A.CHAL: el orgullo de vivir entre mundos

El artista peruano-estadounidense habla sobre identidad, migración, espiritualidad y el camino que lo llevó a reconectar con la cumbia, la chicha y sus raíces peruanas en una de las etapas más honestas de su carrera.

mayo 26, 2026

Carla Blanca Corminboeuf

A.CHAL ha pasado buena parte de su vida convirtiendo el desarraigo en lenguaje propio. Nació en Perú, creció en Queens y aprendió temprano que la identidad, antes de convertirse en orgullo, puede sentirse como una zona de fricción: el acento, el idioma, la presión de encajar, la necesidad familiar de “agringarse” para sobrevivir y, al mismo tiempo, la atracción casi instintiva hacia los márgenes, hacia la gente que no pedía permiso para existir. 

En su historia, la dualidad no aparece como una postal migrante ni como una fórmula de mercado, sino como una herida trabajada durante años hasta volverse intuición creativa. Antes de entenderse como artista, A.CHAL tuvo que entenderse como alguien que venía de varios lugares a la vez, alguien que había aprendido a moverse entre códigos distintos, entre la exigencia del hogar inmigrante, la calle neoyorquina, la nostalgia peruana y una idea de éxito que nunca terminó de parecerle suficiente si no venía acompañada de sentido. Por eso, cuando habla de su música, también habla de supervivencia, de bullying, de mudanzas, de castigos, de espiritualidad, de ayahuasca, de ego, de familia y de esa búsqueda silenciosa por sentirse cómodo en la propia piel. Todo parece parte del mismo proceso: dejar de pelear con lo que uno es para empezar a usarlo como brújula.

Esa brújula lo ha llevado ahora hacia una etapa que se siente menos como un giro de carrera y más como una revelación. Después de años moviéndose entre el R&B, el trap, el hip hop alternativo y una sensibilidad bilingüe que siempre estuvo atravesada por sonidos psicodélicos y exóticos, A.CHAL encontró en la cumbia peruana, la chicha y la música popular de los barrios una forma de volver al origen sin caer en el disfraz.

Su encuentro con Los Mirlos, su obsesión reciente con Chacalón, su lectura de la palabra “cholo” como símbolo de orgullo y su deseo de llevar esta nueva música al escenario con una banda que cruce cumbia y rock hablan de un artista que ya no está buscando sonar correcto, sino sonar verdadero. En esta conversación con ROLLING STONE en Español, A.CHAL mira hacia atrás sin nostalgia complaciente y hacia adelante sin ansiedad por convertirse en el artista más grande del mundo. Lo suyo parece ir por otro lado: hacer música que ayude, que nombre algo, que devuelva dignidad a una palabra, que conecte con quienes también han tenido que aprender a vivir entre mundos. Y quizá por eso este momento se siente tan poderoso: porque después de más de diez años de ensayo, caída, industria, independencia y búsqueda espiritual, A.CHAL parece haber encontrado no solo una dirección musical, sino una razón más profunda para seguir cantando.

Carla Blanca Corminboeuf

Tu historia siempre ha estado atravesada por ese cruce de mundos. Haber nacido en Perú y luego crecer en Queens, obviamente, te cambió como persona. ¿En qué momento entendiste que esa dualidad no era una carga, sino una ventaja creativa? 

Es una buena pregunta, porque eso no fue algo de lo que me di cuenta de inmediato. Había mucha resistencia, mucho bullying, especialmente por el idioma. Y no solo en la escuela, también de la gente en general. Queens es un lugar muy particular. No eran solamente latinos, caribeños y negros. Había hindúes, chinos, coreanos, griegos. Entonces, siendo inmigrante ahí, todos eran inmigrantes en cierto sentido, y todos querían ser los más aceptados dentro de lo americano. Esa energía se sentía muchísimo.

