En “1999”, su colaboración con Troye Sivan, Charli XCX condensa una experiencia universal con la inmediatez sucinta del pop: la añoranza por un pasado mejor. Su reconstrucción de aquel año es selectiva y romántica, como toda evocación que proviene de la memoria, indistintamente de su coordenada en la historia (la nostalgia, después de todo, es tan vieja como el tiempo). Por eso mismo es que, en el 1999 de verdad, Tori Amos hacía lo propio y publicaba una canción titulada “Glory of the 80s”, también atravesada por el anhelo. Solo que el foco, en su caso, estaba puesto en la década del ochenta, cuando las “Juana de Arco” y las “Barbies de silicona” podían coexistir con desprejuicio en fiestas signadas por el exceso y una autenticidad hoy difícil de hallar.
Ese mismo sentimiento, el de retornar a una época que combinaba desborde y verdad, es el que anima a Francisco Novick, joven cineasta argentino, en Una noche en Paladium, el rockumental sobre la discoteca homónima que, entre 1985 y 1993, se emplazó en una usina abandonada del Bajo porteño. Lo que tiene el director egresado de la ENERC en su favor es que su padre, José Luis, cofundó el establecimiento junto a Juan Lepes, quien figura felizmente por los planos que componen la película. El problema es que José Luis se rehúsa a tocar el tema, y todo lo que rodea ese capítulo del legado familiar permanece bajo llave, envuelto en una bruma espesa de oscurantismo injustificado.
De esta reticencia se desprende la incógnita que motoriza a Una noche en Paladium: ¿por qué no querría Novick padre hablar de algo que, a todas luces, supuso un aporte gigantesco para el acervo nacional? Lo que separa el proyecto de Francisco de otros largometrajes sobre espacios contraculturales (Stud Free Pub de Ariel Raiman, por ejemplo), y le confiere su valor diferencial, es el ahínco con el que el documentalista asume su lugar de enunciación. No hay momento en el que Novick reniegue del subjetivismo, y el orden personal de su búsqueda jamás se desdibuja en el entramado complejo de la reposición histórica.
Una noche en Paladium vuelve constantemente sobre dos ejes estructurantes que se encuentran en tensión: la sobriedad y el humor que se le adjudican a la figura paterna. La manera en que Novick lega y reformula esa dicotomía en su propio quehacer creativo es particularmente llamativa. Más allá del paralelo evidente entre traccionar una discoteca y concretar una película, Francisco trabaja su patchwork lúdico con una seriedad loable: el material de archivo es valioso, y el montaje de Natalio Pagés está finamente calibrado (el recuento de la inauguración, por ejemplo, multiplica el número de testimonios mientras reduce la duración de los planos, generando un ímpetu más rítmico).
Con estas apreciaciones no se busca sugerir que la particularidad del espacio como recinto cultural quede subsumida en la búsqueda de conexión filial. “Paladium no era para diversidad, sino con diversidad”, afirma una cabeza parlante, y esa confluencia entre mainstream y under, hétero o queer, fue en cierta forma premonitoria de la configuración que terminó de adoptar el panorama musical contemporáneo, ya no tan regido por la lógica de la monocultura (si Beyoncé puede asistir a un recital de Grizzly Bear, no faltará mucho para que se aviste a Lali en un show de Mora y los Metegoles). Ese mismo ethos del desprejuicio es el que rige el coro de testimonios reunido por Novick. Se destaca particularmente el que aporta Willy Lemos, que remata su aparición con la nota más emotiva de toda la película.
El último acto de Una noche desemboca satisfactoriamente en sus destinos inevitables: el registro de la reapertura de Paladium en 2023, y la asistencia de un José Luis predispuesto al evento. Lo que no hace Novick, porque hubiese implicado una concesión facilista, es resolver el silencio del padre con una tesis verbalizada. El presente, a fin de cuentas, habla por sí solo. Y si hasta el CBGB yace hoy bajo una tienda de ropa, quizás, nuevamente, sea tiempo de hacer.


