Las fuerzas del cielo quieren poner de rodillas a la educación

De las clases públicas en la puerta del edificio de uno de los departamentos de Adorni a la multitudinaria marcha de ayer, pasando por el estado crítico del cuerpo docente: Relatos y testimonios para un análisis de la teoría y práctica de la lucha universitaria

Por  NICOLÁS G. RECOARO

mayo 13, 2026

LA NACIÓN

“El futuro ya llegó hace rato, pero está desfinanciado”. El cartel de Bruno Lazarte no pide permiso. Lo sostiene con las dos manos, plantado en el medio de una Plaza de Mayo que a las cuatro de la tarde es un hervidero de cuerpos y banderas. Bruno tiene 18 años, el pelo revuelto de quien durmió poco y viajó mucho, y estudia el profesorado de Educación Física en la Universidad Nacional de Luján. Llegó en caravana, apretado entre compañeros que mastican la misma bronca. Para el pibe, la cuarta Marcha Federal Universitaria no es un reclamo gremial más; es un momento muy punk. “Sin futuro estamos con este gobierno. Tenemos que estar juntos porque Milei nos está cortando las piernas antes de empezar a correr”, suelta urgente y se pierde entre las columnas. Esta tarde, Bruno pone el cuerpo para que su futuro no sea una subasta.

Buenos Aires, tensa, aguanta la respiración. Retumba en sus calles el zumbido del 12 de mayo: la respuesta de saberes frente a la prepotencia del relato libertario que solo sabe de superávit y recortes. Agustín Soplán, de 21 años, trae la vibración del tren Roca metida en los talones. Viene de La Plata con su hermana Antonella, una chica de rulos morochos y una mirada melancólica heredera de décadas de lucha estudiantil. Estudian en la UNLP. Se refugian detrás un cartel que es una barricada de cartón: “La libertad empieza por la educación”.

Los Soplán son primera generación de universitarios: su mamá es portera y su viejo, empleado. Cuentan que el título no es un privilegio de casta, sino un derecho ganado por prepotencia de laburo. Dicen a coro que, en los últimos tres años, la motosierra dejó de ser una metáfora de campaña para convertirse en la cuenta sin saldo de la SUBE y una beca Progresar que no paga ni las fotocopias. “El Gobierno da asco”, dicen, mientras sus docentes -doctorados que podrían habitar la estratósfera de la academia- subsisten con migajas que se evaporan en la primera quincena del mes.

Una multitud marchó del Congreso a Plaza de mayo (LN).

La marea crece. Los chicos de la UBA agitan pancartas que resumen la épica del siglo XX argentino: “La conquista más grande, que la universidad se llenó de hijos de obreros”. Miran la Casa Rosada, convertida en una fortaleza sitiada. “Están aterrados a que pensemos, a que seamos críticos, a que nos eduquemos”, dice Gustavo Roldán, estudiante de Historia, y sigue marchando.

Pocas horas antes de la movilización, el Gobierno ensayó otro manotazo presupuestario: nuevo recorte de 3000 millones al Conicet y la poda de 5000 millones para infraestructura universitaria. Otro más. Las fuerzas del cielo quieren poner de rodillas a la educación; las fuerzas del aula salieron a luchar en todo el país. De Ushuaia a la Quiaca se sumaron un millón y medio de personas en decenas de plazas.

Cerca del Cabildo, los vendedores ofrecen pines y muñequitos de Mafalda con guardapolvo blanco y radiante. A unos pasitos, los efectivos de la Federal le sacan lustre al “palito de abollar ideologías”. El operativo antiprotesta es una vez más desmesurado, un gasto millonario que no llegará a las facultades. Frente a la Pirámide de Mayo, decenas de miles dan cátedra a cielo abierto. El tema del día lo resume otro cartel tatuado a mano: “La educación pública no se vende, se defiende”.