Había quienes querían ‘agringarse’ y otros que se ponían más rebeldes. Yo me junté rápido con la gente más rebelde. Pero ahora, viéndolo con perspectiva, entiendo que mi papá quería agringarse porque quería que la vida fuera más fácil para nosotros. Entonces existía ese dilema en casa. Yo andaba con gente más de barrio, inmigrantes caribeños y demás, y eso a él le asustaba un poco porque quería que yo fuera amigo de los niños que veía en la televisión, los niños americanos.

Después, entrando en la adolescencia, como a los 14 o 15 años, ya había pasado por demasiado. Me mudaba constantemente, fui como a seis escuelas diferentes. Y cuando te mudas tanto, terminas viviendo lo mismo de muchas formas distintas. Ya llega un punto en el que has hecho de todo: te quedaste callado, hablaste, peleaste, te golpearon, golpeaste, te sacaron de la escuela, llamaron a tus padres, tus padres te castigaron, hasta te botaron de la casa. Mi papá me botó varias veces hasta los 15 años.

Entonces llega un momento en el que simplemente dejas de darle importancia. Dices: ‘Tengo que cambiar algo’. Y aprendí a amarme en ese sentido. A partir de ahí crecieron muchas cosas.

Y tampoco es algo que desaparece por completo. Yo creo que todos seguimos lidiando con sentirnos cómodos con quienes somos realmente. Y eso no pasa solo por el rostro o la identidad cultural. También hay gente blanca que va a otros países y se siente intimidada. O pasa con la edad, cuando tienes 30 o 40 y vas a un concierto lleno de jóvenes de 18. O pasa con el dinero, con la ropa, con cómo te ves.

Entonces yo no me veo como alguien que sufrió algo único. Pienso que cada quien tiene su propia versión de esa historia. La vida es ir aprendiendo a sentirte cómodo contigo mismo, y esa aceptación ayuda muchísimo. También me ayuda mucho en el arte.

A nivel musical, llevas ya casi una década de carrera. Empezaste trabajando más el hip hop, el R&B y el trap. ¿En qué momento dijiste: ‘Voy a tomar mis raíces y transformarlas en algo moderno, actual y universal’?

Tú hablas de la fase en la que estoy ahora.

Mira, yo siempre he dicho esto: desde que empecé a sacar música en 2015, siempre hubo un toque bilingüe y también sonidos exóticos. Mi primer álbum se llamaba Exótica. Si escuchas Welcome to Ghazi, el intro tiene guitarras psicodélicas y ahí habla el Chapo Guzmán sobre sobrevivir y sobre cómo alguien del campo pudo lograr todo lo que tiene.

Y eso me encantaba porque yo me identificaba con esa mentalidad. Muchos inmigrantes, especialmente padres como el mío, son muy exigentes y te hacen pensar siempre en el trabajo, la familia, el dinero. Cuando el Chapo hablaba de eso, yo conectaba con esa visión, más allá de todo lo demás. Y mientras tanto yo ya estaba usando guitarras psicodélicas. Siento que esa propuesta siempre estuvo ahí.

Ahora, trabajar directamente con ritmos de cumbia o música folclórica peruana era algo que siempre quise hacer, pero no lo hacía porque sentía que podía ser inauténtico. Y si algo es un poco inauténtico, entonces para mí ya es fake. Prefería no hacerlo.

Cuando terminé Espíritu, que fue mi primer álbum independiente después de Epic, sabía que quería cambiar. Pero yo ya sabía que no quería seguir haciendo trap porque el ritmo ya no me emocionaba. La voz seguía siendo la misma, pero el ritmo no me interesaba más. Nunca me consideré realmente un rapero.

Carla Blanca Corminboeuf

Entonces dije: ‘Voy a hacer música como la música que me gusta’. Y siempre me gustó la música experimental, aunque fuera un poco comercial también. Joy Division, música ambient, DJs electrónicos. Me fui por ahí.

