Relatos salvajes: 25 años de música e historias increíbles en el Cosquín Rock

De la parada de pecho de Pappo a los desplantes de Charly y la despedida de Spinetta, hitos arriba y abajo del escenario en el festival que cumple un cuarto de siglo

Por  SEBASTIÁN RAMOS

enero 30, 2025

El festival más federal del país cumple 25 años. De aquellas primeras jornadas inolvidables en la plaza Próspero Molina de Cosquín (con Argentina al borde del abismo en 2001 y poniéndoles el pecho a las fuertes críticas por parte del ámbito más conservador del folclore) al megaencuentro hoy consolidado al pie de las sierras en Santa María de Punilla, que este mes se llevará a cabo el 15 y 16, con más de 100 artistas, siete escenarios y una estructura alrededor que recibirá a 120.000 espectadores en dos días y albergará a 4.200 personas entre músicos, técnicos y trabajadores de la productora organizadora. En el medio, un cuarto de siglo y un millar de historias, cruces, reencuentros y postales que ya engrosan el anecdotario del rock argentino. Rolling Stone estuvo arriba, abajo y detrás del escenario desde la primera edición para retratar cada uno de los hitos que marcaron este festival y aquí los repasamos junto a un puñado de imágenes que dan cuenta de su relevancia.

“Ustedes están destruyendo las tradiciones argentinas trayendo a esos rockeros de mierda a Cosquín. Lo único que falta es que traigan a la Natalia y a la Samanta Farjat”. A una semana de la primera edición del Cosquín Rock, en febrero de 2001, Horacio Guarany le daba el primer golpe en la cara a los organizadores del festival y se instalaba como la voz líder de una buena cantidad de folcloristas que protestaba contra la llegada del rock al legendario escenario Atahualpa Yupanqui en la plaza Próspero Molina.

2001: Ricardo Mollo, actor principal del primer Cosquín Rock.

No era la primera vez que el ala más conservadora del folclore rechazaba a la cultura rock: cuatro años antes, el mismo Guarany había despotricado e intentado bajar a Charly García de ese mismo escenario, invitado en aquella oportunidad por Mercedes Sosa, en la edición de 1997 del festival folclórico más importante del país. “García y Spinetta son seguidores de los Beatles, que nada tienen que ver con nuestra identidad argentina”, había disparado don Horacio.

Pero en aquel caluroso verano de 2001, muy a pesar de las protestas de los vecinos que temían por la invasión de los bárbaros rockeros, se llevó a cabo la primera edición del Cosquín Rock, con Los Piojos, Divididos, Las Pelotas y Bersuit a la cabeza. “Cuando terminó esa edición, la ciudad había facturado más que en los diez días del festival de folclore. Fue gente de Ushuaia a La Quiaca, sin redes sociales, sólo de boca en boca, y a partir de ahí el festival se instaló como un proyecto muy importante de la música del país”, dice ahora José Palazzo, productor y mentor del festival que por estos días celebrará los 25 años, creer o reventar, con Los Piojos, Divididos y Las Pelotas como algunos de los estandartes entre los más de 100 artistas que actuarán el 15 y 16 de este mes en el predio de Santa María de Punilla.

La historia asegura que la reticencia entre los pobladores coscoínos volvió a manifestarse en la segunda edición del festival, mucho más luego del enfrentamiento entre un puñado de jóvenes sin entradas y la policía cordobesa durante la primera jornada de aquel 2002, con Argentina aún en llamas tras el caótico final del gobierno de De la Rúa unos meses antes. Pero esta vez, la voz que se alzó fue la de otro tipo de gaucho: uno vestido de cuero y tachas.

