Aunque ya lleva dos décadas subiéndose a escenarios (y otras tantas horas invertidas en la sala de ensayo con sus hermanos), Gastón Sardelli parece preferir la reserva y la distancia sobre la exposición y la vidriera. En esa división tácita de roles dentro del universo de la banda, le tocó el rol del Airbag retrotraído. Pero es algo incluso anterior al primer ensayo con Guido y Pato. Junto a un par de amigos del colegio, Gastón formó una banda en su adolescencia con la que grabó un demo (un tema de Chuck Berry del que no recuerda el nombre, “pero no era ni ‘Johnny B. Goode’ ni ‘Roll Over Beethoven’”, aclara), y tuvo que juntar valor para poder mostrar el resultado en el hogar familiar. “Es loco, pero lo hice todo medio a escondidas. No me daba vergüenza, pero sí timidez”, reconoce a la distancia.
“Simplemente me junté con mis amigos y traté de cantar algo, hasta que un día me animé a mostrarlo en mi casa y ahí es donde todo se ‘hermanó’”, completa. La elección del término no es casual: a partir de esa experiencia, sus dos hermanos vieron en él un modelo a seguir, aunque más no fuera para hacer ruido a la hora de la siesta en Don Torcuato.
Ya convertido en un adolescente mientras Guido y Pato empezaban a dejar atrás la infancia, Gastón adquirió un “rol de armador”, como le gusta definirlo. “Terminaba de ensayar con su banda y después entrábamos nosotros. Él siempre tuvo una visión muy técnica de todo: me enseñó cómo poner los brazos y algunos ritmos mientras él hacía el bajo con una guitarra. De alguna manera, él armó toda la jugada y nosotros aprendimos”, dice su hermano menor sobre los primeros pasos que dieron como banda. “Me fui acomodando”, dice Gastón, que encontró su rol una vez que sus hermanos hallaron el suyo. “Guido enseguida estaba tocando la batería y yo no lo hacía bien. Pato tocaba muy bien y a mí me costaba, entonces agarré otra guitarra, que ni siquiera era mía”, dice sobre cómo se fue abriendo camino hasta llegar a las cuatro cuerdas.
Desde chico, despertó en Gastón una necesidad no solo de apreciar las cosas, sino también de comprender y entender su funcionamiento. Así, mientras Airbag daba sus primeros pasos, comenzó a estudiar bioingeniería mientras la banda era poco más que un hobby fraternal, y su desempeño académico fue cada vez más notable. De a poco, la situación empezó a ponerlo en un dilema: después de firmar con Warner, Airbag comenzó a crecer en convocatoria y a volverse también una maquinaria más demandante, pero su vida universitaria también lo tenía magnetizado. El dilema lo terminó resolviendo el azar: una tarde, Gastón estaba yendo en taxi a rendir uno de sus últimos finales y, tras pedirle al chofer que lo esperara mientras bajaba a un kiosco, pudo ver cómo el auto aceleraba con sus cosas adentro. “Perdí la mochila, la calculadora científica, manuales, todo”, dice hoy con una sonrisa que desborda la paz que seguramente no tuvo en ese momento.
Con las obligaciones ya reordenadas, esa pasión por saber la terminó volcando en Airbag y en ver cómo lograr que la cosa empezara a caminar. “Me gusta mucho la parte técnica y así fue que conseguí nuestro primer micrófono y nuestra primera consola. Eran de una marca super económica, pero para nosotros fue como dar ‘el’ paso”, grafica sobre ese primer hito. Por cuestiones de presupuesto, el mixer que habían comprado era solo de dos canales, los tres hermanos Sardelli empezaron a tratar de encontrarle la vuelta, hasta que el mayor dio con la solución. “Nos faltaban pistas, entonces se me ocurrió que podíamos grabar una parte en un grabador común de casete, después mandar eso a un canal, reproducirlo y grabar arriba. El conocimiento técnico era poco, pero me daba maña. Tampoco tenía mucha calidad, pero para nosotros alcanzaba”, dice para describir un proceso que, aunque rústico, no distaba tanto del que usaba The Beatles en sus primeros discos para sumar instrumentos.