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Es el último lunes de marzo. Isabel Pérez sostiene un marcador gastado frente a una pizarra en la calle. Un arma cargada con verdades. La chica tiene la mirada eléctrica de quien ya no espera nada del futuro porque el presente es una cuenta que no cierra y, en las últimas semanas, caminar hasta la facultad es la única forma de llegar. Isabel estudia Ciencias de la Educación en Puan. Esta tarde en lugar de subrayar fotocopias en el patio de la vieja fábrica de cigarrillos, está en el cruce de Miró y Bonifacio haciendo la cuenta que el Gobierno no quiere auditar: “Un viaje de Adorni en jet privado equivale a 18 sueldos docentes”. Isabel es la voz de una generación que el Ejecutivo quiere domesticar a fuerza de frío presupuestario. “Nos quieren sumisos e ignorantes, porque un pibe que piensa es un problema para su orden de mercado”, explica mientras el sol se derrite sobre el asfalto de Caballito como una sopa de plomo, espesa y cargada de una estática que presagia el estallido. Nadie sabe cuándo, pero todos sienten el calor.

Este lunes no hay refugio en las paredes repletas de afiches de Filosofía y Letras. La bronca desbordó la trinchera académica para mudarse a las calles. El objetivo es un edificio coqueto, arquitectura gélida que irradia solvencia y buen pasar: el nuevo domicilio del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Donde hace un rato circulaba el ruido gris de los autos, se arma un aula magna plantada frente al búnker del vocero que ensaya silencios violentos cada vez que le preguntan por las propiedades y los verdosos dólares que aparecen y desaparecen de sus declaraciones juradas como por arte de magia contable.

Adorni, el panelista que usa los números como granadas para justificar el desguace del Estado, se enfrenta a su propia gramática. La cuenta es fría pero el resultado arde: desde que Javier Milei llegó al poder, la brecha de recomposición salarial en las universidades nacionales es del 49%, una cifra que en la vida real condena a un ayudante de primera a sobrevivir con 228.095 pesos mensuales. Es el triunfo de la farsa: un funcionario que predica la austeridad con el bolsillo ajeno mientras sostiene un nivel de vida que choca de frente con la miseria del aula. La clase pública se dicta con una lección de Ética involuntaria, una materia que el jefe de Gabinete parece haber cursado en modo libre y sin rendir cuentas.

“Adorni debería estudiar Educación Cívica, para empezar. Y un poco de Ética para Amador(ni) no le vendría mal”, suelta Pablo Perazzi, secretario general del gremio Feduba, con la voz rebotando contra las ventanas blindadas del edificio. El paralelismo es sombrío, denuncia el antropólogo Perazzi: “Estamos en una nueva Noche de los Bastones Largos, nos están echando de la universidad”. Entre carteles que disparan verdades al paso y vecinos que se asoman a los balcones con la bronca del que teme perder su orden, el profesor Horacio Banega prepara su cátedra de Gnoseología sobre el pavimento. Hoy enseña sobre la universidad frente a la lógica del mercado. “Ni en el menemismo fuimos tan atacados”, reflexiona mientras acomoda un pizarrón que parece un palimpsesto de reivindicaciones justas y necesarias.

A 150 metros de la casa de altos estudios literarios, el reclamo batalla contra la impunidad, esa trama digna de los laberintos de Borges o la prosa cortada de Lamborghini: un país donde el lenguaje sirve para ocultar propiedades mientras se desmantelan los laboratorios universitarios. Los pibes de Puan pasan la voz: el Centro de Estudiantes confirmó clases públicas durante toda la semana. El reclamo incluye actualización de salarios por IPC, pago a los ad honorem y la posibilidad de tomar la facultad.

En la esquina, mientras la tarde cae pesada, la formación policial custodia el frente del edificio con una simetría maníaca. Es la pedagogía del escrache, la única forma en que el Ejecutivo parece aceptar educarse: a distancia, a regañadientes y bajo este sol tremendo.

