La cura milagrosa y luminosa de Robert Smith

The Cure cerró anoche la primera jornada del Primavera Sound Buenos Aires con un show épico a la altura de su leyenda

Por  SEBASTIÁN RAMOS

noviembre 26, 2023

FOTO: ADÁN JONES

Ese hombre de crenchas desparejas y maquillaje desalineado que entre tema y tema deja entrever una mueca a manera de sonrisa y se aferra a su guitarra con gesto entrañable, lejos está de la construcción del personaje atormentado, siempre a punto de morir de amor, que él ha hecho de sí mismo a través de sus canciones por más de cuarenta años y en esa paradoja hoy Robert Smith parece sostener su propio milagro. Un milagro luminoso que anoche mantuvo hipnotizado y a cinco centímetros del suelo a más de 50.000 personas, grandes y chicos, en el cierre del Primavera Sound, envueltos en una maraña sonora que combina guitarras ruidosas con colchones de teclados brumosos. Porque Smith, a los 64 años, continúa haciendo shows de más de dos horas, cantando sobre las pérdidas, la muerte y los profundos mares oscuros a los que debe enfrentar una persona con inclinaciones a la soledad y la angustia, pero en esta versión de The Cure siglo XXI, el aura que rodea a la banda brilla como esa luna que anoche acompañó su tercera visita al país. Como si se tratara del canto de un monje sabio al final de sus días que, habiendo visto pasar todo a su alrededor, encontró finalmente el sentido de su ser.

FOTO: AGUSTÍN DUSSERRE

Desde la atmosférica intro instrumental con “Alone”, hasta los acordes finales de esa “tonta” canción que asegura que los hombres no deben llorar (de una de sus últimas composiciones a una de sus primeras), Robert Smith, y su alter ego The Cure, se ofrecieron como antenas pararayos de estados de ánimos ajenos. Conductores de energías que van y vuelven sin interrupción, que fluyen melódicamente con temas como “Pictures of You”, “High” y “Lovesong” (la primera triada de la lista), alimentándose de un puñado de nuevas composiciones (como la orquestal “And Nothing is Forever”, con Smith dirigiendo con su batuta mágica e invisible), creando espacios para el fogoneo de “Shake Dog Shake” o “The Walk” y saboreando la ilógica masividad de hits imposibles como “A Forest”.

FOTO: ADÁN JONES

La profecía disparada en febrero de este año por el periodista sénior de Rolling Stone Rob Sheffield (“sí, The Cure tendrá la mejor gira de rock del año”) se corporizó anoche para el público argentino en el Parque Sarmiento, confirmando la imposibilidad de encasillar a esta banda inglesa, que a lo largo de su carrera se movió en distintas direcciones (post-punk, new wave, pop, dark) hasta encontrar su esencia sonora en esta suerte de animal de escenario en la que se ha convertido en las últimas dos décadas al menos. Con conciertos maratónicos y envolventes, apoyados en la voz cristálida de Smith, en constante mutación, en el bajo profundo y claro de Simon Gallup (el único compañero de los primeros años del grupo), en la guitarra de Reeves Gabrels (el sueño cumplido de Robert de contar con el guitarrista de Bowie en sus filas), en la batería precisa de Jason Cooper y los teclados de Roger O’Donnell hoy a cargo de Mike Lord (reemplazo de último momento para esta gira).

FOTO: ADÁN JONES

El segmento The Head on the Door (tres temas al hilo: “A Night Like This”, “Push”, “In Between Days”), aquel disco con el que The Cure desembarcó por primera vez en Argentina, en 1987, cierra el primer acto (aunque en rigor el final llegaría con el siguiente tema, “Just Like Heaven”) y Smith y compañía se lanzan sin intervalo mediante al próximo movimiento, dominado por la introspección: “At Night”, “Play for Today” y “A Forest” (con Smith y Gallup frente a frente, jugando a ser los Page y Plant de la nación gótica) recuerdan por qué a principios de los años 80 The Cure navegaba por aguas nunca antes (y muy poco después) transitadas y se convertía así en una rara avis de una única especie.

FOTO: ADÁN JONES

La orquesta eléctrica en la que devino la banda por estos días logra su punto de cocción justo con los últimos dos temas antes del primer bis: “From the Edge of the Deep Green Sea” y “Endsong”. Música para flotar.

En el mismo mood suenan “It Can Never Be the Same” (otra de las composiciones más nuevas, aunque ya con siete años de maduración, que sostienen la intensidad lumínica del grupo sin perder la profundidad) y “Want” y entonces sí, el final del segundo acto con “Plainsong” y “Disintegration”, con momentos de alto contenido teatral, dramático, con Smith emocionado hasta las lágrimas. En el predio la hipnosis es total y el público parece despertar solo para aplaudir una vez terminado cada pequeño truco hecho canción. ¿Ensoñación? ¿Ilusión? Algo así, de eso se trata todo esto.

FOTO: ADÁN JONES

El tercer y último acto es para el Robert Smith agradecido de estar aquí y ahora, con un repertorio que ya es clásico y moderno al mismo tiempo, que va de “Lullaby” (con una interpretación vocal impactante) a “Friday I’m In Love” y de “Close to Me” a “Why Can’t I Be You”, con el final donde todo empezó, con esos chicos que no deben llorar, porque al fin de cuentas haber llegado hasta aquí parece milagroso. Como The Cure: un milagro para estos tiempos.