Crítica: ‘The Rehearsal’, el gran simulador

En la segunda temporada de su original docucomedia, Nathal Fielder sigue ayudando al mundo a ensayar un poco antes de enfrentar distintos problemas

Por  ALAN SEPINWALL

junio 5, 2025

HBO

Hay dos ideas en el corazón de The Rehearsal, la docucomedia de Nathan Fielder que ahora tiene una segunda temporada por HBO. La primera es el tema central de gran parte de la obra de Fielder: la búsqueda interminable por entender por qué él no le cae bien a la gente y cómo cambiar eso. La segunda idea es específica de esta serie: la escala absurda a la que Fielder puede abordar cualquier problema, gracias a que cuenta con un presupuesto aparentemente ilimitado.

A veces, los dos conceptos funcionan en perfecta armonía, creando una comedia tan divertida como incómoda. En otras ocasiones, es difícil no desear que hubiera menos de Nathan lidiando con sus propios problemas y más del comediante gastando irresponsablemente la plata de HBO.

En el primer episodio, cuando se le pregunta si The Rehearsal es un documental, responde: “Usaría ese término de manera laxa”; sería justo entonces decir que Fielder es él mismo en cámara de manera laxa, que interpreta una versión exagerada de sí mismo, si no un personaje completamente inventado. Para ser claro, me referiré al coguionista y coproductor como Fielder, y al tipo que vemos en pantalla como Nathan.

En la primera temporada, Nathan se dio cuenta de que la mejor manera de enfrentar momentos desafiantes en la vida es practicarlos antes. Comenzó a ofrecer este servicio a otros, organizando escenarios de juegos de rol en los que actores interpretan a una o más figuras en un dilema particular. Cuando un hombre quería encontrar una manera de admitirle a su compañero de trivia en el pub que le había mentido sobre sus logros académicos, por ejemplo, Fielder no solo contrató a un actor para interpretar al compañero, sino que construyó una réplica detallada del bar donde tendría lugar su conversación; después, se llevó el set del bar al otro lado del país, Oregón, solo para tener dónde pasar el rato y lidiar con su soledad. Para entrenar a los actores para todos estos ensayos, incluso estableció su propia escuela de actuación donde enseñó el Método Fielder, para mimetizarse con sus sujetos; esto llevó a que un estudiante aplicara este enfoque a Nathan mismo, creando una situación en cadena, en la que el número de falsos-Nathan comenzó a parecer infinito.

En el arco principal de esa temporada, Nathan ayudaba a una mujer soltera y sin hijos a practicar la maternidad para que pudiera decidir si quería tener un bebé. Esto eventualmente llevó a que Nathan se sumara al ejercicio, y luego asumiera a fondo el papel de padre soltero, una vez que la mujer, comprensiblemente, comenzó a sentir que el ejercicio ya no era sobre ella. En el final de la temporada, parecía que Fielder había causado un daño emocional a uno de los actores infantiles en la práctica, que comenzó a tomarse demasiado en serio la idea de Nathan como su padre.

Tres años después, Nathan tiene que resolver un problema mucho más grande: los accidentes aeronáuticos. Como le explica al exmiembro de la junta de la NTSB John Goglia al principio de la segunda temporada, ha revisado obsesivamente los registros de vuelo de varios accidentes a lo largo de los años, y ha concluido que muchos son el resultado de una mala comunicación entre la tripulación (específicamente, que muchos copilotos se sienten reacios a hablar cuando no están de acuerdo con el enfoque de su capitán en situaciones peligrosas).
“Aunque tenía los recursos para poder resolver este problema de vida o muerte y salvar a muchas personas”, reconoce en su narración en off, “me dieron este dinero para crear una serie”.

Esto es en muchos aspectos un terreno aún más complicado que cualquier cosa de la temporada pasada. Y si la dimensión del problema es mucho mayor que los de la primera temporada, también lo es la escala ridícula de las soluciones, que incluyen la construcción de una recreación detallada de parte de una terminal del Aeropuerto Intercontinental George Bush, de Houston, y la puesta en escena, como dice Nathan, de una “competencia de canto que es parte de un programa de televisión que no tiene nada que ver con el canto”. Es en estos enfoques increíblemente enrevesados donde The Rehearsal sigue siendo más divertido. Un episodio en el que Nathan trata de meterse en la cabeza de Chesley “Sully” Sullenberger —el capitán que aterrizó milagrosamente un avión de pasajeros en el río Hudson en 2009— es tan exagerado que tu mente puede simplemente negarse a aceptar lo que tus ojos ven.

La segunda temporada se mete en lugares más profundos y autorreferenciales. Inevitablemente, cada problema y cada ruta surrealista que Nathan toma para resolver, regresa a su dificultad para comunicarse con otras personas y, a su vez, para agradar. “Siempre sentí que la sinceridad está sobrevalorada –declara en un momento–. Solo termina castigando a aquellos que no pueden hacerlo tan bien como los demás”. Y en este caso, el alcance del tema principal de la temporada, y su naturaleza de vida o muerte, hacen que la personalidad de Nathan quede más fuera de lugar de lo habitual. Ese es, sin duda, el punto de todo: Fielder tratando de establecer el contraste más extremo entre la tarea en cuestión y lo que su yo ficticio realmente valora, sin encajar del todo. Las mayores risas rara vez tienen que ver con su lucha por la conexión. Y, al mismo tiempo, lo ridículo de cómo intenta abordar el problema del choque socava cualquier intento de tratar el material personal vagamente en serio.