¿Quién fue Ringo Bonavena?

Star+ estrenó la serie 'Ringo' y qué mejor excusa para compartir uno de los capítulos centrales de su biografía definitiva, 'Díganme Ringo', escrita por el periodista Ezequiel Fernández Moores, para comprender mejor al ícono del boxeo argentino y personaje de la noche porteña

Por  ROLLING STONE

marzo 28, 2023

FOTO: ARCHIVO LA NACION

Capítulo extraído del libro ‘Díganme Ringo’ (Ediciones Periodistas Viajeros), la biografía definitiva de Oscar Natalio Bonavena, escrita por el periodista Ezequiel Fernández Moores, que ya va por su quinta edición desde su publicación en 2015 y se consigue exclusivamente en: @diganmeringo (Instagram), diganmeringo (Twitter) o enviando mail a diganmeringo@gmail.com.

«Mido 1,78 de estatura. Soy todo viveza, menos en los pies. Le doy seis puntos a mi cara, de seis para abajo; tengo diez puntos en picardía; dos puntos en inteligencia; diez puntos en viveza. Ahora, si se suma picardía, inteligencia y viveza, son veintidós puntos y esa es la gracia, juntar las tres. Si no las juntás sos un gil.
Así se definía Ringo, a quien casi todos los especialistas argentinos de boxeo consideran, junto con Luis Ángel Firpo, el más importante peso pesado que tuvo el boxeo nacional. Los análisis coinciden en detenerse a fines de 1971, en la célebre pelea contra Alí, aunque Bonavena haya seguido combatiendo hasta pocos meses antes de su asesinato en 1976. El resto de su desempeño, en términos boxísticos, apenas merece ser tenido en cuenta. Oigamos el coro de voces que lo recuerda:
—Ringo fue un extraordinario fenómeno de la naturaleza —dice el periodista Ulises Barrera—. Dentro de los pesos pesados, realizó la campaña más importante que pudo haber hecho un boxeador argentino, descontando la distancia y la época que lo separaba de Firpo.
—Fue el más importante —reflexiona Julio Ernesto Vila—, el que tuvo victorias más importantes en Estados Unidos. Su mejor momento quizás fue cuando tiró dos veces a Frazier. Fue el de más fuerza y el de más calidad. Yo creo que históricamente está en la misma línea que Firpo. Para mí, Ringo fue el mejor peso pesado argentino de todos los tiempos. Y no digo superior a Firpo porque Firpo es un mito.
Carlos Irusta, histórica firma de boxeo de El Gráfico, cree que si Bonavena hubiese surgido a comienzos de los años ochenta, antes de Mike Tyson, habría sido campeón del mundo:
—Pero aquella fue una época inaccesible para él. Había demasiadas buenas figuras. Creo que su gran error boxístico fue pasarse de listo. Era un blanco con apellido italiano: un gran negocio. Pero él no se quedó en Estados Unidos. Iba y venía. Y allá no le hubiera convenido a nadie que ganara el título y se viniera para la Argentina. Era un zurdo escondido, con una izquierda no explosiva, pero sí muy potente y la usaba en forma extendida, para puntear.

Bonavena en su pelea contra Alvin Blue Lewis, en Buenos Aires, en 1971, tras perder contra Mohammed Alí. FOTO: ARCHIVO LA NACION


Era lento por su problema de los pies planos, pero no muy torpe. Jamás le lograron contar hasta diez.
Juan Carlos “Tito” Lectoure es el único especialista que, en un hipotético ranking de los pesos pesados argentinos, ubicaría a Bonavena en el tercer lugar:
—En mi lista primero está Firpo, luego César Brion, un boxeador que hizo muy buena campaña en Estados Unidos y que llegó a pelear con Joe Louis, y tercero, Bonavena, que era muy fuerte, sabía definir sobre la marcha y era muy pícaro sobre el ring.
