Crítica: The Last of Us – Temporada 2

La serie comienza en el casi paraíso postapocalíptico de Jackson, Wyoming, pero hay una tensión latente entre Ellie y Joel, y se avecinan problemas mayores

Por  ALAN SEPINWALL

abril 16, 2025

Liane Hentscher / HBO

Pasaron más de dos años desde el final de la primera temporada de The Last of Us, y aún más tiempo para los dos agotados protagonistas de ese mundo postapocalíptico: el parco Joel (Pedro Pascal) y su hija postiza Ellie (Bella Ramsey). Cuando arranca la segunda temporada, ya pasó mucha agua bajo el puente de su relación, y están atravesando un momento complicado. Casi no hablan, y pasan más tiempo con otros habitantes de la comunidad amurallada de Jackson, Wyoming, que entre ellos.

“Pero yo sigo siendo yo, él sigue siendo Joel, y eso no va a cambiar nunca, jamás”, insiste Ellie.

Lo que The Last of Us Temporada 2 se pregunta es… ¿y si sí cambia? Y el planteo no necesariamente le hace bien a la serie.

La primera temporada fue un milagro. Fue una adaptación de un videojuego muy popular que logró funcionar como un atrapante estudio de personajes. Tenía acción, lo que evocaba la dinámica del juego sin hacer sentir frustrado al espectador por no poder controlar a los protagonistas en medio de los ataques de los infectados, esos terribles zombis fúngicos. Había guiños para fans del juego, pero no hacía falta haberlo jugado para disfrutar de la historia. Y contó con dos actuaciones espectaculares de Pascal y Ramsey. Rompió con la idea de que no se puede hacer arte de verdad a partir de un videojuego.

Además, fue bastante consistente. Aunque la historia llevó a Ellie y Joel desde Boston hasta Salt Lake City con muchas paradas en el medio, el eje casi siempre fue su relación. Incluso el episodio tres, esa historia de amor postapocalíptica tan celebrada entre dos amigos de Joel, fue esencialmente un dueto. Sin importar adónde fueran, cuántos monstruos enfrentaran —infectados o humanos—, la serie giraba en torno a su vínculo, y cómo lograban sacarse mutuamente de sus traumas. Pascal y Ramsey tenían una química que muy pocas producciones pueden alcanzar.

Dentro del universo del show, el “superpoder” de Ellie es que, por un accidente del destino, es inmune a la infección por cordyceps. Pero el verdadero superpoder de Bella Ramsey es cómo deja salir cada emoción con una fuerza arrolladora: tanto la devoción por Joel como la furia por todo lo que sufre, ambas pegan igual de fuerte.

La primera temporada fue bastante fiel al juego. Y la segunda también, ya que cubre más o menos la primera mitad de The Last of Us Parte II (ambas, creadas por Craig Mazin, un veterano de la TV, junto a Neil Druckmann, uno de los desarrolladores del juego). Eso significa menos escenas entre Ellie y Joel, un elenco más amplio, y una historia con más giros, tanto en lo que pasa como en la forma en que se ver todo eso. Ese nivel de ambición, en lugar de quedarse en la zona de confort de lo que ya funcionó, en general es algo para celebrar. Y gracias a este cambio de foco, hay material excelente, especialmente con los nuevos personajes secundarios interpretados por Kaitlyn Dever, Isabela Merced y Catherine O’Hara. Ramsey sigue siendo magnética al interpretar a Ellie como una herida abierta, y Pascal tiene momentos hermosos mientras Joel intenta reconectar con ella. Cuando la serie apuesta al show, lo hace a una escala y un nivel de producción que por momentos rivalizan con Game of Thrones.

Pero también hay algunos problemas de ritmo y de perspectiva. El final de temporada deja un sabor amargo. Y cada vez que vemos un flashback o alguna referencia a momentos felices entre Ellie y Joel, es inevitable desear que la serie siguiera siendo, principalmente, sobre ellos dos en vez de todos estos nuevos personajes y conflictos.

