Como todo hijo de una familia de clase media nacido sobre el final de los ochenta, Guido Sardelli vivió el auge y la expansión del desembarco de la internet de banda ancha. Y como todo pibe que pasó horas frente a una computadora con conexión ADSL, la máquina se volvió también su referencia para empezar a entender que su banda se había hecho conocida.
“De repente, en el Kazaa había un montón de personas descargando mis canciones. Ya no se trataba solo de gente que tenía vínculo con el colegio, eran desconocidos. Fue medio revelador eso, ahí entendí que quizás las cosas tenían otra dimensión”, dice Guido luego de poner a las plataformas peer to peer como indicador del primer crecimiento de Airbag fuera de su zona de influencia más directa. A los diez años, la edad en que muchos de sus amigos hacían deportes, despuntaban el vicio con videojuegos o simplemente creaban un universo propio y privado, Guido recorría los escenarios de los bares de Don Torcuato, Polvorines y San Miguel a la madrugada para tocar con sus dos hermanos mayores. Una escena que naturalizó sin verle lo atípico. “Era algo simpático ver a un pibito tocando Deep Purple a las tres de la mañana”.
Airbag comenzó a tomar forma mientras Guido estaba todavía en la escuela primaria, así que le tocó hacer un curso acelerado de inmersión en la cultura rockera, mientras procuraba no cortar amarras con los gustos del resto de sus compañeros. “Yo tenía una doble vida, porque en casa escuchaba a The Beatles, Deep Purple, Led Zeppelin y Rainbow, pero también curtía lo de la gente de mi generación, que era The Offspring, Limp Bizkit o Gorillaz, que recién acababa de sacar ‘Clint Eastwood’ y estábamos todos enloquecidos con el video”, dice.
Cuenta también que naturalizar a tan temprana edad al mundillo rockero fue lo que le eliminó el pánico escénico bastante rápido. “De más grande me lo puse a pensar y me hizo decir: ‘Qué huevos’. Quizás ahí lo ves bien y decís: ‘Hoy no me animaría a hacer esto’, pero de pendejo me chupaba todo un huevo, y eso no hay que perderlo nunca. Sabíamos que los temas sonaban tremendo y que había que probarlos frente a la gente. Ya de pibes teníamos ese descaro y no íbamos para atrás”.
La primera vez que Guido vio una batería, el enamoramiento fue inmediato. No fue en una casa de música ni sobre un escenario, sino en el garaje donde su hermano se juntaba a tocar con un par de amigos. “Un día entré y la vi armada, le brillaba todo. Los platos, los aros… La miré y dije: ‘Qué cosa hermosa’”, dice sobre ese primer contacto a los nueve años. Ahí nomás, después de que su hermano le enseñara un par de movimientos básicos, se puso a sacar temas por su cuenta, y asegura haber aprendido “Basket Case”, de Green Day, antes de cumplir los diez. Y, al igual que su hermano del medio, su formación como músico fue puramente intuitiva y sin clases, aunque por un motivo distinto. “Creo que es por algo que me pasa toda la vida, y es que siento que no hay tiempo y que todo lo tengo que resolver de la manera más efectiva y rápida. Por supuesto que les recomiendo a todos que estudien, pero creo que es un proceso que quizás yo sentía que lo podía hacer más rápido en vez de poner a hacer paradiddles para ejercitar la independencia de las manos. En vez de ponerme ocho horas con eso, quizás le dedicaba ese tiempo a escuchar ‘Fortunate Son’ y ver bien qué hacía la batería”, explica.
Con el tiempo y la llegada de los discos de Deep Purple, Burn y Machine Head a la cabeza, el menor de los Sardelli fue adaptándose al rigor impuesto por sus hermanos mayores, a la par que rastrillaba internet en busca de material formativo. “Era tocar, tocar y tocar, otra cosa no se podía. A lo sumo podía pasar que en el Kazaa te pudieras descargar una clínica de batería de Mike Portnoy, y eso pasaba a ser cómo que habías encontrado al mejor maestro y te volvías loco, cambiabas tu forma de tocar en un año”, explica como para contarle a un centennial cómo era la vida antes de la sobreoferta de tutoriales.
Los ensayos, dicen, se encargaban de la otra parte: “Tengo dos hermanos con los que decíamos: ‘Che, toquemos un rato’, y ese rato se convertía en tres horas. La otra vez encontramos unas grabaciones de los primeros ensayos. Todo el tiempo me decían: ‘Te estás cayendo, te estás cansando’. Me metían rigor, y eso te saca bueno”.