El ambiente boxístico coincide en que los pies planos de Ringo, que no le permitían afirmarse correctamente para pegar golpes secos, significaban una enorme ventaja para sus rivales. Aquellos famosos voleos que Bonavena se veía obligado a lanzar desde ángulos muy difíciles fueron la causa de que su mano izquierda, al golpear incorrectamente, se deformara hasta quedar casi destro-zada, lo que adelantó su ocaso en los rings.
—De todos los rivales que enfrenté, en la cantidad de peleas que hice, las piñas más fuertes que recibí fueron las de Oscar —recuerda Gorosito, sparring de Bonavena entre 1966 y 1970—. Fueron cuatro las veces exactas que sentí esa mano, como si fuera una explosión, en mi cara. Pensá que él tenía pies planos, que peleaba con una sola mano y encima mal entrenado y mirá todo lo que hizo. El desastre que hizo. Porque había que pelear con todos los “nenes” que peleó él…
Las bravuconadas y los excesos de Ringo son inseparables de su técnica pugilística. Suele interpretárselos como una inyección de fuerzas que Bonavena mismo se daba para superar así el miedo de subir al ring. “Siempre nos quedaron dudas sobre su verdadera vocación”, escribió una vez Cherquis Bialo en El Gráfico. Dudas que se acentuaban al ver a Ringo gozar en su rol de showman y hablar de “negocios” cada vez que debía subir al ring.
Según Tito Lectoure, sin embargo, la valentía de un boxeador es algo que no puede ponerse en duda:
—Está claro que no puede haber un boxeador cagón. Ponerse los guantes ya es jodido. Pero yo recuerdo que el propio Bonavena decía que eso de hablar lo hacía para darse valor. No es que haya miedo. Es respeto por el que está enfrente. Si no, uno sería un inconsciente.
Ulises Barrera precisa las definiciones:
—El valiente mide el peligro y actúa en relación a eso. La reacción del guapo, en cambio, es por la sangre.
Si bien el coraje de Bonavena no puede ser puesto en duda, cabe preguntarse hasta qué punto mantenía la sangre fría. O, según los términos definidos por Ulises Barrera, si Ringo era valiente o si era, en cambio, guapo. Algunos especialistas apuntan hacia el combate Bonavena-Alí como ejemplo de que Ringo solía perder la cabeza: “Se descontroló cuando vio que lo tenía en el noveno round”. Otros recuerdan el nerviosismo exacerbado de Bonavena antes de pelear contra Ellis. O las lágrimas de alivio en su rostro cuando recién en el cuarto round pudo dominar un combate que había comenzado muy difícil, ante Zora Folley en el Luna Park. ¿Y qué decir del insólito mordiscón a Lee Carr en los Juegos Panamericanos de San Pablo? Uno de los especialistas consultados concluyó:
—En Ringo había una dualidad. Él, después de cada combate de esos que perdió, decía siempre la misma frase: “Perdí, pero me jugué, eh”. Pero lo cierto es que la mayoría de las veces se jugaba al pedo, completamente descontrolado y abriendo todos los flancos para que le pegaran aún más.
Tan difícil de capturar como el Ringo boxeador resulta el ciudadano Bonavena. ¿Se puede confiar en sus propias definiciones cuando solía decir cosas como las que siguen?:
—La verdad es que miento mucho. Pero por diversión.
—Todo es así: yo miento, a mí me mienten.
—Afuera, en la calle, soy un negocio que camina. Tengo que ser como soy, porque la gente me quiere así.
—Yo soy el macho argentino, pero además lo represento en todo sentido, en habilidad, picardía y fuerza.
—A mi mujer le di todo lo que tiene que dar un hombre, a cualquier hora y bien, como se debe, no como los pollitos o los conejos. Pipi y chau. No, yo no, bien dado.
—¿Dónde van a encontrar un playboy como yo? Vuelvo locas a las minas, sé hacer de todo, tengo guita y encima la sé gastar. Soy un supermacho. Yo me tiro desde arriba del ropero, rompo la cama, el ropero y hasta la mesita de luz cuando estoy con una nami.
