En 1988, cuando Fito Páez empezó a cranear Novela, el álbum que acaba de lanzar después de un extenso proceso de composición, producción y grabación que le ocupó buena parte de 2024, publicó Napoleón y su tremendamente emperatriz, su libro de conversaciones con el sociólogo Horacio González (1944-2021). En esas charlas, sobrevuelan Charles Bukowski, André Breton, Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud (a estos últimos tres, Fito los define como “los grandes Segbas: las usinas eléctricas del pensamiento”), Michel Foucault, Charles Baudelaire, el Conde de Lautréamont, Antonin Artaud, Louis Ferdinand Céline, Paul Eluard, Juan José Saer y Malcom Lowry. Decía Páez: “En todos lados hay filosofía. Todo rinde. Sin jerarquías. Se aprende de la gente y de los libros. No recalco una cosa ni la otra. Tampoco me meto con los intelectuales. Me alcanza con respetarlos, pero nunca me podrían confundir con un intelectual (…) A mí, me interesa más la novela que los escritos de ideas”.
Novela no es sólo la concreción del work in progress más extenso en la historia del rock argentino. Es, también, uno de los proyectos más ambiciosos en la obra de un artista voraz, que en su afán renacentista entrega aquí una suerte de ópera rock, inspirada en Quadrophenia, el álbum que The Who lanzó en 1973. Para entender el peso específico del proyecto, basta decir que el recientemente autorevisitado Circo Beat (1994), lo sabemos ahora, era un -digamos- spin off de Novela.
A lo largo de estos 35 años, mientras componía cientos de canciones, escribía varios libros, filmaba sus películas y criaba a sus hijos, Fito volvió una y otra vez a este proyecto. Es una obra clásica en su estructura, con la historia hilvanada entre relatos y, principalmente canciones. La complejidad está en las diversas capas de referencias sonoras y culturales, pistas que va tirando el autor para oídos atentos. En tiempos de consumos vertiginosos, Novela propone (y obliga a) una escucha a conciencia.

“Universidad Prix, meca de la brujería en lejanas dimensiones”, anuncia Lorena Vega, que encarna a la relatora de esta historia. “Maldivina y Turbialuz deben rendir el más difícil examen: la formación de un romance perfecto. Rectitud Martirius, rectora de la Universidad, intentará que las chicas fracasen en su cometido. Esta es la historia de ese examen, de esa rivalidad, de un circo pobre itinerante por la provincia de Santa fe y del encuentro de dos adolescentes, Loca y Jimmy. De todos los misterios que habitan el cosmos sólo uno no ha podido ser revelado…”, continúa Vega, que saltó a la fama encarnando a la psicóloga de la protagonista de Envidiosa, pero que deslumbró a Fito en Madrid cuando la vio protagonizar Las cautivas en Madrid. Allí, la voz de Páez completa la frase: “…el amor”, en un túnel de eco.
Con el pueblo de Villa Constitución como ubicación geográfica para una historia que es local y universal, Páez hace un ejercicio de regionalismo crítico, con tintes del surrealismo, delirios cósmicos que podrían enmarcarse en la tradición del realismo mágico. Cada cuál construye ese paisaje como quiere, pero hay un imaginario burtoniano en la historia (algo que refleja también el clip de “Cuando el circo llega a la ciudad”, uno de los primeros singles del álbum).
Hay un desfile de personajes, hay un prostíbulo y una madama, hay un circo (beat), hay una tía (Charito), hay un romance por concretar. Elementos atractivos que invitan a pensar en su correlato visual (Fito anunció en una entrevista con Ricardo Durán Paredes para ROLLING STONE en español que está trabajando en la versión cinematográfica, junto a Matías Gueilburt), pero también, en la senda de Hair, podría ser un musical para Broadway o la calle Corrientes.
Y están las canciones, claro. Difícil no pensar en “Dos días en la vida” (El amor después del amor, 1992), cuando Fito presenta a las brujitas, “Maldivina y Turbialuz”, en un rock con el ADN característico de sus canciones uptempo.
En “Cuando el circo llega al pueblo”, hay ecos del órgano dylaneano de “Like a Rolling Stone”, a la consagración de la primavera de Igor Stravisnky y cierta cadencia beatle.
Muchas canciones funcionan como micro-relatos, como si fueran capítulos de la Novela. Hay un intimismo elegante y épico en “Cruces de gin en sal”, una lirismo absoluto en la preciosista “Miss Understood” (que encierra un juego de palabras), “Balas y flores” es una balada con atmósfera jazzy propiciada por las sutiles escobillas del baterista Ian Thomas, “Argentina es una trampa” es una dosis de rock & roll con ecos de “No llores por mí, Argentina”, de Serú Girán, que narra la batalla entre el circo y el pueblo de Villa Constitución.
La producción del propio Fito, junto a Gustavo Borner y Diego Olivero, es grandilocuente, aunque respeta los climas intimistas. El plantel incluye a músicos que forman parte de su backing band habitual (Juan Absatz, Carlos Vandera, Juani Agüero, Mariela Vitale) y también sesionistas como Adam Goldsmith o Hugh Webb), además de colaboraciones como la de Coki Debernardi, la sección de brasses Sudestada Horns y la imponente The Magical and Mistery Novel Orchestra.
Hace unos días, Fito recorrió una de las salas del Museo del Prado, en Madrid, dedicadas al artista Francisco de Goya (1746-1828), para analizar “Vuelo de brujas”, una inquietante cuadro del autor de “La maja desnuda”, y explicó el correlato entre esa obra y la canción “El vuelo“. La canción tiene un comienzo inquietante, tan misterioso como aquella pintura.
“El pueblo estaba destruido, como la plaza del 55”, canta Fito en “Aceptémoslo”, la canción que describe una batahola y que anticipa el desenlace. “Los corazones necesitan amar” es una canción esperanzadora, uno de los comienzos más bellos de todo lo que escribió Páez en la última década. “Julius perdiéndolo todo”, es un tango a piano y voz, con una atmósfera de Tom Waits en el aire, lleno de melancolía.

“Sale el sol” funciona como un grand finale, como el “Let The Sunshine In” de Hair, con trompetas festivas, con un mensaje luminoso y esperanzador en tiempos oscuros.
“Hoy el amor ganó la partida (…). La vida, por instantes, también puede ser maravillosa… ¡Qué bello es vivir!”, dice Fito en el final, acaso el epílogo, de Novela. Podrían entenderse como dos citas: una, a “Vitoriosa”, la canción que el brasileño Iván Lins publicó en 1986. La otra, al film de Frank Capra, de 1946. Es el punto final para una obra titánica, un tour de force autoral, que esperó más de tres décadas y que , ahora, tiene vida propia.


