Andrés Wood y el peso de la memoria en La casa de los espíritus

El director chileno lleva la obra de Isabel Allende a las plataformas, explorando el cruce entre lo íntimo, lo político y lo sobrenatural.

Cortesía de MGM Amazon Studios

Desde Machuca hasta Noticia de un secuestro, el trabajo de Andrés Wood ha estado marcado por personajes atravesados por procesos históricos, heridas políticas y memorias familiares. Ahora, el cineasta chileno enfrenta uno de los retos más ambiciosos de su carrera: adaptar La casa de los espíritus, la célebre novela de Isabel Allende.

La nueva miniserie busca conservar el carácter popular, emocional y profundamente latinoamericano del libro, mientras explora temas como el traspaso generacional, la memoria colectiva y la convivencia natural entre lo cotidiano y lo sobrenatural.

En esta conversación, Wood habló sobre el proceso de adaptación, el peso político de la historia, la influencia del realismo mágico y el reto de traducir el universo de Isabel Allende al lenguaje audiovisual.

Cortesía de MGM Amazon Studios

La casa de los espíritus es una obra marcada por la memoria, la política y lo íntimo. Quisiera preguntarte inicialmente cómo abordaste el reto de adaptar este universo tan cargado de historia y simbolismo sin perder esa dimensión emocional.

Bueno, primero hay una explicación general importante, porque acá hay una estructura de quién hizo qué que vale la pena aclarar.

Este proyecto parte con FilmNation, que compra los derechos y se une a las creadoras Francisca Alegría y a Fernanda Urrejola para desarrollarlo. Ellas hacen una interpretación del libro, así como yo hice una interpretación en Noticia de un secuestro de Gabriel García Másquez Y esa primera aproximación se mantiene hasta el final.

La mirada de ellas tiene mucho que ver con esta nueva generación que recopila o recibe el bastón de estas mujeres —la bisabuela, la abuela y la madre— para reconstruir la historia y sanar a partir de eso.

Esa puesta en escena siempre fue de Francisca y Fernanda. Yo me subo a eso con cosas importantes para mí también, como la relevancia de lo político en lo personal. Gran parte de mi trabajo histórico ha tenido que ver con eso: cómo las historias personales son atravesadas por procesos políticos.

Y para mí hubo otro elemento muy importante en esta adaptación, quizá algo que meto con más fuerza por primera vez, y es reconocer que estás trabajando con una obra que tiene una vocación popular.

Por eso digo que me importa muchísimo que a la serie le vaya bien. Porque hubo conciencia de que el libro tiene una vocación popular. Es un melodrama muy barroco, lleno de personajes, lleno de historias enormes, de grandes eventos dramáticos, pero finalmente tiene una conexión muy directa con el público.

Y eso era algo que me interesaba conservar dentro de todas las cosas que inevitablemente uno le “roba” a Isabel Allende al momento de adaptar.

Cortesía de MGM Amazon Studios

Y quería preguntarte algo relacionado con eso. El libro está lleno de personajes, es un trabajo coral y además muy barroco, como tú mismo lo mencionas. Pero hay algo que tiene Isabel Allende y es esa economía del relato, ese ir al punto. ¿Crees que la serie logra traducir eso? Ese ir al grano, ese ser directo.

Sí, yo creo que no había otra manera de hacerlo. De hecho, la película se quedó muy corta en ese sentido, ¿no es cierto?, porque tuvo que cercenar generaciones incluso. Y ahora la serie tiene este privilegio que ocurre con las plataformas: poder contar esto con actores latinos, hablado en español y en ocho capítulos.

Eso ya es un escenario completamente distinto. Pero igual nos quedamos cortos. Sacamos personajes, sacamos eventos, sacamos episodios completos. Entonces sí, yo creo que nos vimos obligados a hacer justamente eso que tú dices: ir al grano.

Con el riesgo, claro, de perder a veces parte del encanto de Isabel. Porque Isabel, aunque va al punto, también se da muchas vueltas. Y eso es parte de su manera de escribir.

No es como leer a Javier Marías, donde muchas veces el deleite está directamente en la escritura misma. Pero sí diría que en Isabel Allende ocurren muchísimos eventos dramáticos constantemente, y eso hace que la adaptación audiovisual sea plausible. O sea, pasan demasiadas cosas, todo el tiempo. Y eso también obliga a tomar decisiones muy concretas en términos narrativos.

Cortesía de MGM Amazon Studios

Y ahora pensando en las expectativas del público contemporáneo, ¿qué tanto se negoció entre fidelidad y reinterpretación? Pensando también en estas miradas sobre el machismo que están inherentes a la obra.

Sí, bueno, yo creo que ahí fue donde hubo mayor cuidado. Particularmente de dos mujeres jóvenes muy conectadas con ese tema, que son Francisca y Fernanda. Y yo aprendiendo también de eso.

Porque finalmente la voz de Alba es el filtro desde donde estamos mirando esta historia. Y ellas se dan permiso para aclarar cosas, para opinar, para mirar ciertos comportamientos desde hoy. Pero claro, la historia es la que ocurre para las mujeres en esos momentos históricos. Y cambiar eso no tendría mucho sentido.