—A veces la mujer necesita un poco de rigor. Si te hace algo y no le demostrás la bronca, te lo hace dos veces. A veces una agarrada de los pelos viene bien, un decirle “mirá que te mato” mientras se la zamarrea.
—No me gustan las mujeres modernas. O la casa o la vida. Las dos cosas juntas no se pueden hacer bien. Mi mujer ideal es aquella que cuida la casa, tiene hijos, satisface a su marido y también ella está contenta.
—Las mujeres se disfrazan. De repente conocés a una chica formidable, una bomba. Pero se mete en el baño y sale sin los rellenos, sin las pestañas postizas, sin los tacos de plataforma y a uno le dan ganas de gritar: “¡Viejo, me cambiaron la mina!”.
—La mejor mujer del mundo es la norteamericana. No tiene vueltas ni problemas. Le gusta el hombre simpático.
—A mí me gusta la mujer sexy, medio degeneradita. Bueno, entendéme bien: medio degeneradita conmigo. No con los demás. ¿Sabés cuáles son las más degeneraditas? Las intelectuales, y te lo digo por experiencia. Tal vez porque estudian mucho se les degenera la mente.
—La mujer es más astuta, pero el hombre lo inventó todo. Nombrame una cosa que haya inventado la mujer.
—Si una mujer sale con dos tipos, la madre le dice que es una loca. Pero si un tipo hace lo mismo, es un piola. Hay que dejarse de embromar: el hombre, por naturaleza, es polígamo.
—Soy psicólogo. Por lo que hago, la gente me sigue. Me haría bien un psicoanalista, cómo no. Me serviría para ganar todavía más plata. El psicoanálisis son todos grupos. Te juro que voy a lo de un psicoanalista y salgo convenciéndolo a él.
—¿Cómo será eso de tener un conflicto con uno mismo?
—En mi casa mando yo, se hace lo que yo digo y mis hijos no van al psicólogo.
—Los otros días me pasó una cosa tan curiosa que nunca me había pasado antes y que da una idea de cómo han cambiado los tiempos. Resulta que fui a ver a mis hijos a la casa de mi mujer y después de comer lo mando al nene a buscar cigarrillos y el mocoso me contesta: “Aquí vos no mandás porque no estás nunca”. Yo me quedé helado. “Así que yo no mando”, le dije, y lo agarré del cogote. Lo llevé hasta el placard del dormitorio y, mientras lo tenía en el aire, con la derecha le tiré toda la ropa al suelo. Después, me fui a la heladera y le saqué todas las cosas que le gustan a él. Repetí la operación con todas las cosas que tiene. Al final, le dije: “¿Ves? Todo esto es mío. Yo te lo traje, yo te lo compré. Así que una de dos: o me vas a comprar los cigarrillos o te lo tiro todo”. Enseguida entendió que mandaba yo.
La desfachatez de Bonavena para hablar de lo que se le ocurriese fue explotada por la prensa, que en numerosas ocasiones publicaría lo que se dio en llamar “el Pequeño Ringo Ilustrado”. Eran las opiniones que el boxeador desgranaba sobre machismo, psicología, educación, mujeres, sexo y política. La mayoría de las frases citadas más arriba fueron extraídas de tres artículos que, bajo la firma de Bonavena, aparecieron en enero, febrero y marzo de 1976 en la revista Satiricón.
Las más polémicas, en cambio, corresponden al recordado reportaje que Ringo concedió a la periodista Alicia Gallotti, en el curso del cual Bonavena se dejó fotografiar vistiendo sólo un minúsculo slip bicolor que luego sería motivo de comentarios irónicos. Fue, como dijo Satiricón, una entrevista que resumió “prejuicios, lugares comunes, inseguridades, aberraciones, confesiones y curiosas mitologías sexuales que envuelven no sólo al boxeador sino a buena parte de los habitantes del país”.
Si bien el reportaje se tituló “El Gran Macho Argentino”, y Ringo exaltó en sus respuestas su condición de tal, algunas de sus confesiones y sus poses en slip alimentaron rumores opuestos. “Estoy dispuesto a probarle a cualquiera si soy macho o no”, replicó Bonavena desde otra publicación. Su respuesta fue causa de nuevas ironías.

