Tom Morello en Argentina: La guitarra como arma y la resistencia que no cesa

El guitarrista de Rage Against the Machine pasó por Buenos Aires y antes de su show en Deseo habló con Rolling Stone: "Cada noche, mi trabajo es ser un perturbador"

Por  LALA TOUTONIAN

marzo 13, 2026

FOTO: GUSTAVO CORREA

La guitarra de Tom Morello suena como una máquina descompuesta. Como una sirena. Como un helicóptero de guerra sobrevolando peligrosamente bajo. Como un animal salvaje atrapado en una jaula amplificada. Durante más de tres décadas, ese sonido se convirtió en una de las firmas más reconocibles del rock político.

El artista de origen estadounidense, nacido en el Harlem neoyorkino, es hijo de Mary Morello y Ngethe Njoroge. Mary es una señora de 102 años, de origen irlandés e italiano, activista y fundadora de Parents for Rock And Rap, por ejemplo, y el Movimiento de Derechos Civiles con varias licenciaturas en Historia y Estudios Latinoamericanos, que conoció a Ngethe -hoy fallecido- en Kenia, el activista que promovió la independencia de su país durante el Levantamiento Mau Mau y posteriormente se convirtió en el primer delegado de Kenia ante las Naciones Unidas.

Se entiende ahora de dónde viene todo, ¿verdad?

Pero volvamos al hijo de esta señora y de este señor: Morello nunca fue solamente un guitarrista. Fue y sigue siendo un agitador cultural que convirtió el escenario en una tribuna y el riff en una consigna. Desde los años noventa con Rage Against the Machine hasta sus proyectos solistas y esa cosa hermosa que fue Audioslave con el otro hermoso que fue Chris Cornell, su música siempre estuvo ligada a la idea de que el rock todavía puede intervenir en el mundo real.

No es una postura cómoda la suya, claro. Menos todavía en una época en la que el capitalismo de plataformas digiere incluso la disidencia y la devuelve convertida en contenido. Sin embargo, Morello sigue insistiendo en algo que hoy parece casi anacrónico: que una canción todavía puede incomodar, organizar, perturbar, sacudir.

La última vez que tuve la oportunidad de hablar con él fue hace casi treinta años, cuando el teléfono era todavía el territorio donde se hacían las entrevistas y Rage empezaba a convertirse en un fenómeno político tanto como musical. Volver a conversar ahora es, inevitablemente, mirar el paisaje después de varias tormentas: guerras nuevas, fascismos reciclados, redes sociales convertidas en campo de batalla ideológico y un horrible etcétera.

Hay artistas, gente en general, que envejecen. Morello, en cambio, parece haber elegido otra cosa: seguir siendo un problema (y de algún modo “estás igual, bro, no te pasaron los años”).

—Mirando el arco que va desde los primeros días de Rage Against the Machine hasta hoy (Trump, ICE, el genocidio en Gaza, los quiebres culturales) ¿qué te sorprende más: lo que cambió o lo que no cambió?

—Lo que más me sorprende es, desafortunada y precisamente, lo que no cambió. Por un lado, las fuerzas de supremacía blanca y el fascismo siguen ahí; no hay nada nuevo en eso dentro de la historia, aunque los matices vayan variando, desde ya. Pero lo que también permanece, y esto me da esperanza, es la resistencia a esas fuerzas. La ves en las calles de Minneapolis, la ves en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, etcétera. La música que nació de los gritos por la justicia social sigue enraizada en las luchas de hoy. Nunca imaginé que treinta y cinco años después estaría tocando en los mismos tipos de eventos que me parecían tan necesarios cuando empecé. Pero al mismo tiempo, creo que es para lo que nací. Y acá estoy justamente, tocando en Buenos Aires cuando todo está tan mal.

FOTO: GUSTAVO CORREA

—Soy más pesimista. Siento que la resistencia social no es tan fuerte como debería.

