Trabajar sobre la historia de Charly García es adentrarse en un campo minado de interpretaciones propias y ajenas, saturado de sentido. Pero el mayor desafío que tenía el escritor Pablo Plotkin a la hora de revisar la vida de García no era hurgar entre las miles de páginas dedicadas a la figura del astro más grande de nuestro rock, sino tratar de imprimirle un ritmo propio, una serie de lecturas novedosas, a un relato que parecía clausurado por la versión de su protagonista.
La indómita luz (Ediciones Universidad Diego Portales) cruza las convenciones de la biografía con la certeza de que no se puede contar una vida sin su contexto. Como es de esperar, aparecen los hitos históricos de la Argentina, de la última dictadura a la crisis del 2001, pero también las lecturas de los formadores de opinión de la época. Ese insumo es de lo más interesante del libro, como cuando rastrea la defensa que ciertos intelectuales de izquierda hicieron del García del reviente, presentándolo como un “suicidado por la sociedad” de la época menemista. Entre esas defensas, Plotkin destaca la del escritor Osvaldo Soriano, quien dos semanas antes de morir, en enero de 1997, escribió una columna para Página/12 dedicada a reivindicar la potestad de García de hacer lo que se le diera la gana con su vida, incluso inmolarse.
Si bien el autor opta por un recorrido biográfico lineal que hace todas las escalas lógicas en la vida del compositor, estas aparecen cargadas de la propia experiencia de Plotkin, quien en sus años como cronista e incluso como director de la revista Rolling Stone tuvo trato cercano con muchos de los episodios que relata. Aunque nunca contradiga las grandes líneas marcadas por el propio García, Plotkin hace uso de su oficio en busca de algunos episodios poco transitados, entre ellos la relación con Zoca, apodo de la bailarina brasilera Marisa Pederneiras, con quien el músico estuvo en pareja más de diez años y quien probablemente fuera su mayor amor. También se detiene en el trato equívoco que García dispensó al ala progresista, con sus provocaciones y declaraciones explosivas, lo que lo llevó a un contrapunto con Hebe de Bonafini quien, más allá de la admiración mutua, intentó sin éxito domar a la bestia.
Se ha dicho hasta el hartazgo que García parece haber narrado el arco de su vida entera en “Cuando ya me empiece a quedar solo”, la canción que grabó con Sui Generis cuando apenas tenía veinte años. Fito Páez, entre otros, dijo que ese era el indicio de la capacidad premonitoria de una mente superior. Sin embargo, la forma que Plotkin da al devenir de la vida del artista no es compatible con la precognición, que es pasiva y misteriosa. Tal como la narra, el desarrollo de la vida del cantautor parece el resultado de un trabajo activo de diseño, estratégico incluso en los momentos de desborde. Por debajo del genio musical, del letrista filoso y el provocador profesional, se trasluce un recorrido de aciertos, excesos, contradicciones y tristezas planeadas: una vida que, como escribe Plotkin, “no anticipa el futuro, sino que lo hace”.
Las biografías suelen tener un final cantado. En este caso, la peripecia sigue su curso. Para muchos de nosotros lo que falte por recorrer ya no será tan interesante o no tendrá el fulgor y la fuerza con los que nos acompañó en la juventud, pero es una cinta que sigue corriendo. Las páginas finales de La indómita luz se leen con tristeza no porque narren el ocaso lento de un artista, sino porque nos hacen notar que esa historia que nos desveló tiene un futuro que es solo inercia.


