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Asteroid City

Wes Anderson nos invita a un viaje mágico y misterioso a los Estados Unidos de grandes cafeterías, máquinas expendedoras, teleteatro y quimeras espaciales.

Wes Anderson 

/ Tom Hanks, Scarlett Johnasson, Jason Schwartzmann, Bryan Cranston, Edward Norton, Jeffrey Wright, Hope Davis, Steve Carell, Liev Schreiber, Matt Dillon, Jake Ryan, Maya Hawke, Tilda Swinton, Jeff Goldblum

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinecolor

Pese a que algunos críticos de cine amargados niegan la posibilidad de una película perfecta, los verdaderos amantes del cine sabemos que sí existen. Hace poco, Quentin Tarantino se refirió a títulos como El exorcista, Tiburón, Annie Hall, El joven Frankenstein, Masacre en Texas, Volver al futuro y La pandilla salvaje como algunos ejemplos de la existencia de las películas perfectas. Al director de películas perfectas como Pulp Fiction, Bastardos sin gloria y Érase una vez en Hollywood, se le olvidó mencionar el trabajo de Wes Anderson, quien hace unos años nos entregó La crónica francesa un testamento al arte del periodismo y la palabra escrita, que se equipara en genialidad al Ciudadano Kane de Orson Welles. Esto puede sonar a palabras mayores y créanme, lo son. 

Desde su debut con Bottle Rocket, una comedia sobre criminales ineptos que llamó la atención de ese otro amante del cine llamado Martin Scorsese, Wes Anderson ha escalado la cima con películas cada vez mejores. En el camino nos ha dejado una serie de obras maestras como Rushmore, The Royal Tenenbaums, La vida acuática con Steve Zizou, The Darjeeling Limited, El fantástico Sr. Zorro (considerada por muchos como la mejor película en stop motion de todos los tiempos), Moonrise Kingdom, El gran Hotel Budapest, Isla de perros (otra hermosa cinta en stop-motion) y, por supuesto, La crónica francesa, una de las mejores películas en la historia del cine y que, tristemente, pocos han visto.

Sin lugar a dudas, Asteroid City es otra obra maestra en una filmografía perfecta (comparable a las de Stanley Kubrick, Paul Thomas Anderson, Scorsese y Tarantino) y es un trabajo que continúa con los intereses (por no decir obsesiones) de su autor: la simetría, los niños prodigio, las familias disfuncionales, las bandas sonoras oscuras y la idealización de los años cincuenta y sesenta. 

Aunque esta comedia bien puede considerarse como pieza de compañía para Moonrise Kingdom (o para esa maravilla animada en rotoscopia llamada Apollo 11 ½ de Richard Linklater), lo cierto es que cada uno de los largometrajes y cortometrajes de Anderson son unas poderosas experiencias individuales que deben casi que obligatoriamente, ser disfrutadas en la gran pantalla, lugar al que pertenecen las grandes películas, parafraseando a los puristas del cine Christopher Nolan y Pedro Almodóvar.

En esta ocasión, Anderson decide contar su historia, no a partir de un diario, una novela o una revista, sino de un programa de televisión perteneciente a la era dorada del medio. Su película comienza, con la transmisión de una serie antológica de teleteatro en blanco y negro, presentada por Bryan Cranston. De acuerdo con el anfitrión, el capítulo en cuestión fue escrito por el prestigioso dramaturgo Conrad Earp (Edward Norton) y está ambientado en los Estados Unidos de mediados de los cincuenta, en un lugar conocido como la “Ciudad Asteroide”.

Luego pasaremos a una paleta de colores vivos y cálidos que nos recuerdan a los cuadros de los maestros de Norman Rockwell y Edward Hopper, los maestros de la experiencia estadounidense, y veremos un tren que evocará tanto a The Darjeeling Limited como a Dumbo, mientras escuchamos la canción Last Train to San Francisco del olvidado Johnny Duncan. Cranston, Norton y luego, el tren, nos retrotraen a un pequeño poblado desértico y turístico conformado por 87 habitantes y un correcaminos mucho más cercano al personaje de los Looney Tunes que al ave real (y con ecos al inolvidable topo bailarín de Caddyshack).

