Crítica: KMKZ: Salvaje, libre y valiente

Una joven atraviesa Bogotá en bicicleta mientras la violencia, la amistad y la culpa convierten su recorrido cotidiano en una búsqueda de justicia

Andrés Hernández Fonseca 

/ Kamila Moreno, Sofía Amaya, Isabella Ruiz, Nicolás Ruiz, Alejandro Blandón

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Festival Villa del Cine

La bicicleta le permite a Kamila (también llamada Kamikaze e interpretada por Kamila Moreno) conquistar una libertad que todavía no encuentra en su casa. Sobre ella atraviesa Bogotá, se distancia de un padre con quien mantiene una relación conflictiva y sostiene ante sus padres la ficción de que continúa estudiando. La mentira parece pequeña, pero revela una fractura mayor. Kamila ha comenzado a construir una vida paralela porque no sabe cómo explicar la suya. Pedalear representa entonces movimiento, independencia y fuga; también la expone a una ciudad donde cualquier esquina puede transformarse en una amenaza.

El intento de robo de su bicicleta quiebra esa sensación de autonomía. Kamila logra escapar con la ayuda de Ruco (Nicolás Ruíz) y Alexa (Isabella Ruíz), dos jóvenes vendedores de libros que conocen las reglas de la calle y terminan incorporándola a su pequeño círculo. El episodio permanece en ella como una herida activa. Las pesadillas, el miedo y la humillación se convierten gradualmente en odio, hasta llevarla a imaginar que encontrar a sus agresores y castigarlos podría devolverle el control perdido. La película comprende que la fantasía de venganza suele nacer menos de la crueldad que de la impotencia, aunque su desarrollo psicológico no siempre alcanza la profundidad sugerida por la premisa.

El encuentro con Doña Leo amplía la historia. La librera interpretada por Sofía Amaya funciona como memoria viva de una ciudad que guarda la violencia debajo de sus fachadas. Su amistad con Kamila cruza dos edades separadas por décadas, pero unidas por experiencias de abuso y desamparo. Cuando la mujer recuerda el maltrato ejercido por su pareja durante la juventud, el relato vincula la agresión callejera sufrida por la protagonista con una violencia de género antigua, íntima y silenciosa. Doña Leo no aparece únicamente como consejera. Su dolor permite que Kamila reconozca un futuro posible si continúa alimentando la rabia, mientras los libros que intercambian Ruco, Alexa y la mujer curtida por los años crean una modesta red de cuidado en medio de una sociedad que abandona con facilidad a jóvenes y viejos.

Su desenlace trágico modifica la dirección del relato y convierte la búsqueda de Kamila en una confrontación con la muerte. A partir de allí, el perdón deja de ser una palabra tranquilizadora y se transforma en una decisión difícil que consiste en renunciar al castigo cuando la furia parece ser lo único que mantiene unido aquello que se ha roto. El director Andrés Hernández Fonseca (encargado de la fotografía de Adiós al amigo), evita en su primer largometraje cerrar por completo el destino de la protagonista. La última secuencia puede entenderse como la consumación de la tragedia o como una oportunidad de redención llegada en el último instante. Esa ambigüedad resulta coherente con una película poblada por personajes suspendidos entre el deseo de escapar y la imposibilidad de abandonar sus heridas.

KMKZ se inscribe en una tradición reconocible del cine colombiano que mezcla intérpretes jóvenes, espacios reales, observación documental y una historia argumental. Bogotá no funciona como telón de fondo, sino como un organismo nervioso, hostil y seductor. Sus calles, librerías y recorridos en bicicleta producen una geografía afectiva en la que cada encuentro puede ofrecer refugio o peligro. El cambio entre imágenes verticales y horizontales convierte el encuadre en parte del conflicto. El formato estrecho recuerda la mirada del teléfono celular y el encierro de unos personajes reducidos por su entorno, mientras la pantalla horizontal promete una amplitud que rara vez consiguen habitar. La idea es sugerente, aunque su empleo no siempre posee la claridad necesaria y por momentos parece responder más al impulso experimental que a las necesidades dramáticas. La propia producción define la obra como un “drama expresionista”, categoría que ayuda a comprender sus pesadillas, alteraciones del encuadre y quiebres de percepción.

Esa voluntad de experimentar convive con evidentes desequilibrios. Algunas escenas alcanzan una espontaneidad valiosa; otras tropiezan con actuaciones rígidas, transiciones bruscas y una puesta en escena que no organiza bien la información. Kamila Moreno sostiene el recorrido gracias a la energía física de su personaje, pero la película no siempre consigue articular con fluidez su paso del miedo a la obsesión vengativa. Ruco y Alexa poseen una presencia cercana, aunque el guion los utiliza con frecuencia como acompañantes funcionales. Doña Leo, en cambio, concentra el peso emocional porque representa una vida entera marcada por aquello que Kamila apenas comienza a comprender.

Hernández Fonseca asumió además la fotografía y compartió el guion con Óscar Adán, una concentración de labores que explica tanto la identidad personal de la película como cierta falta de distancia frente a sus materiales. Su cámara desea capturarlo todo: la juventud sin rumbo, la soledad de los mayores, la violencia contra las mujeres, la precariedad urbana, la cultura de la imagen y la tentación de responder a cada golpe con otro golpe. 

La acumulación dispersa ocasionalmente el relato, pero también confirma que estamos ante una obra nacida de una urgencia verdadera. La fotografía, de hecho, recibió un reconocimiento en el Mexico City International Film Festival, mientras la película obtuvo una mención especial en FICCALI y el premio a mejor largometraje nacional en SANFICI.

KMKZ: Salvaje, libre y valiente es accidentada, vehemente y por momentos confusa, pero conserva una voz propia. Su mayor fuerza reside en presentar la ciudad desde los cuerpos que la recorren sin protección y en convertir una bicicleta, unos libros y una amistad improbable en precarios territorios de libertad. No siempre domina la furia que pone en pantalla, aunque entiende algo esencial: quien busca vengarse corre el riesgo de continuar el trabajo de quienes lo lastimaron. La salvación, si todavía existe, quizá consista en detenerse antes del último pedalazo hacia el abismo.

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