Invertí muchísimo tiempo y dinero, pero sentía que todavía no era yo. Terminé una relación, estaba decepcionado y no sabía qué hacer. Entonces viajé a Perú para el cumpleaños de mi papá y decidí quedarme. No tenía necesidad de volver a Estados Unidos.

Y cuando me quedé, empecé a sumergirme muchísimo más en la música peruana. Ya la conocía, pero esto fue otro nivel. Me enamoré de verdad de esa música. No podía creer que existieran artistas tan increíbles y que la gente no los conociera a nivel global.

Después empecé a meterme en el circuito de shows, a conocer artistas, y entendí mucho mejor por qué pasaba eso. Tiene mucho que ver con cómo nos criamos en Perú. Y ahí es donde yo siento que tuve otra perspectiva gracias a haber vivido en Estados Unidos. Me tocó pasar cosas feas allá, pero también aprendí otra mentalidad. Tuve que aprender a sobrevivir como peruano en otro país, y eso es distinto a sobrevivir como peruano en Perú.

Entonces dije: ‘Voy a darle una oportunidad a esta música’. Y sabía que iba a tomar tiempo. Todo esto empezó hace poco más de un año, antes de la canción con Los Mirlos. Y honestamente, yo veo ‘Cholo Gang’ como mi primera canción real. Todo lo anterior, incluso ‘Pituco’, era todavía experimental.

En este proceso hice como 30 o 50 demos. Y ahora siento que estoy llegando al punto correcto. Estoy ensayando con una banda porque quiero que en vivo exista esta mezcla entre cumbia y rock. Y para mí, el show tiene que ser todavía mejor que el disco.

Siento que ahora sí estoy encontrando exactamente qué debo hacer y qué no debo hacer.

Y tomó su tiempo.

Claro. Más de diez años.

Hablando de esta colaboración con Los Mirlos, que son leyendas de la cumbia y la chicha peruana, ¿cómo surgió esa colaboración? ¿Y qué otros referentes tienes dentro de la chicha psicodélica peruana?

La percepción que tiene la gente de afuera sobre la chicha peruana es muy distinta de lo que realmente es. Y eso para mí es lo más gracioso.

Imagínate que todo el mundo fuera de Colombia creyera que el vallenato lo hace un grupo que en realidad toca otro género completamente distinto. Algo así pasa con Los Mirlos. Mucha gente extranjera cree que ellos representan toda la chicha, pero en Perú realmente eran un grupo más alternativo, más underground para su época. Afuera sí los entendieron mucho más: Argentina, Europa. Pero dentro de Perú era otra cosa.

La verdadera chicha nace más desde Lima popular, no desde el Lima turístico de Miraflores, Barranco o San Isidro. Nace de los barrios periféricos, de la gente que migra desde la sierra o la selva hacia la capital buscando oportunidades. Llegan a una vida urbana y empiezan a mezclar los sonidos de la ciudad, como la salsa y el rock, con la cumbia andina y el huayno. Ahí nace la chicha.

Y esas canciones no hablan tanto de mujeres o de la selva psicodélica. Hablan de sobrevivir, de tristeza, de trabajar, de tomar. La gente baila y llora al mismo tiempo.

Hoy hay artistas jóvenes que me gustan mucho dentro de eso, como Chochito, con quien ya trabajé, o Chorriano. Pero si escuchas eso, vas a notar que es muy distinto de la idea que la gente tiene de la chicha.

Y obviamente está Chacalón. Él es el verdadero ícono. El verdadero origen de todo esto.

Y este último álbum, ¿lo grabaste todo en Perú?

Sí, todo.

¿Cómo fue ese proceso?

Yo suelo irme a provincias para grabar e inspirarme. A veces son hoteles pequeños y feos, otras veces la hacienda de un primo o un Airbnb cualquiera. Me voy con mi ingeniero, que además es amigo mío, y vivimos muy sencillo. Comemos comida de mercado, caminamos, observamos.

