Aquí está la resistencia trans

El arte, el activismo incómodo, el transfeminismo puteril y travesti son herramientas de resistencia de las personas trans en un mundo hostil que legitima el odio y pone en riesgo continuo sus vidas

junio 4, 2025

@pelosozico / @redcomunitariatrans

Daniela me dice que sus resistencias son muchas: su cuerpo, su nombre, la calle, sus amigas y sus afectos. Daniela habla de punk, maternidad, cuerpos moldeables, violencia policial, justicia social. Daniela tiene un nombre y un apellido, pero sobre todo tiene una identidad: es una travesti puta callejera.

A cada palabra que sale con contundencia de la boca de Daniela Maldonado se le podría hacer un análisis del discurso, ponerla en un artículo académico, encerrarla en un análisis semiótico. Por supuesto, hacer eso sería tonto porque cortaría la libertad de su ritmo, la fuerza de su inteligencia rabiosa. Ella lo sabe bien, y por eso su lenguaje rebelde encontró un refugio en el arte, aunque siempre aclare de inmediato que no es el arte domesticado de las élites, sino como dice, “un arte callejero, popular, maricón, travesti, raro y ñero”.

Con la creatividad muy viva, Daniela ha sido actriz, cantante de punk en Radamel666, performer, productora de cine, bailarina. Es una lideresa social y una orgullosa mamá de la pequeña Lucci. Pero Daniela no está sola en ese tren imparable de creación. Por el contrario, sus procesos son colectivos y la lista de afectos es larga. Con sus amigas-hermanas trans travestis, inauguraron una revolución en 2012 en el barrio Santa Fe, en Bogotá, y la nombraron Red Comunitaria Trans. Ese tejido que las unió alrededor de la comida compartida y la solidaridad para enfrentar la violencia de la calle en un barrio empobrecido, se convirtió en un referente de resistencia que ha atravesado fronteras.

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El uso de expresiones artísticas, como una herramienta para manifestar sus emociones y mostrar su realidad sin caer en el discurso victimizante y amarillista, no fue del todo una elección. Ninguna otra puerta se abrió antes, pero una vez se abrió esta, no la dejaron cerrar.

Me pregunto: ¿cómo recomponer los ánimos y resistir cuando el mundo te grita que tu vida no vale? ¿Cuando tienes hambre, miedo, rabia? Las agresiones hacia las vidas y cuerpos trans es histórica; sin embargo, en estos tiempos hay un evidente incremento en los discursos públicos de grupos antiderechos que saben convertir en votos la estigmatización de poblaciones vulnerables.

La reconocida filósofa Judith Butler explica este momento político mundial como una paradoja en donde se crean miedos para despojar a las personas trans de su derecho a la autodeterminación a través de incitar al temor de que la propia identidad sexual sea anulada y así anular las identidades sexuales de otros. En su reciente libro ¿Quién teme al género? habla de los discursos religiosos y neoconservadores que se unen con descaro para afirmar que “el derecho al propio ser exige que otras personas pierdan el suyo”. De esta forma, supuestamente defienden a las infancias o a la idea de familia “tradicional” como si existiera un único modelo, y de paso convierten en enemigos públicos los derechos de las personas trans y no binarias.

Créditos: Tomás Anzola

Las consecuencias de estos discursos son nefastas. Por un lado, traen ganancias electorales a quienes los difunden, pero para las identidades en riesgo representan violencia y muerte. En América Latina y el Caribe, la situación de seguridad de las personas trans es alarmante. Brasil, México y Colombia son los países con mayor número de asesinatos contra esta población, según el registro de la plataforma TransrespectVsTransphobia, un proyecto global de la organización TGEU. Solamente en 2024, América Latina y el Caribe concentraron el 70 % de los asesinatos de personas con experiencias de vida trans a nivel global, haciendo evidente la intersección de racismo, misoginia, xenofobia y serofobia, pues las víctimas eran principalmente mujeres trans racializadas y trabajadoras sexuales.

En las mediciones de años anteriores esta tendencia letal ya era notoria. En 2023, casi tres cuartas partes de los asesinatos registrados en todo el mundo ocurrieron en esta región, con Brasil representando casi un tercio del total. Es así que los países más peligrosos para las personas trans en la región, luego de Brasil, México y Colombia, son Ecuador, Honduras, Argentina, Guatemala, Venezuela, Cuba y Panamá.

Aunque las mediciones son importantes para visibilizar un problema social, tienen grandes limitaciones, la primera de ellas es el subregistro. El monitoreo de Transrespect recogió para 2023 al menos 116 asesinatos en Brasil, 47 en México y 26 en Colombia. Muchas organizaciones coinciden en que la violencia está tan naturalizada hacia las vidas trans, que no se reconoce como tal, ni se hacen esfuerzos para registrarla.