—Lo entiendo, por supuesto, porque estamos pensando en las grandes revoluciones. Pero yo la veo funcionar cada día.

Hay algo obstinado en el optimismo de Morello. No, no, claro que no es ingenuidad: es militancia. Como si creer en la persistencia de la resistencia fuera también una manera de producirla. En su discurso, la historia no es una línea sino una pelea interminable.

—Alguna vez describiste la guitarra como un arma. En un mundo donde la protesta está cada vez más mediada por algoritmos y plataformas que son propiedad de billonarios, ¿creés que la música todavía puede funcionar como un arma política real o se ha vuelto algo meramente simbólico?

—La veo funcionar como arma política cada día: en cada show, en cada posteo de Instagram, en cada conversación en el lobby de un hotel o en la calle. Hay una resonancia real en esa música. Pero no creo que sea la única responsabilidad de un artista. La tarea es decir la verdad tal como la ves. No le pido a otros artistas menos políticos que finjan serlo por mi causa. Y tampoco diría que la música es una categoría aparte: si sos periodista, fotógrafo, o trabajás en seguridad, no dejés afuera lo que creés y quién sos en lo que hacés. Para mí, cuando la gente me dice “¿no deberías hacer más música y menos política?”, la respuesta es: son la misma cosa.

—Tu sonido es famoso por imitar máquinas, teléfonos, helicópteros, sirenas. ¿Ese lenguaje sónico fue una manera consciente de confrontar la maquinaria del poder, o de apropiársela y volverla contra sí misma?

—Surgió de un fracaso monumental. Antes de Rage tenía una banda llamada Lock Up, éramos jóvenes, y aunque inexpertos, teníamos buenas canciones y hasta conseguimos un contrato en Geffen Records. ¿Y qué pasó? Querían otro producto completamente diferente. Y nosotros hicimos todo lo que nos pidieron: el sonido se volvió más suave, los riffs más ligeros. Y de todas formas nos abandonaron, no pasó nada. Tenía veintisiete años y sentí que el sueño había terminado. Recuerdo estar sentado en una silla en mi casa de Hollywood, completamente frustrado. Fue entonces que me hice una promesa: nunca más iba a tocar música en la que no creyera. Y fue en ese momento que empecé a escribir la primera canción de Rage Against the Machine.

—Lo que parecía un fracaso fue en realidad el punto de partida.

—Eso me abrió a mi voz artística auténtica, que es lo que realmente conecta con la gente. Dejé de practicar escalas ocho horas por día y empecé a practicar ruidos de animales del jardín y sonidos tipo R2D2 combinado con los grandes riffs de Sabbath y Led Zeppelin, por primera vez me gustó lo que estaba escribiendo.

Chuck D lo dice muy bien en una canción de Public Enemy: “el ritmo, el rebelde” (N. de la R.: “Yes, the rhythm, the rebel” es la línea inicial icónica del tema de Public Enemy de 1987 “Rebel Without a Pause”). La música en sí misma es revolucionaria, incluso sin letra. Desde la atonalidad de John Coltrane hasta el feedback frenético de Jimi Hendrix en “Star Spangled Banner” (el himno de Estados Unidos), hasta la cacofonía funk de Public Enemy: esa música es subversiva por naturaleza. Y si se puede transformar completamente la manera en que la gente escucha música, propongo que también se pueda transformar cómo imagina la sociedad. Esas son las placas tectónicas de la filosofía que se esconden en los ruidos de animales del jardín.

Hay algo casi alquímico en esa explicación. El momento en que un músico decide dejar de obedecer las reglas suele ser también el momento en que aparece su lenguaje. En el caso de Morello, ese lenguaje terminó pareciéndose a una fábrica saboteada desde adentro.

—Estudiaste Ciencias Políticas en Harvard antes de convertirte en músico. ¿Te parece que la escena musical se ha vuelto una plataforma más efectiva para la intervención política que las instituciones tradicionales?