2 de diciembre de 1971, durante el pesaje antes de la pelea Alí-Bonavena. FOTO: ARCHIVO LA NACION


Ringo, sin embargo, se reía de sí mismo tanto o más que su público. Uno de sus amigos íntimos le criticó el dudoso gusto del slip en el que se dejó fotografiar. Al día siguiente, el periodista Dimas Suárez, el amigo en cuestión, recibió en su casa un sorpresivo regalo de Bonavena: una docena de hermosos slip bicolores idénticos al que Ringo exhibiera en Satiricón.
Pese a hacer gala de su condición de “supermacho”, Bonavena siempre cuidó que sus circunstanciales o supuestos romances no fueran promocionados por la prensa. A diferencia de otros deportistas famosos, preservó ese aspecto de su vida privada aun cuando fue figura de la avenida Corrientes y trabajó en el teatro de revistas. Así lo recordó, por ejemplo, su compañera de reparto, Zulma Faiad:
—No sólo que a mí jamás se me tiró un lance, sino que jamás lo vi con una mina en el camarín que no fuera la esposa o su madre. Incluso se hizo muy amigo de Daniel Guerrero, mi esposo entonces. A mí me respetó siempre. Me decía “Lechuguita”. Yo digo con orgullo que no sólo trabajé con él, sino que también fui su amiga. Incluso años después del teatro, poco antes de que él se fuera por última vez para Estados Unidos, yo acababa de tener a mi primera hija y había aumentado veinticinco kilos. Entonces Ringo me regaló una crema que trajo de uno de sus viajes y me dijo: “Tomá Lechuguita, ponétela en la zapan que parecés el colectivo 60”.
El periodista José de Zer, quien conocía como pocos la intimidad de Bonavena, una vez lo definió así:
—Era un gran farsante, un chanta lindo el Titi. Él sabía de sus limitaciones, sabía de todas sus cosas y, finalmente, se cagaba de risa. Creo, realmente, que fue un tipo que hasta se cagó de risa de sí mismo.
Julio Ernesto Vila corrobora con una anécdota la definición de De Zer:
—Una vez recuerdo que entramos a Tabac. El bien llamativo con su sombrero tejano, un habano petrolero y un vaso de whisky en la barra. Charlamos como una hora y de repente me doy cuenta de que el habano seguía apagado y el vaso lleno. Se lo hago notar y él me responde: “Lo hago para ver qué dicen los demás”. Él era en realidad un tipo sencillo, macanudo, con apariencia de gladiador. Exageraba todo. Era pura ficción.
El periodista Carlos Irusta esboza una explicación del personaje que Ringo construyó:
—Su origen no fue el más típico del de los boxeadores. Era una clase media baja, pero muy ciudadana, no del interior ni de la periferia, sino de la Capital Federal. Yo creo que se dedicó al boxeo más por su físico y porque vio que era un buen negocio. Era muy inteligente, un hábil contestador, con una cuota de premeditación. Lástima que tanta picardía porteña terminó perdiéndolo.
Uno de los periodistas que más conocieron a Bonavena fue Dimas Suárez, uno de los máximos responsables de la revista Gente durante los años setenta y, además, un notable conocedor del boxeo mundial. Dimas Suárez recuerda cómo descubrió que detrás de la ficción había un alma:
—Yo al principio no lo soportaba. En aquel tiempo tenía veintiún años, trabajaba para Radio Porteña y me tocó hacerle un reportaje en la Comisión Municipal de Box, antes de una pelea. Co-mienzo con las preguntas y él, inmediatamente, empezó diciendo sólo lo que él quería y con su discurso habitual. Paré el grabador, le dije que así no y se armó un gran quilombo. Tres años después, en 1969, yo ya estaba en la Editorial Atlántida y nos cruzamos en uno de los pasillos, porque él iba siempre a El Gráfico. Discutimos, y al final acepté su invitación de ir a tomar un café. Ahí le dije todo, que él podía ser como quisiera pero que yo no soportaba su manera de ser. Me acuerdo claramente de que me miró y me dijo: “Pero pibe, yo todo esto lo hago para los giles. Vos no podés entrar en esa”. Y realmente uno después valoró más su figura si entiende que todo lo hizo de cero, se fabricó él solo, porque no tenía laderos. Fue siempre un tipo muy positivo y eso que se bancó a todos. A mí me compró con su humanidad y por eso fuimos amigos.