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Si la calle es la épica, el escritorio es la morgue. La anatomía del desguace responde a una ingeniería del hambre con planos trazados en los despachos oficiales. La Ley de Financiamiento Universitario flota en el limbo de la burocracia judicial, mientras el Gobierno responde con una arquitectura de excusas: “no hay plata”, “están auditando”, “son privilegios”. El cínico juego del presupuesto.

La radiografía es cruel. Un ayudante de primera, el motor de la investigación, cobra un sueldo de indigencia. El resto de los docentes, algunas migajas más. La motosierra no recorta gastos; amputa tejido social. La lógica anarcocapitalista se muestra diáfana: la educación es un “gasto” prescindible, un error de cálculo que debe ser corregido para llegar al todopoderoso superávit. El conocimiento como un bien de lujo inalcanzable para la inmensa minoría.

Ricardo Gelpi, rector de la UBA, advierte hasta el cansancio sobre el colapso: gas, luz, ascensores, limpieza y salarios en rojo. Lecciones del despojo. Mientras tanto, el elefantiásico Ministerio de Capital Humano comandado por la licenciada en Ciencias de la Familia Sandra Pettovello pasó de la omisión a la ofensiva: exige informes, amenaza con retener fondos y subordina los recursos al control ideológico. Pretenden rectores-capataces, pero la universidad resiste en su columna vertebral: la comunidad.

Los números hablan, mejor dicho, sangran. El último informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia Tecnología e Innovación (CIICTI) informa que la planta total del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación cayó de 75.057 a 68.730 puestos de trabajo desde que asumió Milei: una destrucción de 7,7 puestos diarios. Entre diciembre de 2023 y abril de 2026, 438 investigadores de Ciencias Exactas dejaron sus cargos. Uno cada dos días. La foto trágica se repite en todas las facultades. “Para igualar el salario de diciembre de 2023, el aumento debería ser del 52%”, apunta el decano Guillermo Durán. Los salarios cayeron en abril por 18º mes consecutivo. Se ubicaron debajo de los valores de 2002. Mientras el sistema se desangra, cada peso recortado es un ladrillo menos en la soberanía científica y educativa.

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Viernes 11 de abril, media mañana. En la Plaza de Mayo la luz es cruda y el ajuste no da tregua. El centro porteño se transforma en una casa de altos estudios al aire libre. La historia, que a veces se repite como farsa, esta vez elige ser tragedia y cátedra a la vez. Desde temprano, la plaza muta en feria de ciencias, un despliegue de pizarrones, una respuesta de saberes frente a la oscuridad del relato oficial. Es la universidad de la calle dando lecciones de vida: una respuesta del pensamiento que se niega a ser recluido en un edificio en penumbras.

A pocos metros de la Pirámide, la doctora en Sociología Pilar Fiuza despliega su pizarrón portátil. Se le iluminan los ojos al hablar de su vocación, pero esa luz se vuelve opaca cuando mira el edificio mudo de la Casa Rosada. Dicta Historia del Conocimiento Sociológico frente a pibes que ya no son alumnos, sino protagonistas de la resistencia. A su lado, Laura Estrada, física de Exactas, abre una caja de herramientas de ciencia ficción: láseres y fibra óptica para explicar las cualidades de la luz. Ensaya una metáfora involuntaria en el presente oscurantista. La científica Estrada volvió al país en 2013 con el sueño de devolver lo que la universidad pública le dio; pero esta mañana, con una bronca que mezcla nostalgia y firmeza, denuncia la fuga de cerebros que ya es un éxodo silencioso.

Florencia, jefa de trabajos prácticos en Exactas, escribe “Análisis avanzado” con una fibra negra. El encuadre es violento: de un lado, funciones e integrales; del otro, los carros hidrantes y el uniforme azul de la Federal. La policía no demuestra interés. Mira con una extrañeza casi antropológica los diagramas matemáticos; no entienden que esas fórmulas son la gramática del universo, una lógica que trasciende cualquier decreto de necesidad y urgencia. La belleza del cálculo enfrentada a la fealdad de la macana.

