Tyler, The Creator cumple con todos, menos consigo mismo

Con solo 28 minutos de duración, Don’t Tap the Glass suena más a una escala divertida que a un destino final

julio 28, 2025

Valerie Macon/ /AFP/ Getty Images

Don’t Tap the Glass es el segundo álbum de Tyler, the Creator en menos de un año y, con apenas 28 minutos, notablemente menos robusto que su predecesor, Chromakopia. Pero todos los elementos característicos de su trabajo están presentes: las rimas presumidas con estilo, los cambios fluidos entre un rap de voz grave y un canto encantador —aunque ligeramente desafinado— que hace que uno se pregunte si entró otra persona a la cabina; y los beats que cambian de forma como un niño revolviendo una caja de juguetes. Es la manifestación más reciente de un impulso creativo sin límites que lo ha llevado de ser un provocador malhumorado, allá por Bastard en 2009, a llenar estadios, crear un festival anual en Camp Flog Gnaw y encabezar las listas de Billboard. Su fórmula musical de fanfarronería juvenil y sensibilidad desarmante debería ser reconocible para cualquiera que haya seguido su carrera. Pero, aun así, resulta igual de entretenida.

Temáticamente, Don’t Tap the Glass busca marcar una distancia entre el heroísmo de superestrella de Tyler y el californiano de 34 años que hay detrás de la imagen. Pero eso es solo el envoltorio de un artista que ama conceptualizar su obra para darle sentido a sus más recientes aventuras en el estudio. ‘Big Poe’ se desarrolla como una fiesta con botellas y modelos al estilo de los años 2000, con todo y un cameo de Pharrell ‘Sk8brd’ Williams y un sample de ‘Pass the Courvoisier Part II’, el hit de 2002 de Busta Rhymes y Williams. ‘Sugar on My Tongue’ retoma la alusión al sexo oral del tema de Talking Heads (así como la versión de Trick Daddy y Cee-Lo Green de 2003), mientras Tyler canta sobre una base de funk ochentero. Adopta el estilo lírico sin pausas que predomina en el rap actual cuando rima: “So please keep that weirdo shit from me / I’m just stackin’ up my cheese, tryna stay sucka free”. Luego afirma en ‘Stop Playing with Me’: “When I get to snappin’ like doo-wop / Really got the juice like 2Pac”. Y en el track que da título al álbum, lanza: “Nigga said I lost touch with the regular folks / I ain’t never been regular, you niggas is jokes,” y remata imitando el clásico “Biiitch!” de Too Short para dar énfasis.

Las afirmaciones serias de Tyler sobre “ganarse la lana” y volar en privado con Maverick Carter y LeBron James se equilibran con momentos en los que canta con ansiedad, como si sus alardes escondieran un lado más sensible. Mientras que muchos raperos melódicos intentan convertir sus deseos machistas en una especie de pop-blues millennial, Tyler usa una voz emo que tiembla de ansiedad, como si estuviera lidiando con la vulnerabilidad y las expectativas de género. Tal vez intencionalmente, Don’t Tap the Glass no tiene momentos tan explícitos como cuando en Flower Boy (2017) rapeó: “I’ve been kissing white boys since 2004.” En cambio, hace un dueto con la subestimada cantante de alt-soul Madison McFerrin en ‘Don’t You Worry Baby’, improvisando mientras ella canta: “We can carpool, cum at the same time”.

En muchos sentidos, la sexualidad atrevida de Tyler se siente genuinamente Gen Z. Pero su timidez incongruente también refleja una tradición de artistas afroamericanos que han tenido que curar cuidadosamente su imagen pública, ocultando aspectos íntimos a propósito. Esa tensión atraviesa gran parte —si no toda— su obra. En ‘Tell Me What It Is’, canta: “I can buy the galaxy / But can’t afford to look for love”.

Don’t Tap the Glass quizá no ofrezca giros nuevos, pero sigue siendo divertido escuchar a Tyler hacer trucos de magia como ‘Don’t Worry, Baby’, que mezcla un ritmo tipo R&Bass y recuerda a ‘My Boo’ de Ghost Town DJs y ‘Swing My Way’ de K.P. & Envyi. Si este álbum de 10 canciones tiene algún problema, no es la falta de sinceridad, sino la negativa de Tyler a alejarse de su sonido característico, que toma en partes iguales de Kanye West, OutKast y The Neptunes; una fórmula que ha demostrado ser una forma duradera de hip-hop en la última década y media. Ya ha intentado romper el molde antes, como en los torpes estallidos afropunk de Cherry Bomb (2015). (En ‘I’ll Take Care of You’, retoma el ritmo vibrante del track que da título a ese disco y lo combina con un sample de ‘Knuck If You Buck’ de Crime Mob).

Ahora que ha madurado como músico hasta convertirse en un artista consumado, uno se pregunta si no valdría la pena intentarlo de nuevo. Tal vez esa sea parte de la intención de Don’t Tap the Glass: darle al público lo que ama, advertirle a sus superfans que mantengan cierta distancia porque él está ‘Noid’ (paranoico), y mientras tanto, ya decidirá qué hacer después.

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