El periodista García Blanco coincide con Dimas Suárez: “Bonavena fue un tipo de enorme corazón, de gran nobleza y de trasfondo muy cristalino”. Ulises Barrera, por su parte, recuerda con cierto orgullo que “conmigo, Bonavena decía que calmaba su buen humor, que pensaba las respuestas. Él tenía un cociente superior al promedio del de los boxeadores. Tuvo muchos profesores, pero no maestros. No evolucionó. Era naturalmente inteligente, pero su chispa era una pirotecnia al paso”.
Barrera cuenta, además, que una vez que entrevistó a Ringo por la televisión, este describió con lucidez el destino de los boxeadores:
—Cuando uno empieza te dicen “entrenate”. Cuando uno se entrena te dicen que vas a empezar a hacer peleas preliminares. Cuando hacés preliminares te ofrecen peleas de semifondo con algunos pesos más y la exigencia de que te juegues. Después uno se hace profesional y te dicen que ahora tenés que llegar a ser campeón. Te dicen que también tenés que invertir bien tu dinero. Pero al cabo de un tiempo, uno ya no es campeón, no tiene dinero y ni siquiera sabe quién es. Además no te enseñan a administrar el valor económico. Y por eso llega el final y te dicen que fuiste un gil, que tuviste todo y no lo supiste aprovechar.
Barrera recuerda otra respuesta de Ringo, también esta cavilosa —y quizás por esa razón no demasiado difundida—, que tuvo lugar en un programa de la televisión rosarina, al que Bonavena concurrió para responder a preguntas de jóvenes universitarios:
—Los universitarios miraban a Ringo como al operado que va rumbo al quirófano y él estaba muy tranquilo, muy natural. Se hacen tres o cuatro preguntas vacuas, hasta que uno de los jóvenes dice: “Mirá, vamos a encarar esto como es. Vos sos un demagogo. Que doña Dominga de acá, doña Dominga de allá. Vaya a saber qué escondés con esa forma de ser”. Se produjo entonces un silencio pesado, hasta que empezó a hablar Bonavena: “Yo sé que muchos de ustedes van a ser doctores. Y si hubieran sido hijos de un motorman, como yo, y de una lavandera, seguramente lo hubieran ocultado. Nosotros somos nueve hermanos. Y mi madre lavaba para todos. Y yo soy el mejor. Imagínense cómo serán los demás. Y mi madre también lavaba para afuera. Y así nos crio. Ahora que estoy en la buena, cómo no la voy a mencionar. No me da vergüenza. Si aquí uno de ustedes es hijo de una vieja pobre y laburadora, cuando sea doctor seguro que la va a querer esconder”. Los jóvenes se quedaron sin respuesta, se produjo un silencio impresionante.
El Ringo más popularizado no fue el que recuerdan Dimas Suárez, García Blanco y Ulises Barrera, sino el que escribió en Satiricón, desfiló como modelo en Michelangelo, cantó en el Nacional, contó chistes en los clubes, fue premiado como “Rey de la noche” en Rugantino y fue estrella de la televisión con Horangel, Tusam, el periodista Raúl Urtizberea o donde hiciera falta alguien que animara el show.
¿Habrá sido todo su despliegue de ingenio pirotecnia fugaz? No por ello Ringo cultivaba con menos esmero el humor revulsivo con que muchas veces desnudó costumbres retrógradas o hipocresías sociales. Leía libros de aforismos, recordaba frases oídas al azar que le parecían interesantes, y se dejaba asesorar por dos pintorescos hermanos, viejos amigos suyos, Carlos y Julio Blanco, socialistas por formación aunque no militantes. Algunas máximas de Bonavena adquirieron notable difusión, como aquella que muchos periodistas aprovecharon para ilustrar sus crónicas, aunque tuvieran poco y nada que ver con el boxeo:
—La experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado.
