Sin piedad es ciencia ficción y drama judicial, pero también un ajuste de cuentas con la fe ciega en los sistemas de IA que prometen orden a cambio de obediencia ciega. La película parte de una premisa claramente inspirada en los relatos de Philip K. Dick: un hombre (Chris Pratt) que ayudó a diseñar un sistema de justicia automatizado, despierta atrapado en él, acusado del asesinato de su esposa y con noventa minutos para convencer a una inteligencia artificial de que merece seguir vivo. No hay apelaciones, no hay jurado, no hay humanidad. Solo datos, patrones y probabilidades encarnados por Rebecca Ferguson.
La sombra de Minority Report es evidente, como también lo es el fatalismo tecnológico de Total Recall, así como la herencia autoritaria de Judge Dredd y la paranoia de Enemy Of The State (por no hablar de los ecos a Saw y a las series CSI y Black Mirror). Pero Sin piedad no busca el espectáculo del cine de acción tradicional ni la sátira del poder. Su apuesta es más seca y cruel. Aquí, como en la cinta española Justicia artificial, el futuro es burocrático y administrativo. El castigo no llega con botas o uniformes, sino con interfaces limpias y una voz que habla de eficiencia.
Bekmambetov filma el encierro como una condena contemporánea (esta cinta parece que hubiera sido filmada en plena pandemia). La acumulación de pantallas, archivos, mensajes, cámaras y registros digitales no funcionan como exhibición tecnológica, sino como prueba de cargo. La vida del protagonista ha sido archivada antes de que él pueda narrarla. Cada discusión, fallo personal o error íntimo, tanto de él como de su esposa e hija, se convierten en evidencia. Y eso es lo verdaderamente aterrador.
Chris Pratt entrega una de las interpretaciones más serias y contenidas de su carrera. Su detective no es un héroe clásico ni un mártir ideológico, sino un hombre lleno de grietas (alcoholismo, ira y arrogancia profesional). La película no le ofrece una salida moral limpia, y eso juega a su favor. Sin piedad no defiende la inocencia como valor absoluto, sino la fragilidad del juicio humano frente a máquinas que no saben distinguir el contexto de la culpa.
Rebecca Ferguson, como la jueza algorítmica Maddox, encarna la gran paradoja del filme. Su presencia es fría y precisa, aunque casi maternal en su tono y absolutamente implacable en sus conclusiones. No es una villana, sino una consecuencia lógica. La cinta entiende que el verdadero problema no es la inteligencia artificial, sino la comodidad y facilidad con la que los humanos delegan decisiones irreversibles.
La película bebe del lenguaje del ciberpunk y el cine de acción que Bekmambetov (autor de Guardianes del día y Guardianes de la noche), ha explorado durante años. Pero al esquivar el derroche de efectos y de balas, genera algo diferente a lo acostumbrado. Aquí, las pantallas no distraen sino que generan claustrofobia y el tiempo real no es un artilugio narrativo sino una presión constante. Cada minuto que pasa es un paso más hacia una sentencia irreversible.
Pero no nos equivoquemos. Sin piedad no es una obra maestra ni pretende serlo. Es una cinta de acción derivativa, entretenida, tensa y tremendamente esquemática, que funciona mejor en streaming que en una pantalla Imax. Sin embargo, en una época donde la tecnología se vende como la panacea y los algoritmos como neutrales y ciertos, la película da en el blanco al plantear una pregunta fascinante: ¿Qué ocurre cuando la justicia deja de equivocarse porque deja de entender a las personas? Es una lástima que a la película le falte inteligencia (artificial o no) para responder con argumentos de peso.
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