El informe anual Con permiso para despreciar, presentado por el Observatorio de Derechos Humanos de la organización Caribe Afirmativo, revela una radiografía exhaustiva y preocupante de la violencia, discriminación y exclusión que sufrieron las personas LGBTIQ+ en Colombia en 2024. A través de un riguroso análisis cuantitativo y cualitativo de medios, redes sociales, denuncias ciudadanas y fuentes oficiales, el documento busca hacer visibles tanto los actos de violencia como las estructuras sociales e institucionales que los permiten y perpetúan.

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En 2024 se registraron 164 asesinatos de personas LGBTIQ+ en este país, lo que equivale a una muerte cada 55 horas. Las principales víctimas fueron hombres gays y mujeres trans. La impunidad es otro gran problema. El informe señala un preocupante subregistro: en el 59 % de los casos no se detalló el método del crimen y en el 80 % no se consignaron otras formas de violencia, como tortura o mutilación.

Cabe aquí hablar de la invisibilidad histórica y política que han reiterado tantas veces los hombres trans y personas transmasculinas. A pesar de su participación en la lucha por los derechos trans y su apoyo a otras poblaciones (como las mujeres), muchos activistas coinciden en que sus experiencias no se ven reflejadas en los registros del activismo y sus preocupaciones no reciben la misma atención. Este desconocimiento de las vivencias transmasculinas se alinea con las carencias institucionales, lo que contribuye a ocultar aún más las violencias que sufren, de las cuales apenas existen datos.

Entonces, ¿hay alguna forma de humanizar las cifras sin caer en el amarillismo? ¿Podemos ponerle cara a cada víctima y esperar que algo cambie? ¿Cómo denunciar las violencias y a la vez no encasillar a las personas trans como víctimas pasivas? ¿Por qué vale la pena hablar de sus resistencias?

En este contexto, la trayectoria de personas como Tomás Anzola cobra una relevancia particular: hombre trans, profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales, ha tenido un papel activo en investigaciones jurídicas ante la Corte Constitucional en Colombia y en procesos de incidencia por los derechos de las personas trans, en particular por las transmaculinidades.

Pero su activismo no se limita al ámbito institucional: desde el stand up comedy, Tomás ha convertido la comedia en un acto de resistencia política, resignificando el espacio escénico como un lugar para denunciar, colectivizar el malestar y desafiar los discursos estigmatizantes. “Reírse de la cisnorma”, como él lo expresa. Con esto habla de darle el giro a esas normas sociales que dictan que el mundo no tiene cabida para las personas trans, sino solo para mujeres y hombres cisgénero, no solo como una forma de sanación individual, sino también una manera de visibilizar experiencias compartidas, cuestionar narrativas dominantes y construir colectivamente formas de resistencia cotidiana. “Usualmente las rutinas de comedia son frente a nuestras experiencias de vida como si fuésemos un chiste, por eso el stand up es para mí un lugar para resistir”, dice. Su apuesta recuerda que la lucha por los derechos no solo ocurre en los tribunales, sino también en lo cotidiano, en el disfrute y en las preguntas incómodas que interpelan lo normativo, incluso dentro del movimiento LGBTIQ+.

EL ARTE TRAVESTI COMO LUGAR DE RESISTENCIA

Un inflable rojo, transparente, gigante y voluptuoso atraviesa calles apretadas del centro de Bogotá y también de la Ciudad de México. Este cuerpo colorado, que genera curiosidad y hace que todos los que se lo encuentren saquen su teléfono y le tomen fotos, tiene una historia que es evidencia de la potencia de la movilización social desde el arte travesti como resistencia.

La primera vez que salió a la calle fue en 2018, en medio de un bloque trans que hizo contrapeso a la marcha LGBT. Con sus casi 15 metros, el inflable –que entonces era negro– no pasó desapercibido para nadie y dejó claro el mensaje de que la transfobia, incluso dentro de la población diversa, no podía tener más cabida. Un par de años más tarde, en el estallido social en Colombia que tuvo grandes movilizaciones entre 2019 y 2021, el cuerpo –ahora rojo y luminoso– acompañó la presencia en las calles de personas trans que usualmente no hacían parte masivamente de estas marchas. Aquel cuerpo plástico viajó a otros países, y con él su mensaje.

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También en las marchas surgió la potente intervención artística TOLOPOSUNGO (que significa Todos Los Policías Son Una Gonorrea), un movimiento abolicionista policial que se creó como parte de una investigación conjunta con la Universidad de California y la Red. Este informe reveló la histórica violencia policial, desaparición y tortura sufrida por personas trans, a la vez que dio pie a que el baile y el performance señalara a los agentes policiales, de una forma innovadora, como perpetradores.

Daniela y sus compañeras encontraron la forma de conectar sus reivindicaciones con su manera de habitar la calle. “Exigimos la abolición de la Policía a través del vogue, del mariconeo, de usar los símbolos de la Policía para ponerlos de forma sarcástica y antimachista. TOLOPOSUNGO se tomó el estallido social y empezó a hacerse notar en un espacio donde las personas trans no participábamos en los paros. A través de la música, de la ironía del baile, de la sensualidad, de los cuerpos, de esa cosa perra y sexi, pero muy política, fuimos muy paradas al ocupar espacios que sentíamos que nunca antes nos pertenecían”. Mediante una propuesta creativa, TOLOPOSUNGO irrumpe en espacios que históricamente les fueron negados.

