Barranquilla es como es: extravagante, rumbera, alegre, y de vez en cuando, orgullosa. Ya lo decía el célebre escritor y periodista, Juan Gossaín: “los caribes tenemos la tendencia a creer que somos mejores que los demás. Mejores bailarines, mejores cantantes, mejores escritores, incluso mejores amantes”, y aunque el escritor aclara que “no somos ni mejores ni peores que nadie”, es claro que su afirmación tiene algo de verdadero.
Durante años, la capital del Atlántico se ha caracterizado por ser la cuna de incontables talentos tanto nacionales como internacionales. Desde Shakira hasta el hijo adoptivo de la ciudad, el Joe Arroyo, pasando por Sofía Vergara y Teófilo Gutiérrez, La Arenosa no se cansa de dejar el nombre de Colombia en alto por medio de sus prodigiosos hijos. En la actualidad, Barranquilla no ha dejado de producir talentos, especialmente en la música, y una de las voces más destacadas de esta nueva camada de cantantes es Aria Vega.


Mariana Padilla, mejor conocida en el mundo artístico como Aria Vega, nació en Barranquilla en 1997 y desde muy pequeña estuvo rodeada de música y baile. Creció bajo la influencia musical de su abuelo, un verdadero melómano, quien entre vallenato, salsa, mambo y porro le inculcó a Aria un amor profundo tanto a la música como a su región, que se manifestó en una inclinación natural por el canto, según contó la misma cantante para el podcast El lado bacano.
Cantaba desde niña y sorprendía con su voz en actos escolares, mientras fortalecía su formación musical estudiando técnica vocal y solfeo. Durante su adolescencia decidió tomarse la música en serio, explorando la interpretación como un espacio de libertad y expresión propia. Ese proceso la llevó a participar en el reality show Latin American Idol – Colombia, donde con apenas 17 años llegó a las semifinales y tuvo su primer gran acercamiento al público. Después de participar y llegar a las etapas finales, Aria tenía claro su deseo de comenzar una carrera musical, pero su familia no apoyó del todo esa idea y ella decidió quedarse en Barranquilla. Su madre la inscribió en la Universidad del Norte para estudiar Comunicación Social, y mientras estudiaba siguió componiendo y experimentando con música por su cuenta en pequeños estudios y desde su casa, construyendo así su propio camino artístico sin depender de promesas externas.
Tras terminar la universidad, la barranquillera pudo, ahora sí, enfocarse en su carrera musical. En 2019 lanzó su sencillo debut, ‘Fuego en la pista’, para semanas después hacer una versión de ‘Shallow’, de la película A Star Is Born, lo que llamó la atención de Warner Music, que la firmó antes de terminar el año.
Ese mismo impulso la llevó a seguir afinando su proyecto en estudio. En febrero de 2020 colaboró con Alejandro Santamaría en una versión de ‘La boca’ de Mau y Ricky, y meses después presentó su EP debut, NIVEL 1_ELEVAR, un trabajo que terminó de delinear su identidad sonora. El tema principal, ‘Rose’, contó con la producción del artista electrónico Tezzel —también conocido como Mateo Cano— y fue mezclado por Mosty, ganador del Latin Grammy, confirmando que su propuesta comenzaba a tomar forma con respaldo y proyección dentro de la industria.
Aria es un reflejo de su ciudad. A punta de un estilo que mezcla pop, afrobeats, reggaetón y dancehall, su música recoge esa energía caribeña que vive entre la fiesta, la playa y la confianza casi obstinada de saberse única. Como Barranquilla, su propuesta es extrovertida y descomplicada, pero también consciente de su contexto y de las historias que la atraviesan. No hay impostación en su forma de cantar ni en la manera en que se presenta: hay identidad.
Esa idea de identidad, entendida no como límite sino como punto de partida, ha sido una constante en el pensamiento cultural del Caribe. Como lo explicó el escritor David Sánchez Juliao, “uno solo puede ser feliz siendo lo que uno es”, y cualquier intento por imitar modelos ajenos termina en una forma silenciosa de violencia contra uno mismo. Durante años, dice, se nos hizo creer que lo valioso venía de afuera y que lo propio debía avergonzarnos, generando una “desafirmación cultural” que no duele, pero que “cuesta la vida”. Frente a eso, la única salida posible ha sido la afirmación: reconocerse caribe, reconocerse distinto, y desde ahí crear, cantar, escribir y existir sin pedir permiso. Como resume el propio Sánchez Juliao, la verdadera transformación comenzó cuando entendimos que no había que dejar de ser lo que éramos, sino asumirlo con orgullo.
Esa afirmación de lo propio encuentra en Aria Vega una traducción íntima y contemporánea. Las influencias con las que creció reaparecen en sus canciones como un paisaje cotidiano. Más allá de los ritmos, lo que la distingue es la honestidad con la que construye su discurso. Sus canciones y contenidos parten de lo común, de lo personal y de lo colectivo. Esa mezcla entre reflexión y disfrute, donde su voz se siente cercana y real, le ha permitido conectar con una audiencia que crece de forma orgánica. En ese mismo gesto aparece también su amor declarado por el Junior de Barranquilla, uno de los grandes emblemas de la ciudad, que funciona menos como una referencia deportiva y más como un símbolo de pertenencia, de identidad compartida y de orgullo costeño que atraviesa su música y su forma de estar en el mundo.
En una escena urbana cada vez más saturada, Aria Vega avanza sin prisa, pero con una dirección clara. Comenzó el año con su sencillo ‘CHÉVERE (Joesón_type_beat)’, una balada champetera, de bajo marcado, pensada para sonar, y dedicarse, frente al mar. Como muchos talentos barranquilleros antes que ella, Aria entiende que el camino es largo, pero también que llevar a Barranquilla consigo es, en sí mismo, una forma de llegar lejos. Más que una promesa, Aria ya es una artista consolidada, mostrando el resultado de un proceso que se construye desde la identidad, el trabajo constante y una relación honesta con su lugar de origen.