El biólogo molecular Alberto Kornblihtt dicta una clase magistral que convoca a cientos. Recuerda a las Madres de Plaza de Mayo, que dieron cátedra de dignidad frente a esa misma Pirámide, y subraya que el ágora fue siempre el refugio de la inteligencia frente al sablazo presupuestario. Un estudiante levanta un cartel que resume la épica: “La universidad pública enseña, resiste y sueña”. Es una pedagogía de la visibilidad. Frente a un gobierno que quiere una educación sumisa y mercantilista, la plaza responde con la gratuidad de la palabra compartida.

Elián Zamora estudia Filosofía y está sentado bajo la sombra de una palmera flaca. Tiene el rostro curtido por la cuarta semana de una cursada frenada por el ajuste. “Al ministro de Economía le diría que lea mejor a Maquiavelo”, suelta el pibe. “Hablan de El Príncipe como si fuera un posteo de redes sociales, un ‘el fin justifica los medios’ vacío”. La angustia de Elián es más material que metafísica: cobra una beca Progresar de apenas 35 mil pesos. “No me alcanza ni para los apuntes. Tuve que comprar el Leviatán de Hobbes y me salió 40 lucas. La beca no llega a cubrir ni un libro”. El estudiante, como miles, está igual de precarizado que sus maestros. En la Argentina de Milei, leer a los clásicos es un lujo que se paga con el estómago vacío.

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El teléfono suena mientras Joan Manuel Pardo viaja hacia la sala de ensayo. Al otro lado de la línea, el ruido de la calle se mezcla con la urgencia del nuevo disco de Camionero, Pruebas de contacto, que presentarán el 23 de este mes. Pero esta mañana, la métrica que desvela a Joan no es solo la de sus canciones; es la de un país que ve cómo se desangra la educación pública, un goteo incesante que ningún torniquete retórico parece poder frenar. Joan es la voz y la guitarra de un dúo que suena a garaje sucio y desprolijo, una bestia de dos cabezas que completan la batería de Santiago Luis y una ética innegociable: la autogestión como hoja de ruta.

Joan es un converso del sistema. Pasó por la escolarización privada y un amague en Publicidad en la UP antes de patear el tablero. “Un día me pregunté: ‘¿Qué carajo estoy haciendo?’. Me metí en Letras en la UBA y ahí pasé del mundo privado a la educación pública. Descubrí que ahí se respira un compañerismo que en la privada directamente no existe”, suelta con la honestidad de quien ya no tiene que rendir cuentas a la herencia familiar.

La UBA fue su casa por varios años. Egresado de Puan, Joan recuerda que el nuevo edificio de la calle Bonifacio se levantó sobre el sacrificio de una toma histórica en 2010. Por eso, el ataque sistémico del gobierno de Milei le produce un cortocircuito. “Es absurdo que usen la palabra libertad, nadie compra ese verso. La matemática no da. Ver que hoy hay una especie de resignación me duele; nosotros conseguimos un edificio con lucha, pero ahora parece difícil imaginar algo de ese calibre”.

Hace un mes, Pardo dejó de dar clases en secundarias del Conurbano para dedicarse 100% a la banda. Sabe lo que es estar frente al aula donde la motosierra libertaria no es una metáfora, sino una realidad. “¿Cómo enseñar literatura a pibes que piensan primero en comer? Enseñar literatura es siempre inútil, en el mejor sentido: está desencajada de la utilidad. Mi mejor clase fue como en Karate Kid: pulir y limpiar. Los pibes ven la universidad como algo exterior a su historia familiar, pero en la escuela pública surgen lógicas anti-individualistas, anti-capitalistas, de solidaridad, que la hacen resistir”.