2011: Luis Alberto Spinetta tocó justo un año antes de su muerte. FOTO: Filipuzzi/José Luis García

La mañana siguiente a los disturbios, el intendente y una fiscal se reunieron con Palazzo en la comisaría del pueblo, justo enfrente de la Próspero Molina, con la intención de suspender el resto del festival. Pero en el preciso momento en el que el productor intentaba explicarles amablemente a los funcionarios que con los jóvenes que habían llegado desde todo el país, y ya instalados en Cosquín, iba a ser peor suspenderlo que hacerlo, llegó Pappo. “Riff iba a tocar por primera vez y Pappo había decidido mandar a los músicos en avión y él venir manejando en su micro de gira”, cuenta Palazzo. “Bajó con un aspecto impresentable y se nos acercó a saludar. Yo me quería matar. Nos saludó con un aliento a whisky tremendo y cuando le explico que estábamos viendo si seguía o no el festival, me paró en seco: ‘No, no. Hoy toca Riff’. Y después se dirigió a la fiscal: ‘Mire, si esto no se hace hoy, mis huestes van a arrasar con todo. Después acá no crece nada. Va a quedar solo tierra infértil… Pero tranquilos, yo soy el Nostradamus del rock y les aseguro que acá no va a pasar nada malo’. Y la coronó diciéndole muy galán: ‘Señora, yo soy Pappo, el único Pappo que habla’”.

El anecdotario de Cosquín Rock es hoy tan grande como su leyenda. Los cruces entre músicos arriba y detrás del escenario fueron legendarios y son parte de la mística del festival tanto como los grandes conciertos que se ofrecieron a lo largo de este último cuarto de siglo.

En 2003, para describir con exactitud el espíritu de aquellos primeros festivales, el periodista Humphrey Inzillo escribió para Rolling Stone: “Además de resultar una gran vidriera —algo así como el desfile de novillos y vacas sagradas en la Sociedad Rural del Rock—, Cosquín es un punto de encuentro de artistas de distintos palos que se reconocen como pares y que descubren afinidades con bandas en las que, hasta entonces, nunca habían reparado. Puntualmente, Germán Daffunchio quedó muy impresionado con El Otro Yo, e hizo muy buenas migas con Cristian Aldana (y también con Adrián Dárgelos, de Babasónicos). La trastienda fue fantástica y estuvo regada de… ¡cerveza! Como en años anteriores, las vedettes fueron las quince bellísimas promotoras encargadas de distribuir parte de los 180 mil litros del dorado elixir en la zona de camarines, en medio de un constante desfile de músicos que hacía gala de una camaradería lindante con los choborra”.

Según la leyenda, fue el mismo año en el que Ricardo Iorio bajó del escenario tras su show con Almafuerte y se cruzó en camarines con un Adrián Dárgelos vestido con un traje rosa y le espetó sin dudarlo: “Hay que ser muy macho para usar eso”. No se sabe si fue en broma o si realmente era lo que pensaba “el amigo de Jesús”, pero lo cierto es que Iorio y Dárgelos, whisky en mano, terminaron de charla en un camarín hasta las cinco de la mañana.

2005. Charly fue casi el dueño de la edición 2005: tocó solo el primer día y en las jornadas siguientes se sumó a los shows de León Gieco (foto) y de Pappo. FOTO: IRMA MONTIEL – GENTILEZA LA NACION

Tras el fuego y los desmanes de una edición en la que según Palazzo “el diablo metió la cola y nosotros, como organizadores, no estuvimos a la altura de las circunstancias” (en 2004 hubo problemas con el sonido, el público asistente creció desmedidamente y, una vez más, Charly García se presentó a tocar cuatro horas después de lo pautado y cerró su set bastante antes de lo esperado, con el sol asomando ya en el nuevo día y avivando así las brasas de la violencia que terminó con piedras arrojadas sobre el escenario vacío, una decena de detenidos y un policía herido), el Cosquín Rock se mudó en 2005 a las sierras de la Comuna San Roque.

