El show de St. Vincent llegó a Buenos Aires anunciado con Kim Gordon como invitada especial. Un mote que queda pequeño para una visita como la de la ex Sonic Youth, que a sus 71 años sacó The Collective, su segundo álbum solista y uno de los más interesantes de 2024.
La programación es una rareza para el tipo de curaduría al que la ciudad está acostumbrada. Lo más natural hubiera sido encontrar sus nombres desperdigados en un largo y heterogéneo line-up o verlas en anuncios de dos conciertos distintos. Es el criterio que parece regir este tipo de asuntos desde hace ya varios años: ¿por qué vender una sola entrada para un show excelente si puedo diluir lo que está bueno en varios litros de relleno de grilla y vender algunas entradas más? Esta noche podría funcionar como una buena respuesta a esa pregunta: algunos todos son más que la suma de sus partes. Es de celebrar, por las razones que sea, que haya triunfado ese criterio.

En un sentido, el concierto tiene olor a una bien entendida revancha. St. Vincent había pasado por Buenos Aires en dos ediciones del Lollapalooza (2015 y 2019): en la primera de ellas, después de presentar su disco homónimo, tocó en horario merienda, bajo la luz del sol, en un formato reducido. En la segunda pudo hacer un despliegue más parecido al que caracterizan sus conciertos, pero en el microclima gélido de un público festivalero. Bueno para diseminar la palabra, complicado para todo lo demás.
La cita es aún más reivindicativa para la figura de Gordon, que vino hace un cuarto de siglo junto a Sonic Youth para tocar en el Primavera Alternativa y luego a un Personal Fest en 2011. Esa última vez que pisó suelo argentino, tuvo sabor agridulce para todos los que estaban arriba y abajo del escenario.
La banda respiraba la incomodidad familiar del reciente divorcio de Thurston Moore y Kim en plena gira. Tal cual lo cuenta la música en su autobiografía, todo el tour latinoamericano (los viajes, los ratos libres, el tiempo compartido en el escenario) fue cuanto menos incómodo para el grupo. El dato sería apenas un chisme de tenor íntimo si no fuera la razón por la que, además, la banda anunció su separación poco antes de que Moore y Gordon aterrizaran en Buenos Aires en vuelos separados. A esa particularidad se sumó una desinteligencia de la organización del evento que los trajo (que ya exhibía el tipo de varieté en el que se venían convirtiendo los festivales), que permitió que el set de Calle 13 se extendiera varios minutos más de lo previsto. La historia no sería tan recordada si no fuera porque el público, en el escenario contiguo, empezó a ofuscarse colectivamente mientras veía el final del show del puertorriqueño estirarse frente a sus ojos y oídos. El concierto estuvo bien a pesar de todo, pero se hizo un lugar en el anecdotario de conciertos porteños por ser la noche en que René Pérez obligó a Sonic Youth a recortar “Teen Age Riot” de su lista.

Entonces, el show. Kim Gordon salió un poco antes de las 20 horas con camisa y corbata y las piernas al descubierto, para despacharse con un set que fue y vino entre sus dos discos solistas. Lo de despacho no es un modo de decir: la impronta “vine a hacer esto que hago y no te voy a dar nada más” que la vuelve adorable y respetable para quienes la siguen (y algo parca para quienes no están familiarizados con su forma de plantarse en el escenario), bloqueó toda forma de comunicación que no fuera a través de la música. Solo traicionó esa propuesta para hacer una queja sobre el suelo del escenario (¿que aparentemente tenía un agujero?).
En la primera mitad del set se enfocó en su disco trapero, The collective, el álbum que produjo junto a Justin Raisen (Charli XCX, Sky Ferreira, Ariel Pink) luego de pasar una larga temporada zambullida en el hip hop de los 80 y 90 (Schooly D y Gucci Time fueron dos horizontes en un álbum que igualmente suena mucho más contemporáneo que eso). El disco tiene una producción delicada. La voz de Kim, distorsionada y al fondo, integra un juego elaborado de equilibrios muy difícil de trasladar a una puesta en vivo. Entonces arma otra cosa: sobre el escenario del C Art Media su banda suena como una Sonic Adulthood. Ella recita sobre un sonido postindustrial, pesado, espeso y oscuro, como el hongo de brea saliendo de un balde barato que muestran las visuales que están a sus espaldas. Va entre bases de beats de notificaciones de smartphones, glitcheos, frituras y podredumbre.
En su genial grito trans “I’m a man”, su voz grave queda al frente y al borde del spoken word, muy lejos del eco de su propio disco. “It’s dark inside” y “Psychedelic Orgasm”, incluidos y pegados en esta lista, arman la foto lúgubre de una Los Ángeles dividida entre un campamento zombie adicto al fentanilo y una escena artie que apenas roza el piso de la realidad, entre zapping de tiktoks, batidos de fruta, bronceados y papas a 20 dólares la unidad.
En la segunda mitad del set se vuelca a su debut como solista, No home record, el álbum en el que apuntaba a la orfandad de soporte físico de la música en la era digital, más pegoteado por la inercia de Body/Head, el dúo de ruidismo y experimentos sonoros que armó con Bill Nace después de desarmar la banda con Moore, Shelley y Ranaldo. La lista mira por el espejo retrovisor: deja para uno de sus últimos tracks “Paprika pony”, una punta de madeja de la que tiró para luego desarrollar su disco trapero. Se despide con “Hungry baby”, “Cookie Butter” y un drop the mic que no se ahorra ninguna aspereza.