Esa resistencia tuvo su clímax el pasado 23 de abril, en el festival frente a la Facultad de Filosofía y Letras. Camionero sacó los parlantes a la calle para ponerle banda sonora al reclamo por la Ley de Financiamiento Universitario. “Fue raro”, confiesa Joan. “Ver a mis ex profesores y a los pibes pogueando me llena. Pero el aporte a la lucha es más espiritual que concreto; es una toma de posición, revalidar y visibilizar discursos. El compromiso del artista es su obra y la obra está comprometida con la sociedad”.

Para el Gobierno, la universidad pública es un “centro de adoctrinamiento” o un “curro”. Joan, que conoce el paño, desarma el discurso oficial: “Es una mentira flagrante. Los profesores trabajan por dos pesos con cincuenta y los pibes hacen un esfuerzo heroico para llegar, para cursar. Es cuestión de que se den una vuelta para ver lo que pasa realmente”.

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A una semana de la Marcha Federal Universitaria, el scroll infinito de las redes sociales escupe postales de una obscenidad simétrica. Mientras el patrimonio de Adorni florece en una chacra con pileta climatizada, cascadas y asadores pagados en el negro más absoluto, el presupuesto de los hospitales universitarios entra en estado de rigor mortis. En la UBA, el congelamiento de partidas es un jaque mate a la red asistencial que atiende a 700 mil pacientes al año. De los 80 mil millones previstos para salud en 2026, el gobierno de Milei no ejecutó un solo peso al cerrar el primer cuatrimestre. La motosierra, que se promocionó como herramienta quirúrgica contra los privilegios, terminó siendo un hacha que corta el suministro de oxígeno en los centros de salud.

“La administración está incumpliendo su propio Presupuesto. No es un conflicto administrativo; es una crisis sanitaria”, advierten las autoridades de la UBA en conferencia de prensa. El aire en los pasillos de Medicina huele a desinfectante barato y a una tensión que se corta con bisturí.

Llamo a Juan Martín Agosti. Tiene 26 años y los nervios curtidos por las guardias. Se recibió de médico el año pasado y, mientras estudia para ingresar a la residencia en cardiología, desanda el camino de su militancia. En 2020 fundó Somos Libres en la Facultad de Medicina. Agosti es un hijo dilecto de la clase media porteña, educado en colegios privados donde la política era un rumor lejano, casi una mala palabra. Quiso ser periodista, pero terminó buscando la verdad en la anatomía humana.

La marcha vista desde un drone (LN).

“Empecé a hacer política en 2015, con la asunción de Macri”, dice. Para Juan Martín, Cambiemos fue la oportunidad de “terminar” con el kirchnerismo. Pero en el medio pasaron cosas, y su fe se mudó al anarcocapitalismo.

Construir una orga liberal en el corazón de la educación estatal parece una misión suicida, pero Agosti tiene otros datos. “En Medicina o Derecho no somos minoría. Lo que pasa es que el militante kirchnerista sale a gritar y el nuestro no dice nada, parece que no existimos”, afirma. En 2022 plantaron su primera mesa física. Pagaron el derecho de piso de la vieja política universitaria: mesas rotas, mensajes agresivos, el hostigamiento de un reformismo que los mira como un virus exótico. En el presente ya son 100 voluntarios que creen que la libertad avanza, incluso entre cadáveres para disección y libros de fisiología.

Agosti es ayudante de primera en Histología e Inmunología. Cobra, como todos, el salario del miedo. No ignora que su sueldo es un insulto a la formación académica, pero su diagnóstico es dogmático: “El salario docente es bajo hace años. El Estado tuvo que aplicar un plan de ajuste porque veníamos de una inflación del 300 por ciento. Hay que analizar el porqué”.

Para Juan Martín, la bronca de sus colegas es una cuestión de etiquetas ideológicas. “Cuando estaba Macri había paros; con Alberto Fernández, con los mismos problemas y salarios bajos, no había quejas. Entra a jugar la ideología”, sostiene. Para el joven médico, la solución no es “pedir plata”, sino que la universidad aprenda a gestionar su propia escasez.