“Nos teníamos que reivindicar”, dice Palazzo. Y así fue, con uno de los festivales más recordados. Cinco noches. 100.00 personas. Una primera jornada gratuita, con Charly García como única estrella (pidió que a modo de telonero proyectaran 2001: odisea del espacio, volvió a llegar cuatro horas tardes, viajó del aeropuerto de Córdoba hasta el escenario custodiado por la policía y a contramano por la autopista y, esta vez sí, conquistó de todas formas al público con un concierto ciento por ciento Say No More). El inicio de la modalidad “escenarios temáticos” (uno por día, reggae, heavy metal, blues y punk), y lo que sería el último show grande de Pappo (quien moriría trágicamente veinte días después), con un invitado por demás sorpresivo: el mismísimo Charly (con el que mantenía una enemistad dialéctica desde aquella famosa declaración del Carpo acerca de que Sui Generis había ablandado la milanesa del rock argentino), que se sumó para interpretar “Desconfío”, “Popotitos” y “Sucio y desprolijo”. Un show apoteótico que años más tarde tuvo su edición digital: Pappo Vivo Cosquín Rock.

Un año después, otro hito: el desembarco de las huestes ricoteras al festival, con una primera jornada gratuita dedicada a la “cultura rock”, con charlas a cargo de dos históricos periodistas como Claudio Kleiman y Alfredo Rosso, una muestra de las pinturas de Rocambole (artista plástico creador de la imaginería de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), la participación de artistas “out of context” como Ricardo Vilca y Xeito Novo y el cierre con un show desmedido de Skay Beilinson al que asistieron 70.000 personas. “Es inevitable comparar este paisaje con el de los grandes festivales europeos, como Glastonbury o Roskilde, y pensar que, con el correr de los años, sí, Cosquín puede adquirir un carácter legendario”, escribió entonces el mismo Kleiman para Rolling Stone.

Cosquín Rock se quedó en el predio de San Roque hasta 2010 y el crecimiento de la audiencia fue a la par de distintas estrategias para seguir convocando al público sin perder sorpresa, como el ingreso a su grilla de artistas internacionales: Deep Purple, Sepultura, Molotov, Ratos de Porāo, Café Tacuba, Brujería, Die Toten Hosen, Kusturica y Manu Chao, fueron algunos de los que no quisieron perderse la fiesta cordobesa.

Con el festival consolidado como uno de los más importantes del país, Cosquín volvió a cambiar de plaza una vez más en 2011, para afincarse en Santa María de Punilla, al pie de las sierras, en un predio que hoy ya ocupa 14 hectáreas.

Por los escenarios del festival pasó casi toda la escudería del rock local, desde los más consagrados hasta los recién llegados y son muy pocos los artistas que no tuvieron su cuarto de hora en el Cosquín. Incluso hasta se llegó a reunir Serú Girán, al menos por tres canciones, en 2013 (“con Moro desde el cielo”, dijo un García sonriente, abrazado a David Lebón y Pedro Aznar). Dos años después, Palazzo convenció a una de las figuritas difíciles y Andrés Calamaro finalmente aceptó también dar el presente al pie de la montaña.

¿Alguna deuda? “Tengo un amor muy especial por la familia de La Renga”, dice el productor. “Trabajé y trabajo con ellos muchísimo y siempre me hubiese gustado que tocasen en el festival, pero también hay una realidad y entendimos mutuamente que no se dio el momento para que suceda. Además, ellos hacen su propio festival. Con el que sí me quedé con las ganas, fue con Gustavo Cerati. Llegué a reunirme alguna vez con él y comentarle, pero a Gustavo no le gustaba mucho la idea, como que había un público muy del rock and roll. Yo le insistía con que para mí él la iba a romper en el Cosquín, pero se ve que no fui muy convincente, je”.

En 2017, la marca Cosquín Rock hizo su primer festival internacional, en Guadalajara, México, y al poco tiempo el festival llegó a Lima (Perú), Bogotá (Colombia), La Paz (Bolivia), Santiago (Chile), Montevideo (Uruguay), Asunción (Paraguay), Miami (Estados Unidos) y Valladolid (España). “Nosotros aprovechamos la reputación y lo que hicieron Soda, Los Cadillacs, Charly, Fito Páez, que en su momento generaron la idea de que el rock argentino es bueno. Luego hubo una pausa y entraron otras corrientes, pero la idea es recuperar ese terreno y no solo para el rock argentino, sino también para el de América Latina. La genética del festival está en recuperar ese espacio que había tenido el rock en el continente en los años 80. Yo estoy convencido de que en diez años Cosquín Rock habrá sido el motor para que el movimiento musical latinoamericano vuelva a tener un lugar importante en la industria”, decía Palazzo en los primeros días de conquista internacional.

