Como un extraño sinónimo de la palabra “comunicar”, el mundo corporativo ha venido interiorizando una expresión que parece deleitarse en la jerarquía: “Bajar”.
Nuevas políticas, datos, lineamientos, directrices… todo eso se transmite a la base de la organización, “se baja”. Y para que baje, es indispensable que alguien esté subordinado, abajo (obviamente), porque siempre existe quien necesita ubicarse arriba para pretender liderazgo, afirmar su valía y/o disimular sus temores. Se parece un poco al deleite retorcido que provoca lo “exclusivo” como característica de algo especial, seguro y elevado. Al final, lo “exclusivo” siempre será excluyente, algo que no molesta a quienes vienen convirtiendo el planeta en una gigantesca estafa piramidal. Y quien debe permanecer abajo, nunca estará al lado.
Esa jerarquización parece un reflejo —¿consciente o inconsciente?— de ciertas estructuras que vemos en la naturaleza; las copas de los árboles, la punta de un iceberg, la cima de una montaña y nuestra obsesión por ALEJANDRO MISTERO. Austin TV, ¿qué es lo que realmente importa? llegar a ella, como si abajo no hubiera nada. Cuando la verdad es que abajo está casi todo.
Abajo abundan las raíces, los tubérculos, los bulbos, y todas esas cosas que inspiraron a Gilles Deleuze y Félix Guattari para hablar del rizoma como concepto filosófico en el que se cuestiona la idea de un centro o de una jerarquía vertical, invitándonos a reflexionar sobre lo horizontal, lo equitativo y lo interconectado. Ellos plantearon estas ideas en su proyecto Capitalismo y esquizofrenia, entre 1972 y 1980, sin saber que varias décadas después (y a miles de kilómetros de distancia) terminarían inspirando a una banda mexicana, Austin TV, para lanzar en 2023 un álbum titulado Rizoma.
Fue un disco de retorno oficial a los estudios para un trabajo de larga duración (pasaron unos 12 años desde Caballeros del albedrío, de 2011), y trajo una interesante consolidación para muchas de las ideas y filosofías que la agrupación promulga desde sus comienzos, un espíritu que se hace oír en las elaboradas composiciones que interpretan mientras cubren sus rostros con máscaras. “Desde los primeros ensayos, antes de sacar algún material discográfico, empezamos a disfrazarnos porque era un gusto tener un alter ego, nos gustaba disfrazarnos de diferentes cosas, y empezamos a llevar esto al escenario”, recuerdan.
“No es algo que hagamos por estar a la defensiva”.
“Después, cuando nos propusieron hacer fotos para un artículo en una revista, no queríamos ser como las bandas que veíamos en el mainstream en ese momento; aunque tuvieran muy buena música, nos parecía muy frívolo cómo se mostraban ante las cámaras. […] Decidimos que fuera la música la que hablara, y desde ese día empezamos a usar máscaras”. Les molestaba ver que muchos artistas mostraban una actitud soberbia frente a sus fans, esa jerarquía en la que las bandas parecen ocupar un lugar más elevado que su público. “No queríamos ser ese tipo de personas”, aseguran. Fundamentalmente buscaban una sola cosa: “Queremos ser nuestra banda favorita”. Desde el primer momento quisieron distanciarse de lo que hoy entendemos como relaciones parasociales, esos vínculos unilaterales que la gente establece con las celebridades, estrellas de rock, figuras de Hollywood, influencers o deportistas. Buscaron alejarse de las dinámicas que han terminado edificando las peligrosas figuras de gente como Kanye West o Marilyn Manson, por poner dos ejemplos que no evoca la banda expresamente.

Uno de los factores determinantes en las relaciones parasociales es que “la estrella” no suele ser consciente de que la otra parte existe. Y para Austin la cosa es muy diferente, por eso fundamentan su trabajo en una frase que busca conectar profundamente con la audiencia: “Tu cara no importa, importas tú”.
“El hecho de que todos usemos la misma máscara denota que no hay un estatus o una jerarquía en este pequeño núcleo, o en este gran ente, llamado Austin. Los cinco somos lo mismo, los cinco somos base para esta banda; somos parte de un ente, y lo que haga uno va a afectar al otro”, argumentan las voces que emergen tras unas máscaras blancas con hilachas rosadas, distintivas de la etapa que atraviesa la banda en esta década.
Recuerdan que al comienzo mucha gente no los tomaba en serio, pero lo que aparentemente empezó como un juego fue cargándose de significado, y optaron por reiterarlo hasta quederivó en otras ideas, se ramificó y evolucionó hacia algo cada vez más profundo. “Ahora, con más años, podemos entender mejor este mensaje que queremos dar y el porqué lo queremos dar”, declaran.
“Detente un ratito, y olvídate de lo que todo el mundo te dice, olvídate de todos esos prejuicios, no solo de tu cara, de tu religión, de tu sexualidad… Es más profundo, no solo tiene que ver con mantener nuestros rostros ocultos; el anonimato es solo una parte. Se trata de lo que podemos aportar como personas, de cuidarnos antes de permitir que esta comunicación tan voraz que está llegando a nosotros nos consuma, es un respiro para verte hacia adentro, para darte ese derecho a existir sin que importe cómo seas”.