La Ciudad Asteroide de Anderson conjuga la versión idealizada de los Estados Unidos de la postguerra: El interés por el espacio exterior, las inmensas cafeterías que venden deliciosas tartas de manzana, malteadas de fresa y helados de vainilla, y unas máquinas expendedoras que ofrecen desde botellas de gaseosa hasta martinis y escrituras de propiedad. Esta ciudad confeccionada por Anderson bien podría ubicarse en el mismo universo que la Twin Peaks de David Lynch, dejando de lado los pabellones oscuros y los filicidios. 

En la historia supuestamente escrita por Earp, un grupo de familias llegan a la Ciudad Asteroide para participar de la Convención Juvenil de Astrónomos que se desarrolla en el lugar. Una de esas familias está conformada por Augie Steenbeck, un fotógrafo de guerra encarnado por Jason Schwartzman, el actor fetiche de Anderson, esta vez canalizando a Frank Capra. A su vez, Schwartzman también canaliza al fantasma de James Dean, interpretando a Jones Hall, un actor del método que obtiene el papel de Augie, a la vez que seduce al autor de la obra. En esta cinta tendremos varios planos de realidad. Un primer plano, en donde veremos al dramaturgo confeccionar su obra dividida en tres actos y elegir a sus actores; un segundo plano, en donde veremos a Cranston presentar la obra a los televidentes; y un tercero, en refulgente color, en el que se desarrolla la obra.    

En ese bellísimo plano de realidad, nos enteraremos que la esposa del fotógrafo (Margot Robbie evocando a la Grace Kelly adorada por Capra) acaba de morir, dejándolo con tres hijas pequeñas y un hijo mayor llamado Woodrow (un estupendo Jake Ryan), quien es uno de los cinco jóvenes prodigio interesados en la astronomía que va a ser premiado por su increíble invento, el cual es un sistema para proyectar imágenes en la luna. 

El auto de los Steenbeck se ha averiado, y el recursivo mecánico del pueblo (Matt Dillon) no ha podido repararlo. Es así que Augie llama a su suegro Stanley (Tom Hanks) para que recoja a los niños. Hay que decir que Stanley es un hombre adinerado que nunca ha querido a su yerno, pero que extraña a su hija, tanto como Augie extraña a su esposa, así los dos hombres no lo puedan expresar con facilidad. De hecho, el fotógrafo aprovecha la situación para contarle a sus cuatro hijos que su madre está muerta y que por eso no pudo venir con ellos, entregándoles sus cenizas contenidas en un Tupperware. 

Como homenaje a Melody, la cinta de 1971 que Anderson venera, Woodrow encontrará a su primer amor en Dinah (Grace Edwards), otra de las niñas prodigio e hija de Midge Campbell (Scarlett Johansson), una famosa actriz de Hollywood (con ecos de Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor y Lana Turner) de la que Augie se enamora. Como tributo a Encuentros cercanos del tercer tipo, también vamos a tener un hilarante encuentro extraterrestre haciendo uso del stop-motion y en la forma de Jeff Goldblum.

Por órdenes del presidente de los Estados Unidos, el General Gibson (Jeffrey Wright), obliga a las familias y al grupo de estudiantes liderado por la joven profesora June (Maya Hawke), a quedar confinados en cuarentena hasta nuevo aviso. “No entiendo esta obra”, le reclama el actor Jones Hall al director Schubert Green (Adrian Brody). Y luego, ambos discuten por la falta de subtexto de una escena en la que Augie se quema su mano intencionalmente en una sanduchera, ante la mirada de Midge.   

Lo realmente maravilloso de Asteroid City es que más allá de la meticulosa dirección de arte y la magnificencia actoral, encontramos a un director que busca improvisar con absoluta libertad y al que no le importa tener algo que decir. Sí, la película está dividida en tres actos, pero aquí no hay una estructura narrativa, lo que hay es emoción, instinto y diversión. Carlos Saura decía que, para él, una buena película debía ser una experiencia imprevisible, especialmente para unos cinéfilos curtidos que hemos visto la misma película con diferente nombre cientos de veces. 

Tarantino no se refiere a las películas perfectas en términos de una técnica impecable, si bien es cierto que Anderson la posee al nivel de Kubrick, Asteroid City es perfecta porque es un trabajo que nos hace vibrar, parafraseando a Truffaut. Esta es una obra maestra imprevisible, misteriosa, absurda y graciosa, como la vida misma. 
Al final, Woodrow proyectará en la luna un corazón con sus iniciales y las de sus nuevos amigos. Anderson logra la perfección al proyectar lo que habita en su alma y su corazón, como si se tratara de El espejo de Tarkovski o Persona de Bergman, pero en clave de comedia.