Al igual que con Bohemian Rhapsody, la sobrevalorada película biográfica sobre Freddie Mercury, en Michael hay energía y destellos. Hay momentos en los que la pantalla parece cargarse de una electricidad real y visceral. En una escena, el rey del pop le dice a sus hermanos que está canalizando su música de Dios, antes que Prince se la robe. Jaafar Jackson, el actor e hijo de Jermaine Jackson, no solo imita a su tío, sino que lo canaliza y lo invoca. Su cuerpo entiende el ritmo y su mirada recoge esa mezcla de timidez y control que hacía de Michael una figura hipnótica. Por instantes, la ilusión funciona y el mito cobra vida.
Y luego, al igual que sucedió con la última etapa en la vida de Michael Jackson, la película se aparta, se protege, se esconde y se repliega. El relato escrito por Michael Logan (guionista de El aviador, la inquietante y poderosa cinta de Martin Scorsese sobre Howard Hughes), decide romper la cronología sin encontrar una estructura clara que la sostenga. El tiempo salta y avanza sin dirección. En El aviador, el trastorno obsesivo compulsivo del magnate y cómo este va eclipsando gradualmente su talento era la médula del relato. Aquí no hay un eje claro y todo se siente disperso, como si la vida de Michael fuera un archivo desordenado que alguien hojea sin saber qué buscar.
Lo que aparece en la pantalla es reconocible. El estudio de grabación con los productores Berry Gordy (Larenz Tate) y Quincy Jones (Kendrick Sampson), el ascenso en las listas, las ventas multimillonarias, los ejecutivos que dudan antes de rendirse ante la evidencia. Todo es una colección de escenas que suenan familiares, como si la película estuviera armada con piezas prestadas de otros biopics musicales. Funciona a ratos, como espectáculo, pero se agota rápido como una mirada profunda.
El problema no es solo lo que está. Es lo que falta. Sin un enfoque claro, el detalle debería ser el refugio. Pero aquí tampoco se le presta atención. El universo personal de Michael Jackson se reduce hasta volverse artificial. Diana Ross no existe. Brooke Shields tampoco. Sus hermanos aparecen como presencias sin voz. Jermaine Jackson apenas musita. Janet Jackson y Rebbie Jackson ni siquiera están y son reemplazdos por el chimpancé Bubbles y una llama. Las colaboraciones desaparecen. No aparecen Paul McCartney, Stevie Wonder, y mucho menos el cruce con Mick Jagger en State of Shock (eso hubiera sido maravilloso).
Los álbumes Triumph y Victory se esfuman como si nunca hubieran existido, así como la bella participación de Michael en la cinta The Wiz como el espantapájaros. Si se piensa hacer una película sobre Michael Jackson y los impedimentos para contar la historia como debe ser son demasiados, es mejor no hacerla. Pero en este caso, el dinero habla.
La película evita el escándalo con una precisión quirúrgica (valga la redundancia), rodeándolo, sugiriéndolo y a menudo, borrándolo. Ese vacío pesa más que cualquier escena explícita. La historia queda suspendida justo antes de entrar en su zona más oscura, como si alguien hubiera decidido cortar la cinta antes de que el relato se volviera problemático. Una frase final promete que todo continúa (¿habrá una secuela?). Pero lo que queda es la sensación de que lo importante acaba de ser dejado fuera.
Antoine Fuqua es un director irregular. Tiene cintas potentes como Training Day, The Magnificent Seven y The Equalizer, pero también tiene productos mediocres y decepcionantes como King Arthur y Olympus Has Fallen. Como John Landis (el director del video de Thriller) y Bob Giraldi (el director del fatídico comercial de Pepsi), quienes apenas se asoman en la cinta, el estilo de Fuqua queda disperso, reducido a una posición lateral y todo se relega a la interpretación de Jaafar Jackson. Aquí no hay apropiación, riesgo o una lectura personal por parte del director.
En medio de ese tono irregular, Mike Myers entra en escena como Walter Yetnikoff, el presidente de CBS, repitiendo prácticamente su papel de Ray Foster, el ejecutivo ficticio de EMI en Bohemian Rhapsody. Y es que el eco de esta cinta se cuela sin disimulo (Graham King es el productor de ambos biopics). Asimismo, Miles Teller encarna a un idealizado John Branca, abogado y mánager de Michael, quien, a propósito, es productor de la cinta.
Hay un momento en que la película parece despertar, y ocurre cada vez que Colman Domingo entra en escena como Joe Jackson. Su presencia tiene fuerza y dureza. El actor construye a un padre que administra el talento como si fuera una fábrica y que convierte la disciplina en amenaza y el afecto en una moneda escasa. Domingo se mueve con una energía casi brutal, consciente de que ese núcleo familiar fue también un campo de batalla. En una película que evita demasiadas aristas, su interpretación introduce una tensión real y necesaria sobre la explotación del padre hacia sus hijos, como si por un instante el relato recordara que detrás del mito hubo un origen marcado por el control, el miedo y una ambición sin tregua.
Pero cuando Jaafar Jackson se mueve y la música toma el control, algo se enciende. La película logra capturar el carisma, la electricidad y ese magnetismo que convertía cada aparición de Michael en todo un evento. Los juegos sesgados con los hechos terminan imponiéndose y lo que queda es un retrato pulido en la superficie y evasivo en el fondo. Un biopic que convierte a su protagonista en todo un monstruo del espectáculo mientras evita enfrentarlo. Michael es un ejercicio que explota la figura del rey del pop y reduce su complejidad como persona, en algo que bien podríamos llamar “Artixploitation”.