La temporada arranca retrocediendo en el tiempo, justo después del final de la primera, cuando Joel masacra a un grupo de médicos que querían usar a Ellie inconsciente para fabricar una cura para el cordyceps —algo que él no podía permitir al enterarse de que ella moriría en el proceso. Joel le miente sobre lo que pasó, ella lo mira con desconfianza… y después saltamos a ver a los sobrevivientes de esa masacre —liderados por Abby (Dever)— jurando vengarse de Joel a toda costa.

Después pasan cinco años. Ahora Joel y Ellie son parte estable de la comunidad de Jackson, liderada por María (Rutina Wesley), cuñada de Joel. Joel, que antes era contratista, ayuda a expandir el pueblo para recibir más refugiados. Ellie hace patrullas regulares, a veces con Tommy (Gabriel Luna), hermano de Joel, o con su mejor amiga (y crush poco disimulado), Dina (Merced). La vida no es perfecta, pero es bastante más segura y tranquila que afuera. Joel incluso va a terapia con Gail (O’Hara), la psicoanalista y alcohólica del pueblo, para intentar arreglar su vínculo con Ellie.

Pero este paraíso, en un mundo como este, no puede durar mucho —y esta serie no va a transformarse mágicamente en una Gilmore Girls postapocalíptica. El grupo de Abby sigue suelto, también quedan infectados, y otras facciones humanas que aún no conocemos. Pronto vuelven la violencia, el terror, las discusiones sobre cómo enfrentarlo todo, y Ellie sigue siendo tan terca como siempre, sin importar las consecuencias.

Los nuevos personajes están bien aprovechados, al igual que los que tienen más protagonismo esta vez, como Tommy y María. Kaitlyn Dever es conocida por comedias como Booksmart o Last Man Standing, pero su currículum dramático —Justified, Unbelievable, Dopesick— también es impresionante. Aunque tiene unos años más que Ramsey, son de estatura similar, y Dever tiene la misma capacidad para explotar en furia. Abby tiene otro físico en el juego, pero en la serie es como una “Ellie oscura” —lo cual ya es decir mucho, considerando cuán oscura es la Ellie original. Catherine O’Hara, que suele brillar con personajes excéntricos como Moira en Schitt’s Creek, demuestra que también puede ser fascinante en papeles más contenidos, como este. Merced, como compañera de escena principal de Ramsey durante gran parte de la temporada, tenía un desafío enorme, pero ella y el guion logran que Dina y su arco también sean atrapantes.

Dicho eso, hay personajes nuevos que están desbalanceados en cuanto a tiempo en pantalla, como el Isaac de Jeffrey Wright, líder de un grupo de sobrevivientes en Seattle. Aparece apenas para dar contexto de lo que Ellie no sabe, pero nunca alcanza para que esos personajes o sus conflictos cobren verdadera vida. El final sugiere que la tercera temporada se enfocará mucho más en ese lado, pero da la sensación de que esta temporada habría sido más fuerte si solo mostrara cosas que los personajes de Jackson realmente experimentan o conocen.

En definitiva, lo que más se siente es la falta de escenas entre Ellie y Joel. Aunque la temporada sigue siendo sólida, no llega a los picos emocionales de la primera. En el estilo del episodio de Bill y Frank —que le valió un Emmy a Nick Offerman—, hay un capítulo que muestra gran parte de lo que pasó entre Ellie y Joel en esos cinco años. Sirve como un buen cambio de ritmo, sobre todo porque la mayoría de los episodios cubren pocos días. Y es una oportunidad perfecta para que Pascal y Ramsey brillen de nuevo… tal vez demasiado perfecta. Por más buenos que sean los nuevos personajes, por más tensas o impactantes que sean las escenas de acción, después de ese episodio es imposible no querer que la serie vuelva a centrarse por completo en ellos dos.

Pero bueno, es la carta que Druckmann se repartió al escribir el segundo juego. The Last of Us juega esa carta lo mejor que puede, especialmente al explorar los ciclos de abuso y trauma, y cómo la gente herida lastima a otros. Pero siendo una serie de género que siempre priorizó los vínculos humanos por encima de la sangre y los monstruos, decepciona un poco que haya tan poco de su relación más poderosa.

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