En su decimocuarto disco solista, Morrissey luce cada una de sus máscaras favoritas: la del romántico eterno, la del cascarrabias incansable, la del alma vieja y frágil, la del mártir de la libertad de expresión, la del portador de la antorcha nostálgica del rock, la del miserabilista celestial. Ha afirmado que sus años de controvertidas declaraciones políticas de derecha le hicieron difícil encontrar un sello para lanzar este disco, el primero en seis años (terminó en Sire, que publicó a los Smiths y sus primeros trabajos en solitario). Y, por otro lado, el álbum incluye “Notre Dame”, un euro disco con la teoría conspirativa xenófoba de que el incendio de 2019 que destruyó la catedral de Notre Dame fue el resultado de un ataque terrorista no debidamente investigado.
Sin embargo, en su mayor parte, el disco evita los temas delicados para escribir, mejor, canciones autobiográficas sólidas –por ejemplo, “Lester Bangs”–, aunque también ciertamente autocompasivas. El cantante, como se sabe, viene cancelando una serie de conciertos debido a problemas de salud. Y aquí ofrece, en “Headache” (“dolor de cabeza”), un dignóstico sobre la mortalidad que suena sombría, incluso para sus propios estándares: “El hombre nacido de mujer tiene poco tiempo para vivir/ Y aun así es demasiado”, entona Moz. Para muchos, incluso para los fanáticos de toda la vida, tratar con Morrissey se ha convertido en un dolor de cabeza, justamente. Este álbum no hará mucho para cambiar su extraño lugar en el mundo, pero hay que reconocer que ese dolor suyo al menos es auténtico.