Ringo, sin delatar el origen de sus dichos, solía inflar el pecho y afirmar con aire petulante: “Yo tengo muchas horas de vuelo”. Cuando quería expulsar de su alrededor con frases hirientes y despectivas a los desconocidos que se le acercaban y amenazaban quedarse horas junto a él, era implacable. Una mañana hacía footing en las ramblas de Mar del Plata con un íntimo amigo al que le contaba sus penas: Dora, su esposa, no se llevaba bien con su amada madre, doña Dominga. Un entrometido que había corrido detrás de ambos y escuchado la conversación, se sintió ya parte del asunto. Después de opinar sobre el boxeador, el sociable admirador agregó:
—Bueno, Ringo, pero dígame realmente cómo me ve a mí.
—Yo lo veo bárbaro, pero no sé cuántos años darle.
—Aunque usted no lo crea, ya tengo setenta y cuatro.
—Es cierto —le dijo Bonavena—, no los parece.
—¿No le dije yo que lo iba a sorprender?
—Sí, yo le daba arriba de cien.
Otra noche, la habitual barra de amigos compartía una rueda en Tabac con un desconocido que buscaba intercalar sus opiniones. Por fin, advertido de que nadie le prestaría atención, se despidió diciendo: “Bueno, muchachos, me voy”, a lo que Ringo respondió inmediatamente:
—¡Qué te vas a ir si nunca estuviste!
Una vez se disgustó por la mala atención en un restaurante, llamó al maître y, cuando ya todos aguardaban un escándalo, le dijo al oído:
—Maître, esto es un desastre. Andá al mostrador donde está el dueño y decile de parte mía, pero como cosa tuya, que es un reverendo hijo de puta.
El joven hijo del periodista Jacobo Timerman también tuvo ocasión de sufrir en carne propia la capacidad de síntesis de Bonavena. Un día Ringo pasó por las oficinas del diario La Tarde, vespertino lanzado en 1975 por La Opinión, el recordado matutino que dirigía Timerman. Su hijo de veintitrés años había sido designado director de la nueva publicación. Bonavena, que en realidad sólo había concurrido para que le tomasen unas fotografías, se entretuvo, como solía ocurrirle, contando una y mil anécdotas dentro de la redacción. Cuando advirtió que se había incorporado al grupo un joven a quien él no conocía, Ringo interrumpió su relato, lo miró fijo y le preguntó:
—¿Y vos quién sos?
—El director del diario.
—¡Pero andá, qué vas a ser vos el director del diario!
—Pero sí, soy el director del diario.
—Andá, dejame. ¿Cómo te llamás vos?
—Héctor Timerman.
—Ah, con razón sos el director del diario.
Tres décadas después, el joven director se convirtió en ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina.
Aquellos periodistas que fueron sus amigos coinciden en describir a Ringo como un hombre de gran generosidad. Enrique Escande evoca emocionado el día que Ringo, por casualidad, advirtió que aquel, pese a que el mes ya estaba avanzado, no había cobrado aún el sueldo correspondiente de Canal 9 y le prestó dinero hasta que percibiera su salario. Julio Ernesto Vila destaca que, poco antes de partir a su último viaje hacia Estados Unidos, Bonavena le juró que, mientras viviera, le compraría una página de publicidad en cada número de su revista Cuadrilátero.
Juan Carlos Mena recuerda conmovido que en 1974 Ringo dejó plantado a su amigo y director del diario Crónica, Héctor Ricardo García, que le ofrecía un negocio millonario, para no fallarle a él, entonces un joven periodista de Radio Belgrano que recién comenzaba su nuevo trabajo y había asegurado a sus jefes que Bonavena estaría presente esa noche en los estudios de la emisora.