—Ahora que lo pienso, creo que sí. Cuando toqué hace poco con Bruce Springsteen en Minneapolis, fue un momento galvanizador para una comunidad bajo una presión enorme. Se sintió como algo más que un show de rock. Cada noche, mi trabajo es ser un perturbador. Quiero que el show de esta noche sea el mejor que haya dado en mi vida (N. de R.: la entrevista fue horas antes de presentarse en el escenario de Deseo, el miércoles pasado). Pero también que tenga un contenido al que podés seguir acercándote si así lo elegís.

—Fuiste a visitar a las Abuelas de Plaza de Mayo…

—Mirá, tuve una reunión que me emocionó mucho pero esto viene de antes. Hace unos años, en 2017, vine a Argentina a tocar con Prophets of Rage y estaba caminando por la Plaza de Mayo, era un día muy frío, recuerdo, gris, y dos de las Abuelas de Plaza de Mayo estaban ahí ¡y eran fans! Nos conocimos y me contaron sus historias, cosas que nunca olvidaré, que me llegaron al corazón, la búsqueda de los desaparecidos…. Luego fue el 50° aniversario de la lucha en Chile, fui también, y en un momento de las celebraciones, entro a una sala y me encontré con ellas de nuevo, y nos abrazamos ya como amigos, por supuesto. Te cuento algo que recién daremos a conocer en el concierto de esta noche: vamos a donar todos los beneficios de la venta de merchandising a las Abuelas, porque supe que el financiamiento fue cortado por este gobierno.

La conversación llega a su fin y queda flotando algo más que una entrevista. Morello habla como si cada recital fuera una asamblea y cada riff una forma de intervención pública. Sin ser un gesto retórico, su carrera entera está atravesada por esa idea de que el rock no es solo entretenimiento sino también una herramienta cultural capaz de señalar injusticias, de incomodar al poder, de amplificar luchas que muchas veces quedan fuera de los grandes relatos mediáticos.

En un mundo donde las guerras se multiplican, donde el nacionalismo vuelve a ocupar lugares centrales, la derecha avanza y avanza sin nadie que la frene, y donde los algoritmos ordenan incluso nuestras indignaciones, a quién odiar, ese tipo de convicción suena casi fuera de época, de una época orgánica, la vieja escuela. Pero Morello parece habitar justamente ese lugar: el de alguien que se niega a aceptar que la música haya quedado reducida a un producto sin consecuencias.

Habla de sindicatos, de inmigración, de Palestina, de América Latina, de las luchas por la memoria. Habla como un músico que leyó historia, pero también como alguien que sigue creyendo que el escenario puede ser una pequeña plaza pública. Un lugar donde todavía es posible interrumpir el ruido del mundo.

Quizá por eso su guitarra nunca sonó como una guitarra. En manos de Tom Morello, la guitarra no imita pájaros ni violines ni virtuosismos clásicos. Imita alarmas, interferencias, motores que chirrían. Su instrumento suena como el mundo cuando algo está a punto de romperse. Y tal vez esa sea la verdadera idea detrás de todo.

Que mientras haya injusticia, mientras haya rabia, mientras haya gente dispuesta a resistir, la guitarra de Morello no va a tocar canciones, va a seguir sonando como una máquina de sabotaje.

Antes de despedirnos, le regalé el último libro de Mariana Enriquez y le conté que ella escribe sobre nuestros fantasmas sociales, sobre los muertos que la historia no termina de enterrar. También le dije algo que siempre termina apareciendo tarde o temprano en cualquier conversación sobre memoria: que soy nieta de cuatro sobrevivientes del genocidio cometido contra el pueblo armenio.

Entonces hizo algo simple y raro en el mundo del rock: me abrazó. Después seguimos hablando de música, de política, de memoria, como si esas tres cosas fueran —y en su universo lo son— parte de una misma conversación interminable.