La vida a través de las redes sociales desde hace un tiempo se puso muy fríamente individualista. Se siente despojada de todo sentimiento real. Todo parece muy prolijo y premeditado.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el bar Lucrecia Vinos de Chacarita ofrece en su perfil de Instagram y TikTok un P.O.V. irresistible: una vuelta a lo que parecía ser una reliquia de medio siglo atrás.
Temprano los miércoles, el bar anuncia con anticipación que no se toman reservas, e insta a los interesados a llegar temprano. Hernán Siseles, dueño del piano que hoy decora la vidriera de Lucrecia, me indica por WhatsApp que no desatienda la advertencia. “A las 7 empieza a caer gente. Te diría que vengas a esa hora”.
No es que haya descreído de su palabra, pero lo que encontré a las 7.30 de la tarde en el point de Chacarita me sorprendió. Ya casi no se podía andar.
Junto a la ventana, en exposición para los que pasan por la calle, el piano. Cálido, iluminado por veladores vintage y flanqueado por cuadros, esperaba sabiamente que la gente se reuniera a su alrededor. Efectivamente, el nombre del ciclo probó ser un acierto, Sandwich: A todo momento sos el jamón del medio de este espacio íntimo, cargado de sentimiento y ganas de protagonizar un verdadero punto de vista sin cámaras ni pantallas.
La verborragia y las copas de vino, emblemas de la argentinidad, son la carta de presentación de las noches de Sandwich. Se vuelve evidente enseguida para quien llega que, a pesar de que el show tenga lugar adentro, no será condición sine qua non quedarse cerca del piano.
Aquella noche, el bar había resuelto expandirse hacia la calle con unas estufas de exterior y una barra en el cordón de la vereda para descomprimir un poco el paso adentro. Los primeros asistentes pudieron disfrutar de unas porciones calentitas de locro y un buen sánguche de focaccia con copas llenas de tinto.
Pero pronto la opción de la cena se volvería migajas sobre las mesas olvidadas: con las primeras notas del piano, tanto la vereda como el interior de Lucrecia quedaron… como pudieron. Ya no importaba ver quién estaba en el piano ni por qué. Importaba cantar, ahí, perdido entre el gentío, al calor de las masas. Desde ese momento y hasta el final de la noche, artistas y público se unieron en un espacio sin escenarios, sin egos, y casi sin micrófonos para cantar clásicos inoxidables durante cuatro horas de vino, abrazos, color y piano… siempre piano.
Aquella noche contó con la participación de Santiago Benítez en percusión. Entre los intérpretes estuvieron Alina Gandini, Marina Wil y Rodrigo Soler, que se turnaron en las voces con gran entrega. El propio Hernán Siseles no se quedó atrás y también cantó, mezclándose con el público en ese clima de comunión tan característico del ciclo.

Las razones para elegir Lucrecia Vinos como hogar de Sandwich Piano Bar no fueron premeditadas. “Se fue dando de manera natural, orgánica”, me cuenta Hernán. “Tenía en mente el concepto piano bar, pero no sabía de qué manera hacerlo funcionar. Por lo pronto, tomé la decisión de llevar mi propio piano al bar —a dos cuadras de mi casa—, donde mi amiga Paz Varales estaba empezando a generar actividades culturales”.
Tras los primeros encuentros con dinámica de piano abierto, poco a poco fue tomando forma hacia lo que hoy es Sandwich, “que puede no ser la definitiva”, aclara Hernán. “El ciclo está vivo, se mueve. Y la participación de la gente es clave. Observamos lo que pasa cada noche para poder generar la mejor experiencia posible, tanto para músicos como para el público”.
En una Buenos Aires que busca pegar la vuelta hacia sus valores tradicionales —traducidos en lo gastronómico, por ejemplo, en almuerzos y cenas acompañadas de sifón y vermú, tras una década de cerveza artesanal y hamburguesas— este formato parece tomarnos de la mano y guiarnos hacia un sentimiento de comunidad en torno al arte y a la simpleza del acústico, amenizado con unas copas.
Mientras que otros bares tienen pianistas fijos, Sandwich insiste en contar con músicos diferentes todas las noches, de diversos géneros, y con distintas llegadas. El objetivo es proporcionar experiencias totalmente distintas no sólo semana a semana, sino también para los artistas, quienes pueden probar nuevos formatos y maneras de encontrarse con su público.
A pesar de que aquel miércoles, por ejemplo, Alina Gandini tomase muy rockeramente el alféizar de la ventana a la calle, llevando su performance a un nivel ligeramente más enérgico, Sandwich no funciona ni se completa sin la participación rugiente del público, con sus cientos de voces más grandes que cualquier repertorio y cualquier individuo circunstancialmente apostado en el piano.
“La experiencia de cualquier piano bar tiende a la horizontalidad, busca la participación de la gente, invitándolos a cantar junto a los músicos”, reflexiona el artífice del ciclo. “La idea es que los músicos lo puedan vivir como un recreo y el público, conocer artistas nuevos y a la vez descubrir otra faceta de los músicos que ya conoce”.
Para Hernán, la clave está en que la gente se sienta parte de lo que acontece los miércoles en aquel bar de Chacarita, que no se trate de ir a ver el show de un artista, sino que la gente forme parte de la música de manera orgánica sin delimitaciones.
“Otra clave es el repertorio de cada noche. A mí me gusta que los asistentes al piano bar puedan engancharse y emocionarse con las canciones que conocen y forman parte de su vida, pero también que puedan descubrir algunos temas que tal vez no conocían, perlas… canciones populares que tal vez no son hits tan evidentes. Que vean al que tienen al lado emocionarse cantando una canción que ellos no conocen y partir de esa experiencia compartida, la incorporen a su vida”, explica Siseles.

En ese plan, lo que más suena es rock nacional clásico: Charly, Fito, Calamaro, Cerati, Virus. Pero también hay lugar para hits de Shakira, de Luis Miguel, de Tan Biónica y hasta momentos de tango, de cumbia y hasta folclore. Suenan artistas anglo-clásicos como The Beatles, Bowie y Oasis, temas de bandas argentinas contemporáneas como El mató y El Kuelgue. ¡Incluso hits súper actuales como “Dumbai” de Ca7riel y Paco Amoroso!
“Hay muchos músicos en Buenos Aires que no son muy conocidos para el público, que tienen un modo muy especial de tocar y cantar, y que naturalmente invita a la gente a sumarse”, señala Hernán. “Y después están los músicos un poco más conocidos, que ya tienen su público, que encuentran acá una experiencia totalmente distinta a la de sus shows. Cuando vino Indios, por ejemplo, estaban encantados de poder tocar sus propios hits y algunos covers rodeados de un público que ni siquiera sabía que ellos iban a aparecer. El factor sorpresa también suma mucho a la experiencia de nuestro piano bar”.
La escena comienza a tomar forma muy rápidamente. “Se viralizaron videos que no fueron hechos por nosotros, sino por creadores de contenido de Instagram y TikTok —dice Hernán—. Vemos cada miércoles en el evento a gente de todas las edades, algunos viven más o menos cerca del bar y otros vienen de lejos porque lo vieron en redes. Pero no veo todavía algo claro que permita tipificar al público”.