Y eso me inspira muchísimo. Incluso fuera de la música, si no fuera artista habría buscado un trabajo que me permitiera viajar así, porque aprendo mucho en esos lugares. He vivido en Los Ángeles, Nueva York, pasé tiempo en París. Todo eso estuvo bien, pero ya no me inspira igual.

Carla Blanca Corminboeuf

¿Y cómo ha sido esta etapa como artista independiente? Especialmente con el impacto reciente de este nuevo trabajo.

Ha sido un paso a la vez. Espíritu también fue independiente, pero no pasó demasiado con ese disco. Creo que Rolling Stone hizo una nota, pero fuera de eso no hubo gran cosa. Las giras salieron bien, pero no se compara con lo que está pasando ahora con ‘Cholo Gang’.

Y también estoy agradecido porque sí tuve una etapa donde la industria invirtió mucho en mí. Gané bastante dinero, aprendí muchísimo y también fracasé en ciertos sentidos. Eso me enseñó qué hacer y qué no hacer.

Hubo un tiempo en el que yo pensaba: ‘¿Por qué Dios me sigue castigando?’. Pero ahora estoy en otro lugar emocionalmente. Este negocio es difícil porque tu trabajo nace desde la emoción, y aun así necesitas estabilidad emocional.

Hoy, por la edad y por la experiencia, tengo mucho más claro lo que quiero hacer.

Y hubo algo que me cambió mucho el año pasado. Tomé ayahuasca y al mismo tiempo estaba leyendo The Power of Now. Fue una experiencia muy fuerte. El libro habla de cómo muchas veces tenemos una visión exacta de cómo queremos que se vea nuestra vida: cómo será tu pareja, tu casa, tus hijos. Pero cuando todo eso llega, nunca se ve exactamente igual a como lo imaginaste.

Entonces sufrimos porque estamos demasiado apegados a la imagen de la meta. Y eso lo aprendí muchísimo con mi chamana. Ahora intento vivir más abierto a lo que realmente llega.

¿Qué más viene para ti este año?

Honestamente, parte de mí quisiera borrar mis discos anteriores. A veces siento que no tienen el mismo nivel de autenticidad o de alineación con lo que hago ahora. Pero también entiendo que tengo que aceptar ese proceso. Es parte de mi crecimiento espiritual.

No voy a ser ese artista que cambia de nombre o que finge ser otra persona ahora. Todo eso también soy yo.

Recuerdo una vez que estaba con un artista enorme, alguien que acababa de hacer un headline show en Coachella. Estábamos en su hotel y me preguntó cuál era mi meta. Yo le respondí: ‘Ayudar’. Porque así me crió mi mamá. Si entro a un cuarto y alguien está cargando algo, mi primer impulso es preguntar cómo puedo ayudar. Si hay una sola silla para diez personas, yo voy a ser el último en sentarme.

Y esa persona me respondió: ‘Mi meta es ser el artista más grande del mundo. Quiero ser como Beyoncé’. Y yo me sentí horrible después de escuchar eso. Pensé: ‘Quizás soy estúpido. Quizás escogí el camino equivocado’. Porque veía que esa persona estaba triunfando precisamente por tener esa ambición enorme y egoísta.

Entonces pensé muchas veces que quizá debía dedicarme a otra cosa. Ser maestro, vivir tranquilo, ganar poco dinero y ya. Hasta el año pasado seguía pensando eso.

Pero ahora, con ‘Cholo Gang’, me han enviado fotos de estudiantes universitarios analizando la canción en clases. Hablando de la palabra ‘cholo’, de cómo los hace sentir, de lo que representa culturalmente. Y eso para mí es impresionante. Lograr algo así con una canción, rescatar una palabra de nuestra identidad, significa muchísimo.

Poder hacer eso mientras disfruto lo que hago es algo increíble. Puedes tener estadios llenos o millones de dólares, pero si no sientes que estás conectando de verdad con la gente, entonces para mí no vale igual.

MARTÍN TORO

Editor

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