La mención a los Fab Four no es arbitraria. Igual que sus hermanos, Gastón fue criado con el ABC del rock and roll clásico, un aprendizaje en el que la banda de Liverpool tuvo un lugar más que destacado, y que le permite pensar alguna comparación posible. “Venimos de una escuela en la que escuchamos todos los discos de The Beatles, en un momento me sabía tocar todas las líneas de bajo de Paul. A veces me cuesta elegir qué período me gusta más. Por ahí elegís Sgt. Pepper’s, pero si querés escuchar un rock and roll te vas a lo primero”, explica. Y ahí profundiza: “Para nosotros los cambios siempre fueron algo natural, porque vos los escuchás de álbum a álbum y cada uno tiene un cambio. De hecho, cada disco nuestro es distinto a los otros, y para mí viene de eso”. Entre sus gustos musicales hay también una cuota musical mexicana a la que sus hermanos parecen ofrecer cierta resistencia. “En ese sentido es un tipo muy abierto, puede escuchar cualquier cosa. Te aparece con música mariachi o con Luis Miguel. Yo quizás te escucho dos temas y ya está, ya cumplí. Le digo: ‘Cómo canta, qué hijo de puta’, y después paso a otra cosa”, detalla Guido.
Esa formación con los gustos puestos en la vieja manera de hacer las cosas lleva al bajista de Airbag a disparar sus dardos contra lo que considera un mal de época: las canciones con más compositores y productores que intérpretes, donde quizás diez personas figuran como responsables de algo que terminan tocando o interpretando con suerte otras cuatro. “Eso es un tema, porque pone en desventaja al resto, que no quiere aceptar eso. Pero son las reglas, y uno vive en un mundo con reglas. Pero si tenés una banda con tus amigos y querés avanzar, es más importante el ‘a mí me pasa algo’”, dice en alusión a esa química difícil de bajar a palabras.
La subsistencia, dice, está en hacer como el salmón y nadar contra las corrientes: “¿Sabés por qué aparecen cosas nuevas? Porque no vino un tipo que dijo que tenían que hacer eso; son todas cosas que emergen solas, y así es la historia de la música. Van a seguir apareciendo más bandas a pesar de los algoritmos”.
Para Gastón, ser autodidacta e intuitivo no fue una toma de posición o la elección de una política de trabajo, sino la única manera posible de que las cosas empezaran a tomar forma. “Ahora hay tutoriales de YouTube para todo, hasta tenés un tipo que te enseña cómo hacer un satélite y ponerlo en órbita”, dice mientras sus hermanos le festejan la comparación con una carcajada. “Pero hace diez años no había tanta información, y hace quince menos, entonces había mucho de ‘Hagámoslo como salga y vamos aprendiendo’”. Esa vocación por el descubrimiento fue también la que lo llevó a profundizar en varios campos: en estos años, Gastón hizo de su cuenta de Twitter (o X) la ventana a un mundo en donde conviven su interés por la política (“Se lee todos los tomos de Marx, Hegel y Adam Smith, y el chabón va y hace su balance. Yo hago el mío discutiendo con él”, explica Guido), la pintura al óleo y los juegos en red.
Después de dos décadas como parte de una banda que picó rápido en el mundo de las multinacionales y, entonces, eligió hacer la suya sin dejar de ser un nombre mainstream, para Gastón hay una sola regla que los músicos deben respetar a rajatabla. “Los que quieren tener una banda, sí o sí tienen que subestimar a la industria. ¿Sabés por qué? Porque ellos tienen un enorme problema para lidiar con bandas, porque ya no es lidiar con una sola persona. Es lidiar con un grupo de personas que se tienen que poner de acuerdo, donde alguno se puede llegar a imponer y decir: ‘Che, vayamos más en esta dirección’ o ‘Me gusta más esta otra’”. Su teoría va más allá de los géneros y jura que no hace distinciones entre estilos, sino que apunta a la factoría de canciones: “Con una letra que dice diez veces lo mismo”, según sus propias palabras.
Para Gastón, los conflictos que nacen de las interacciones humanas hacen que las bandas sean un fenómeno único, impulsada por sus tensiones internas. Eso, dice, “es un problema para el tipo que tiene que hacer un reporte para afuera y que lo único que puede decir es: ‘No sabemos qué onda las canciones, nunca nos pasaron los demos’”. Y remata su idea con notable poder de síntesis: “Cuando viene uno y te dice: ‘Tenés que hacer esto’, vos decile que sí. Si te da plata, agarrala y hacete el boludo, pero hacé la tuya”.