Durante los dos primeros años de la banda, Guido se mantuvo en su rol de baterista, hasta que con la llegada del tercer disco, Una hora a Tokyo, de 2008, decidió pasar al frente a hacer de segunda guitarra y turnarse en el protagonismo vocal con Patricio: “Como todo baterista, soy un cantante frustrado”, dice sacándoles una sonrisa a sus hermanos. “Siempre canté en los shows. Cuando era chico y tocábamos en bares, había un momento en que yo iba adelante y hacía un tema que había hecho él [señala a Pato] para que yo lo cantara. Pero cuando toco la batería soy bastante intenso, toco muy fuerte, y no iba a poder hacer las dos cosas a la vez porque no me sale hacerlo chill”. El cambio es aún más difícil de explicar, porque lo obliga a tener un rol distinto, sea en el escenario o en el estudio, donde sigue siendo la persona detrás de los parches.
Aunque la agenda de Airbag le deja poco tiempo para otros intereses, Guido aprovecha para investigar sobre historia, religión y otras disciplinas para “entender el mundo de alguna manera”, según sus propias palabras. Por eso, aunque en el imaginario colectivo Gastón sea el más vinculado con algún tipo de compromiso social o político, él no duda en hacer un análisis de los tiempos que corren con bastante claridad. “Me ha sucedido de estar en un lugar a las tres de la mañana y que haya un pibe que se hizo traer por delivery un Gatorade. Yo no lo podía entender, o vamos y te lo comprás en un kiosco o te lo tomás mañana, pero el chabón no estaba entendiendo la parte negativa de todo eso, solo me decía: ‘Le doy trabajo’. Eso habla de que hay una crisis muy grande que tarde o temprano va a explotar, y si no explota me estaría preocupando mucho, porque la Revolución Francesa pasó por mucho menos. No sé qué sucede, quizás tenemos unas capacidades cognitivas más bajas que hace 300 años”, redondea sin ocultar su pesimismo ante los tiempos que corren.
A pesar de ese compromiso con su tiempo y espacio, para el menor de los Sardelli, Airbag siempre ha dejado claros sus posicionamientos sin la necesidad de hacerlo de manera explícita. “Creo que los que siguen a la banda lo saben, y si escuchás discos como Mentira la verdad o Al parecer todo ha sido una trampa te das mucha idea de dónde estamos parados y de las cosas que nos inquietan o nos molestan. A veces tenemos el problema de que se pretende una opinión siempre, y que sea una en los términos en los que ciertas personas quieren. Es un ‘Expresate de esta manera en estos campos’, y me parece que esos campos justa o lamentablemente no son muy propicios para desarrollar una buena idea, no solucionan nada”, sostiene en un segundo encuentro con Rolling Stone, sentado a la mesa de un restaurante sobre Costanera Norte. “Nuestros mensajes están en nuestras canciones, y ya no siento la necesidad de ser activo en redes sociales, me cansé. Las redes drenaron tanta energía de mí que ya no quiero que me saquen más. Me parece mucho más copado dejar que la gente escuche los temas y saque sus propias conclusiones que hacer un tuit para el Día de la Raza (sic)”, defiende.
Para Guido, el mensaje sigue estando, solo hay que saber buscarlo. “Hay gente que se pierde en lo explícito y no quiere moverse de ahí, y no entiende que quizás el símbolo es mucho más grande que la literalidad o lo obvio, pero quieren revalidar su opinión. ‘Me gusta tu opinión cuando es igual a la mía’. Lamentablemente vivimos en un mundo que se expresa en esas dos polaridades. Es en el mundo, no solo Argentina. Creo que las dos polaridades están absolutamente mal, son muy dañinas. En los consumos, en las culturas. De eso se habla mucho en nuestros discos. Si digo: ‘La lujuria mató al placer’ (cita un verso de ‘Al parecer todo ha sido una trampa’), puede sonar a una metáfora boluda o quizás estoy diciendo: ‘Che, están viendo porno desde los 14 años, me parece que hay que hablar de esto’. Quizás el que ve la frase cree que no dice nada, pero el que quiere ver un poquito más va a encontrar un montón de cosas que seguro no encuentra en las radios mainstream”.