Si cuando empezaron en 2001 su propuesta iba contra corriente, en un 2025 cargado de megalómanos y fantoches que gritan desde X o TikTok, la filosofía de Austin TV parece incluso más radical. Hace 20 años esas reflexiones eran muy distintas porque no estábamos en medio del desaforado culto a la personalidad y la necesidad de atención por parte de las celebridades y sus fans.
Es clarísimo que las redes sociales distorsionan nuestras identidades, y es probable que Austin TV hoy prefiera distorsionar (y hacer difusas) sus propias identidades antes de que alguien más lo haga. Eligen esta imagen que los convierte en una sola entidad en la que no existen jerarquías internas o de cara al público.
Desde la perspectiva de la banda, es muy importante el individuo, pero, Austin TV, como entidad, diluye de alguna manera al individuo. A diferencia de Slipknot o KISS (interesantes ejemplos de megalomanía), acá hay una sola máscara, no está esa idea narcisista de gritar a los cuatro vientos: “Soy único y soy muy especial”, acá parece que todos somos especiales al ser iguales. “No tenemos cantante, pero sí tenemos una voz. […] Estamos llenos de contradicciones, y eso lo hace hermoso porque todo el tiempo estamos cuestionándonos las cosas”. La banda contradice a la cultura de la celebridad, y se contradice a sí misma mientras enriquece la obra y el discurso. Esa contradicción es fundamental como contrapeso al radicalismo, a la polarización y a la evangelización de los coaches.
“No tenemos cantante, pero sí tenemos una voz. […] Estamos llenos de contradicciones, y eso lo hace hermoso porque todo el tiempo estamos cuestionándonos las cosas”.
“Nos tomó mucho tiempo conjuntar todo esto, con cada disco nos acercamos a formar todo este mundo, más redondito, más completo. Fue muy importante seguir siendo recurrentes al decir: ‘Tu cara no importa, importas tú’, porque se genera esa conexión, cualquiera de nosotros cinco podría ser otra persona”, dicen al reflexionar sobre la forma en que el concepto ha evolucionado. “Por eso nos basamos en la onda del rizoma y los tubérculos, en el árbol se nota una jerarquía, hay un tronco, un follaje, un fruto… al contrario, en los tubérculos no hay nada, todo es horizontal y va creciendo hacia los lados, y todo va conectándose, el núcleo y las ramificaciones son importantes”.
Esa idea de las ramificaciones parece reflejarse en una mentalidad muy abierta, dispuesta a aceptar a quien quiera explorar este universo sin prejuicios. En algún momento de esta conversación hablamos sobre las cirugías estéticas, y sobre sus equivalentes digitales: los filtros que tanto se usan en fotografías y videos. Lo más fácil suele ser emitir juicios de valor, cuando no son críticas o burlas, pero con ellos las cosas no son nunca tan elementales: “Austin ya es una máquina abstracta que puede ramificarse hacia muchos lados. ¿Te gustan las cirugías plásticas y todo eso? Bienvenido, eres parte de Austin; no estamos excluyendo nada, lo que importa es que reafirmes tu existencia y tu derecho a elegir cómo quieres ser”, declaran.

En uso de ese derecho a elegir, también se desmarcan de los géneros y los encasillamientos musicales. Las máscaras se suman al hecho de que no exista una voz en sus canciones, y eso hace énfasis en el mensaje de horizontalidad, no hay un líder ni una figura preponderante que se destaque. De esta forma, el público termina concentrado en escuchar al conjunto, sin enfocarse en un personaje principal. Así resulta más fácil, potente y profunda una inmersión en la música por encima de las personalidades.
Aunque para algunos estamos ante una banda de postrock, es un sello con el que prefieren no casarse: “Austin no funciona como una banda de postrock típica, somos juguetones, y nos aburre estar tocando una misma cosa por más de tres vueltas, y por eso estamos cambiando todo el tiempo, y una pieza acaba siendo más de math rock que de postrock”. Entienden que la industria (y buena parte del público) necesita las etiquetas para facilitar la cosas al momento de hacer referencia a un sonido, pero tienen claro que pueden ser una banda instrumental sin necesidad de ser tan “solemnes” como Mogwai o Explosions in the Sky.
“Cuando empezamos, nadie nos hablaba del postrock, si usabas máscaras y eras instrumental, eras surf. […] Luego empezó todo esto del postrock, pero lo que nos gustaba era el emo, el midwest emo”, recuerdan. En algún momento les gustó que se refirieran a su música como “instru rock”.
La gente suele utilizar máscaras para decir lo que prefiere callar o para encarnar un personaje que sí pueda decir cualquier cosa, en cambio, Austin TV emplea esas máscaras para trabajar con la elocuencia de un silencio aparente, un silencio que es también una máscara, porque detrás de él hay, más que un mensaje, una reflexión bien profunda en torno a la identidad, la libertad y nuestras conexiones.