—García lo esperaba con un contrato de cuatro millones de pesos para una película, pero Ringo, que hasta último momento me había dicho que no podría ir a la radio por ese compromiso, finalmente apareció en los estudios. “El Gallego”, dijo, por García, “tiene un montón de guita. Él puede esperar. ¡No puedo cagar a un pibe que recién empieza!”.
Héctor Ricardo García, cuyos medios de prensa cubrieron todo lo que Bonavena hacía (“Ringo fue un invento de Crónica”, se dijo una vez), padrino de Natalio Oscar (segundo hijo del boxeador), conoció como pocos al “gran bocón”. Periodista y boxeador, según contó una vez José de Zer, jugaban a los cowboys tiroteándose balines con carabinas de mira telescópica desde sus respectivas viviendas en la zona del Botánico. Hoy García prefiere no hablar de Ringo Bonavena “porque le produce recuerdos muy tristes”, según dijo su secretaria cuando le fue solicitada una entrevista.
En rigor de verdad, el autor de este libro casi no encontró periodista que no tuviera una anécdota personal que contarle sobre Bonavena. Dimas Suárez cerraba un día la edición semanal de la revista Gente, cuando Ringo logró convencerlo, tras súplicas varias, de que lo acompañara al hipódromo porque tenía una “fija espectacular”. Ganaron en la primera carrera, en la segunda y en la tercera, pero el caballo recomendado por Ringo corría más tarde. Suárez se despidió entonces de Bonavena para retornar al trabajo.
—Está bien, andate, pero tu guita me la dejás a mí.
Al día siguiente, Bonavena apareció en la redacción de Gente contando billetes. Le dijo a Suárez que eran de él y lo arrastró hasta la agencia de automóviles que José Froilán González tenía en la esquina del Luna Park, donde convenció al periodista para que se comprara un Peugeot 404 cero kilómetro de color azul.
Hasta los hijos de los hombres de prensa que siguieron de cerca la carrera de Bonavena guardan gratos recuerdos del boxeador. Daniel Ponso, experiodista del diario Clarín e hijo de Daniel Ponso Navarro, comentarista de Radio Colonia, donde los relatos de las peleas estaban a cargo de Juan Carlos Rousselot, recuerda:
—Fue mi ídolo cuando yo era chico. Sin saber quién era yo, me firmó una vez un yeso que tenía en el brazo con una dedicatoria a Baruye, mi sobrenombre. Yo tuve polio de chico y él, cada vez que me veía la pierna, se apiadaba mucho. Con esa bonhomía suya, me decía que tenía que hacer mucho ejercicio, como si así la pudiera curar. Volviendo de un viaje junto con mi viejo, le preguntó si me gustaba la música. El viejo le dijo que sí y entonces, con ese brazote que tenía, arrasó con todo lo que había en el estante, llenó una gran bolsa, fue a la caja y pidió que le dijeran cuánto había que pagar.
Los familiares de Bonavena, muy celosos de todo cuanto se diga sobre el boxeador, en especial si se trata de algún punto conflictivo, afirman que “no hubo un Ringo público y otro de entrecasa, el Ringo que todos conocieron era el que existía”, según la síntesis de su hermano Vicente. También Dora Raffa coincide: “Oscar no disfrazaba su personalidad para nada. No era ficticio. Era auténtico, con sus virtudes y sus defectos, pero auténtico. Era un chico grande”.
Y si bien Gorosito, su exsparring, afirma que “decir que Ringo era un nene grande es una forma de subestimarlo, porque él era de lo más vivo”, la visión de los familiares es compartida por Zulma Faiad. Para ella, Ringo “era un bonachón, un bebé, don Fulgencio. Era como ese policía que sale en televisión, el Superagente 86, ése.”
—¿Maxwell Smart? Pero ese es muy chiquitito.
—No, yo digo ese grandote divino que siempre está con la pistola haciendo cagadas.
—¿Martillo Hammer?
—Sí, sí, ese, Martillo Hammer. Ringo era Martillo Hammer.