No todas fueron buenas, por supuesto. En 2019 el festival se vio envuelto en una polémica luego de que el productor cordobés declarara acerca de la ley de cupo femenino: “Si tuviera que poner el 30%, tal vez no podría llenarlo con artistas talentosas. Esas artistas no estarían a la altura del festival y tendría que dejar afuera a otro tipo de talentos”, disparó en una conferencia de prensa y quedó (mal) parado en el centro de la escena. Tanto así que, al finalizar aquella edición, hizo un mea culpa en sus redes sociales por la falta de mujeres en el festival. Al año siguiente, Juan Barberis retrataba el tema de la ley de cupo en el Cosquín para Rolling Stone: “Aunque artistas como Hilda Lizarazu, Sara Hebe, Mon Laferte, Nathy Peluso y Cazzu brillaron como referentes durante los dos días, está claro que todavía falta otorgarles un lugar más preponderante dentro de la grilla de los diferentes escenarios”.

2020: Wos, cabeza de la renovación del line-up en el Cosquín. FOTO: AGUSTÍN DUSSERRE/DIEGO ARNEDO

2019 fue también el comienzo de la “renovación” en el line up con la aparición de un tal Wos que hizo explotar una de las carpas “alternativas” del predio (el rapero venía de ganar la final internacional de Red Bull Gallo unos meses atrás y además de romperla en su show, se subió al escenario de Ciro y Los Persas para cantar el clásico piojoso “Pistolas”) y un escenario dedicado especialmente al trap. “La renovación de Cosquín no se dio desde una idea de la productora para ampliar la programación, sino que fue algo que llegó desde el público: ya no eran solo jóvenes rockeros, sino que eran padres que venían con sus hijos y con los que por ahí no coincidían en los gustos musicales. Así fue que se sumaron Duki, Dillom, YSY A, Cazzu y hoy conviven perfectamente en el cartel con Skay, Babasónicos o Divididos”.

Luego de dos décadas en las que el festival afrontó mil y un desafíos, la productora se enfrentó a quizá su mayor escollo: la pandemia. Así, en agosto de 2020 se llevó a cabo el primer Cosquín Rock Online, con más de 70 artistas tocando en vivo en distintos escenarios y dejando algunas de las imágenes más conmovedoras de aquellos días de distanciamiento social y barbijos, como la de Andrés Ciro Martínez cantando en medio de un Luna Park vacío los versos de “Tan solo”.

2020. Ca7riel y Paco Amoroso también se ganaron su lugar en el festival. FOTO: AGUSTÍN DUSSERRE

El regreso del festival luego de la pandemia fue recién en 2022 (en 2021 tuvo que suspenderse por primera vez en su historia) y la apuesta fuerte fue llevar al ícono de la música popular cordobesa, Carlos “La Mona” Jiménez, para hacer bailar cuarteto a las masas rockeras. “El show de la Mona en el Cosquín Rock va a ser muy especial, una especie de regreso a los escenarios después de mucho tiempo. Es como si volviera a tocar el Indio Solari, porque no está fácil hacer un show para él, por el público, porque si hacés un Sargento Cabral (una suerte de Obras cordobés, pero del cuarteto) quedan 5.000 tipos afuera y lo más probable es que se arme un quilombo bárbaro. Aparte él tiene idea de invitar a varios rockeros y va a terminar siendo una celebración y, por qué no, una reivindicación de la Mona”, le dijo Palazzo a Rolling Stone días antes del show.

“Después de 25 años, el desafío del festival es mejorar la tecnología y la infraestructura del predio. Este año adoquinamos una parte y pusimos riego durante los últimos doce meses para que el campo llegue en las mejores condiciones.  Además, la idea es seguir buscando estilos musicales para sumar a la grilla, como lo hicimos con la música electrónica hace dos años. Queremos ganar en diversidad, pero, por supuesto, manteniendo el esqueleto del rock and roll”.