ES HORA DE SUPERAR EL MES DEL ORGULLO

El pinkwashing o rainbow-washing es la práctica que muchas corporaciones usan en el mes del Orgullo para incorporar las banderas LGBTIQ+ en sus estrategias de mercado utilitariamente, y así ampliar sus clientes entre la población diversa sin un compromiso real por sus necesidades. Activistas critican ampliamente esta práctica, denunciándola por su perversidad al explotar a una población que vive mayoritariamente en la pobreza y carece de garantías de derechos sociales, económicos y culturales.

En el marco del Mes del Orgullo, la Red Comunitaria Trans enfatiza la necesidad de trascender la celebración de un solo día o mes. También creen urgente ir más allá del oportunismo comercial de las marcas y el capitalismo que solamente buscan la bandera LGBTIQ+ en este mes, y resaltan la necesidad de posicionar temas que son importantes para las personas trans y diversas.

Daniela recuerda, por ejemplo, que hasta el momento han asesinado en Colombia a, al menos, 10 mujeres trans y a un hombre trans, lo que habla del grado de vulnerabilidad y violencia. “Por eso es importante hablar de esas alarmantes cifras de transfeminicidios de mujeres que ni siquiera pasan los 30 años de edad y de cómo se han recrudecido los discursos de odio contra las personas trans creando violencia política y simbólica, pero también física. Aunque son temas muy dolorosos, son una realidad, pero quisiéramos no seguir haciendo este conteo de la muerte”.

Cambiar las normas sociales que justifican la crueldad contra las vidas trans requiere una transformación cultural. Si bien los cambios en las leyes son necesarios, Daniela insiste en que descriminalizar las identidades diversas está en la base de todo. “Si a mí por ser trans me siguen viendo como una persona timadora, como una criminal que quiere engañar al sistema y a la sociedad, es muy difícil que me puedan reconocer y garantizar mis derechos”.

En un momento tan hostil para las diversidades sexuales y de género, en particular para las mujeres y hombres trans, recordar a las personas asesinadas es un acto de memoria y también de resistencia. “Esas cifras nos llenan de miedo al pensar en qué momento me va a tocar a mí o a mi hermana. O en mi caso, que mi hija tenga miedo por lo que le pase a su mamá o a su papá”.

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Con obras de teatro, películas, performances, documentales, exposiciones, canciones de punk y muchas otras expresiones del “arte travesti puteril” para construir narrativas propias, incomodar y dejar más preguntas que respuestas, la apuesta de la Red Comunitaria Trans ha sido salir del lugar de musas para otros, del amarillismo, han impedido que sus conocimientos sean saqueados y apropiados por académicos oportunistas.

Como un as bajo la manga, o más bien, como el toque final de quien ve más allá de lo evidente, Daniela me cuenta del nuevo proyecto de la Red: llegar al campo. Actualmente, están trabajando en un espacio en la ruralidad para crear una ecoaldea travesti, la primera en Latinoamérica, dice con orgullo. Este proyecto busca ser un refugio para mujeres trans adultas mayores y trabajadoras sexuales sin redes de apoyo. Quieren dar alguna respuesta digna al envejecimiento, en una región donde las y los viejos están sumamente desprotegidos. Por eso termina enlazando este proyecto con una necesidad latente “El campo ha sido históricamente negado a las mujeres trans. De allí fueron desplazadas por el conflicto armado. Ahora queremos que se resignifique como un lugar para resistir”.

Aunque lo prolífico y creativo de su trabajo es innegable, la experiencia de la Red representa solo una entre muchas. Personas y colectivos trans y LGBTIQ+ luchan día a día desde distintos ámbitos para transformar realidades que, muchas veces, resultan letales. Cada una de estas luchas ofrece una mirada particular, atravesada por quién la vive y la cuenta. La incidencia en las leyes y en las instituciones convive con la resistencia cotidiana, que se manifiesta en el humor, el goce y en el simple acto de existir en lo público. Esta resistencia ocurre tanto desde lo individual como desde lo colectivo.

“Colectivizar el malestar”, le dice Tomás a ese acto de buscar rutas de escape para sanar y resistir en un mundo hostil que castiga la diferencia. Es en ese acto compartido donde radica la fuerza de quienes se mantienen firmes en la defensa de sus derechos y los de aquellas personas históricamente silenciadas, muchas veces hasta la muerte. Por todo eso, y como alguien que se atrevió a encontrar en el humor una trinchera posible, Tomás deja escapar una risa y lo resume con ironía y claridad: “Mis traumas, mis chistes”. Una forma de plantarse ante toda exclusión y de seguir resistiendo, a contracorriente, con cada carcajada.

LAURA VÁSQUEZ ROA

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