Fue evidente, cerca de las 21, que para una parte del público este concierto no se trató del tándem. Para algunos fue exclusivamente acercarse a escuchar a la genial y antipática ruidista que viene coqueteando con el hip hop. Pero, para la gran mayoría, la noche fue sobre la abanderada de la escuela de David Byrne: la chica que puede servir algunas dosis de experimentación sobre un fino colchón popero, mientras hace un despliegue de melodías, encantos y sonrisas.
La amistad de las dos surgió cuando participaron de la inducción de Nirvana en el Rock and roll Hall of fame en 2014: sus intereses artísticos tienen radares de largo alcance que exceden la música. Clark puede producir a Taylor Swift y Sleater Kinney, dirigir un corto de terror o actuar en su propio mockumentary. Gordon hace crítica de arte, diseña ropa, arma proyectos de experimento sonoro y visual y puede actuar bajo la dirección de Gus Van Sant o Lena Dunham. Como un diagrama de Venn, el alcance de esos radares coincide solo parcialmente. Para los testigos del recambio esta noche, entonces, el switch de intensidad y registro armó un espejo con el que pensar los puntos en los que las dos se pueden tocar o desconocer.
Clark, por su parte, abrió su set con “Reckless”, de All born screaming, el primero de sus discos en el que se hizo cargo por completo de la producción y en el que se dedicó a profundizar su juego con el ruido. A diferencia de Kim, una suerte de gemela malvada (solo por esta noche y en relación con el sonido), Annie trabajó desde la improvisación para hacer pequeños recortes que luego condimentan sus melodías, como los que aparecen en la intro de “Broken man”, salida de una larga sesión haciendo lo que ella considera “una bola de ruido inescuchable por nadie más, pero de la que puedo extraer cuatro segundos para algo disfrutable”. Son sus cucharaditas de freakismo.
Cuando Clark va hacia los temas de All born screaming, combina versos en inglés y en español. Su último disco tiene un correlato pasado por Google Translate: Todos nacen gritando. Dijo en varias entrevistas que, luego de ver a tantos seguidores cantar sus canciones en perfecto inglés, quiso hacer el ejercicio de acercarse a su idioma, lo que hizo al álbum más valioso por sus intenciones decoloniales que por sus resultados.

St. Vincent tiene una pretendida asepsia que puede confundir a los distraídos con su personaje de figura de porcelana clean. La invitación de la guitarrista y cantante es a ver en vivo cómo la muñeca se transforma a lo largo del show. Eso hace esta noche en el C mientras el setlist avanza. Se sube al escenario sin un rastro de desprolijidad, abanderada del otro David que la influencia, un siempre montado Bowie. Pero la muñeca se empieza a destartalar y hacia la mitad del show el labial le recorre una mitad de la cara por las fricciones con el micrófono. El personaje va ganando suciedad, canta a pocos centímetros de las caras que tiene enfrente y se lanza en mosh sin soltar su guitarra, con un guardaespaldas corriendo detrás. Durante “Sugar boy” la banda se queda sola sobre el escenario y de Clark solo se ven sus piernas enfundadas en lycra negra.
Enmarcada en su política de entrega y cuidado, St. Vincent te acompaña, de la mano, hasta la salida. Su show no termina en un pico: te invita al aterrizaje post climax. Por esa razón enciende un cigarrillo durante “Candy darling”, donde se apoya sobre el teclado para mostrar hasta dónde hizo llegar su voz en ese paréntesis discográfico de soul y rock de los 70 que fue Daddy’s home. También demuestra hasta dónde puede llevarla improvisando, estirando versos y minutos en el escenario, mientras el público porteño, que pareciera gustar mucho más de este estilo performático, hace malabares métricos para que “St. Vincent” y “Annie” encajen en cantitos futboleros.
Quizás ese sea el punto de distancia más grande entre ella y Gordon: la primera va hacia la entrega total y se inmola por su público, la otra juega en la liga de la introspección y el misterio, pero se acercan en su forma de mirar el mundo cuando St. Vincent interpreta “Los Ageless” y “Violent times”. Sin ir tan lejos, en términos espirituales, “Digital witness” está intrínsecamente conectado con The collective. En la zona en que coinciden ambos radares hay enojo, decepción y algunas preguntas importantes.