Cuando le pregunto por las becas que se evaporan y los estudiantes que empiezan a elegir entre el apunte o el almuerzo, Agosti se refugia en la esperanza del largo plazo. “El presidente dice que a largo plazo las políticas van a rendir sus frutos. En el medio, tenemos estos problemas”. Su lógica es una flecha lanzada al futuro: cree que la movilidad social ascendente de la UBA es un mito del siglo pasado y que las reformas de Milei son las que finalmente permitirán que los sectores bajos lleguen a la universidad.

Sobre la Marcha Federal, su postura es un equilibrio precario. Agosti dice que defiende la universidad pública y gratuita, pero se niega a caminar junto a lo que considera el “engaño” de la oposición. “Ver a Kicillof o a las Madres de Plaza de Mayo hablando de la UBA es ridículo. Esto no es un partido de fútbol. Nosotros no queremos cerrar la UBA, queremos auditorías”, sostiene mientras se prepara para faltar a la cita masiva del 12 de mayo. “Yo no voy a ir”. 

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“No puedo faltar, soy un hijo de la universidad pública”, dice Federico Servini, docente de la Facultad de Ciencias Astronómicas. El profesor cuenta que es un sobreviviente del vaciamiento: graduado en Diseño Industrial, magíster en Marketing y doctor en Ciencia y Tecnología. Tantos pergaminos acumulados para terminar cobrando una miseria que lo obliga a hacer malabares. “No llego a fin de mes. Mis colegas andan haciendo Uber o changas para subsistir”, revela. Como docente de Gestión de Proyectos e Innovación, su diagnóstico sobre el Ejecutivo es lapidario: “El Gobierno hace todo lo que no hay que hacer; te destruyen. Pero acá estamos. Por ahí somos una gota de agua, pero la lluvia siempre moja el campo para la cosecha”.

La marea es total. Profesores, auxiliares, estudiantes, egresados y familias enteras que se niegan a ser un número en el Excel. Una piba pasa con una remera que lleva el sello histórico de la UBA: “Argentum virtus robur et studium”. El lema en latín es un conjuro: “La virtud argentina es la fuerza y el estudio”.

La Plaza de Mayo, colmada en la marcha del 12 de mayo (LN).

Cerca del escenario, Ricardo Paulín, de 76 años, levanta temperatura. Jubilado, tiene tres hijos estudiando en la pública y, por si fuera poco, cursa la carrera de Derecho. Es un estudiante crónico de la dignidad. “Nunca vivimos algo así, el Gobierno no para de ajustar y el pueblo está repodrido”. Para Paulín, la educación paga es el fin del sueño de sus hijos. “Pensar, ser libres, ser críticos… todo eso te lo da la universidad. Esta es una demostración de que el pueblo se junta para pelear por lo que es justo”. Le pregunto por Adorni, que quizás espía la plaza desde algún rincón de la Rosada. Ricardo niega con la cabeza: “No le diría nada. Esa gente no siente, son egoístas. Solo piensan en ellos y en los poderosos”.

“Sean eternos los laureles, que supimos conseguir…”. El Himno Nacional suena en una Plaza de Mayo que ya es un solo puño. Desde el escenario, la exigencia es clara: que la Corte Suprema deje de dormir la siesta y ordene al Ejecutivo que cumpla la Ley de Financiamiento. ¿Será justicia?

La noche empieza a irrumpir con su manto gris sobre Buenos Aires y la marea humana inicia una desconcentración lenta, en procesión laica. John Suárez, estudiante de Medicina, emprende el regreso a La Plata con el cansancio metido en los huesos. Pero antes, el futuro doctor se acerca a las vallas de la Casa Rosada y deja un cartel de cartón, un pliego de condiciones clavado en el hierro para que lo lea el poder sitiado por su propia ceguera: “La lucha es un poema colectivo”.