimiento reciben.

Ese aspecto es importante porque, en el fondo, Amarga Navidad no solo habla del dolor y de la creación artística. También habla de las personas que permanecen al lado de quienes sufren y de cómo los artistas, obsesionados con su propio universo emocional, a veces son incapaces de ver plenamente a quienes los aman.

Los otros miembros del reparto resultan igualmente esenciales. Victoria Luengo interpreta a Patricia, una amiga cuya vida matrimonial enmarcada de miedo a la soledad, dependencia emocional y algo de masoquismo, sirve como materia prima para el guion que escribe Elsa, mientras Milena Smit encarna a una mujer devastada y sumida en la depresión por una pérdida imposible de superar. Rossy de Palma, por su parte, aporta una dosis de extravagancia y vitalidad que conecta directamente con el mejor Almodóvar de los años ochenta y noventa, funcionando como un recordatorio de que incluso en sus obras más melancólicas el director nunca abandona completamente el humor ni el placer de vivir.

El trabajo del diseñador de producción Antxón Gómez y del director de fotografía Pau Esteve Birba construye un universo elegante donde cada espacio parece expresar el estado emocional de quienes lo habitan. Las casas, los colores, los muebles y los paisajes volcánicos de Lanzarote poseen una importancia narrativa tan grande como los propios diálogos. Como ocurre en gran parte de la filmografía del director, la puesta en escena cuenta la historia.

También resulta imposible ignorar la presencia musical de Chavela Vargas, una figura recurrente en el universo almodovariano. Las canciones La llorona y Las simples cosas (interpretada por Amaia), aparecen como ecos de un dolor antiguo y primordial que conecta a los personajes entre sí y refuerza la dimensión profundamente española de una película obsesionada con la memoria, la pérdida y la imposibilidad de recuperar aquello que ya desapareció.

Quizá el aspecto más fascinante de Amarga Navidad sea que funciona simultáneamente como confesión, reflexión, juego narrativo y autocrítica. Almodóvar parece preguntarse si la maquinaria creativa que alimentó toda su carrera continúa siendo legítima. El cineasta examina la tendencia de los artistas de rezagar a quienes lo apoyan y utilizar experiencias propias y ajenas para construir ficciones, cuestionando cuánto daño puede generar ese proceso incluso cuando nace de las mejores intenciones.

Esta no es una película tan emocionalmente potente como Dolor y gloria ni tan contundente como Volver.  En ocasiones, su estructura laberíntica amenaza con alejar al espectador de los personajes. Sin embargo, esa misma naturaleza fragmentada parece responder a una decisión consciente. Almodóvar no intenta ofrecernos una historia cerrada, sino capturar la incertidumbre, las contradicciones y las zonas grises que acompañan tanto al duelo como al acto de crear. El arte imita a la vida y la vida imita al arte.

A sus setenta y seis años, otro director estaría repitiéndose. Almodóvar, en cambio, continúa interrogándose a sí mismo. Amarga Navidad es una obra madura, inquieta y profundamente personal que transforma la crisis creativa, la culpa y el dolor en materia cinematográfica. Puede que no sea una de sus películas más accesibles, pero sí una de las más reveladoras. En ella no encontramos a un artista celebrando su legado, sino a uno examinándolo con mucha honestidad.

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