Uno podría preguntarse: “Bueno, ¿por qué Clara no hace tal cosa?”. Pero no, ese no es el personaje. Esa no es la realidad que le toca vivir. Entonces sí hay una conciencia muy potente de todo eso. E insisto en algo: hay una mirada donde la última generación, la más joven, tiene mucho que decir sobre el pasado. Y para mí ese es uno de los grandes valores de esta adaptación.

Ahora, en tu cine la historia reciente y pasada de Chile suele estar muy presente. ¿Cómo dialoga este proyecto con esa línea de tu filmografía?

Bueno, yo lo digo y no lo digo por decir. También me pasó con Noticia de un secuestro. Cuando leí ese libro —y hablo de Colombia también— yo recién estaba empezando en el cine y pensé inmediatamente: “Esto podría adaptarse”.

Y con La casa de los espíritus me pasó algo parecido. Hay algo germinal ahí. Mucho antes de pensarme como cineasta, yo había leído este libro. Un libro que además estaba prohibido en Chile cuando yo lo leí. Independiente de que igual se conseguía, claro.

Pero para mí fue muy potente encontrar nuevamente esa mezcla entre lo personal y lo político. Esa idea de que lo político atraviesa absolutamente todo. Obviamente mi trabajo después ha hecho evolucionar esa mirada. He contado la historia desde distintas perspectivas, ¿no es cierto?

Entonces evidentemente mi aporte acá tiene mucho que ver con eso: con mezclar lo personal y lo político. Pero también, y muy especialmente, con desarrollar estos personajes maravillosos que Isabel Allende construye. Porque son personajes muy vivos.

Y hablando de Noticia de un secuestro y de Gabriel García Márquez, hay algo que conecta el trabajo de Isabel Allende con el de Gabo: esa representación de lo sobrenatural, los recuerdos, las presencias, lo espiritual, combinado de una manera muy orgánica. Quería preguntarte justamente por el reto de traducir eso a la pantalla, porque muchas veces no funciona bien audiovisualmente.

Sí. Ahí teníamos una guía muy clara, y esa guía era un cortometraje de Francisca Alegría que ganó Sundance. Es un corto muy bueno sobre unos muertos que vuelven a visitar a una familia en el campo chileno. Y de alguna manera esa película ya tenía esta idea de la normalización de lo sobrenatural.

O sea, que lo sobrenatural no aparezca como algo extraordinario, sino como parte de la vida cotidiana. Yo lo llamo —y esto quizás ya es algo más personal— una actitud frente a la vida.

Como esta idea de que basta con querer conectarse y uno se conecta. Que los muertos están ahí. Que hay personas capaces de percibir ciertas cosas o predecir ciertas cosas. Y que todo eso se asume con naturalidad. Quizá la mejor forma de describirlo sería como una magia cotidiana. Y trabajamos mucho desde ahí.

Además, claro, Isabel Allende le rinde tributo de alguna manera a García Márquez. Me acuerdo incluso de las polémicas literarias que hubo en algún momento alrededor de eso. Pero sí, todo este tema fue muy conversado entre todos nosotros: productores, realizadores, guionistas. Era un aspecto central de la adaptación.

¿Te interesa que el espectador lea esta historia como una memoria colectiva o como una experiencia íntima fragmentada? ¿O ambas cosas?

Bueno, de nuevo, yo creo que justamente Isabel Allende logra esa mezcla entre lo personal y lo social, entre lo personal y lo político. Eso está completamente en el ADN del libro. Pero además acá hay algo muy claro, y es este traspaso generacional representado por las mujeres de la historia. Ese traspaso generacional ayuda a sanar, ayuda a entender, ayuda a creer y ayuda también a construir una realidad.

Entonces sí, sin duda hay una dimensión colectiva. Y eso se vuelve cada vez más evidente a medida que avanza la serie. No sé si has visto todavía los otros capítulos, pero esa idea está muy presente. Esa es realmente la primera capa de la historia. Porque finalmente hay una cabida para quienes históricamente no han tenido cabida: las mujeres, los perseguidos, los pobres, los excluidos. Y eso se vuelve cada vez más evidente.

Ya para cerrar, mirando el resultado final, ¿cómo definirías esta producción?

Bueno, es un poquito difícil hablar de algo propio tan de cerca, ¿no? Pero sí puedo decir por qué estoy orgulloso. Creo que logramos una serie con mucha personalidad propia. Intentamos cosas muy complejas, como unir un elenco de distintas nacionalidades y lograr que funcionara orgánicamente. Y siento que eso puede abrir puertas en ese sentido.

Además, creo que logramos mantener cierta profundidad… cuando digo profundidad, me refiero a una profundidad idiosincrática. O sea, logramos construir algo que se siente propio. Que no parece una reinterpretación escandinava ni una reinterpretación americana de una historia latinoamericana. Pero al mismo tiempo tiene una fuerza visual muy potente. Y eso me enorgullece mucho.

Y hay algo muy bonito también, y es que estamos pasando por un momento donde grandes obras de la literatura latinoamericana están llegando a la pantalla con la escala y la ambición que merecen. Y además desde nosotros mismos, no desde una mirada europea o norteamericana.

Sí, exactamente. Esa es la maravilla.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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