Tras años han pasado desde que Gorillaz lanzó su último álbum de estudio, Cracker Island. Desde entonces, el rumbo de la banda animada conformada por Damon Albarn y Jamie Hewlett parecía suspendido en un limbo creativo, sin una dirección clara hacia el futuro. Es ahí cuando, lamentablemente, la pérdida irrumpió en la vida de ambos artistas, pero antes de paralizarse, tomaron esa situación como impulso creativo para traer un viaje sonoro atravesado por la espiritualidad, el duelo y el autoconocimiento, que hoy se traduce en uno de sus trabajos más sólidos y frescos en años.
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El origen del disco está profundamente ligado a la muerte de los padres de Albarn y Hewlett, fallecidos con pocos días de diferencia. Ese golpe emocional marcó el tono del proyecto desde sus primeras ideas. La reflexión sobre la vida, la memoria y el más allá no se quedó solo en las letras, sino que el álbum abre con la voz del actor Dennis Hopper, recuperada de una grabación antigua, como una forma simbólica de dialogar con quienes ya no están. En medio de ese proceso, un viaje a la India terminó de moldear la identidad del disco. La visita a ciudades como Varanasi y los rituales a orillas del Río Ganges impactaron profundamente a los creadores, quienes encontraron allí una relación distinta con la muerte y la trascendencia.
A partir de esa experiencia, el disco comenzó a expandirse hasta convertirse en un proyecto reflexivo con claras influencias en la cultura india y con colaboraciones que incluyen tanto aportes póstumos de figuras como Tony Allen, Bobby Womack, Dave Jolicoeur y Mark E. Smith, como participaciones de artistas vivos como Asha Bhosle y Black Thought. Latinoamérica no se queda atrás, y contribuye al proyecto con las apariciones de Trueno y Bizarrap que terminan de enriquecer la propuesta con producciones atrevidas y rapeos vibrantes. El resultado es una obra concebida casi como un universo propio, funcionando, según Albarn, como una continuación de una de sus obras maestras, Plastic Beach, pero atravesada esta vez por una dimensión más íntima y espiritual.
Esta comparación con su LP de 2010 no es menor. A pesar de contar con un gran número de featuring y de incorporar un fuerte componente tradicional de la India en sus sonidos, es claro que el “sonido Gorillaz” está presente de principio a fin. La voz de Damon (2D) remite a los mejores momentos del grupo, con letras que pueden quebrar hasta al más duro y que encuentran en la manera en que se entiende la espiritualidad y el duelo en esta parte del mundo el ambiente perfecto para desarrollar melodías melancólicas pero reflexivas.
En lo instrumental, el disco recupera sonidos que, para algunos, la banda había perdido con el paso de los años, rememorando grandes momentos de su época dorada. La inclusión de versos en lenguas tradicionales, como el árabe en ‘Damascus’ o el hindi en ‘The Shadowy Light’, termina de completar el concepto y deja claro que este álbum no busca ser comercial, sino representar lo vivido por los artistas durante su viaje.
Canciones como ‘The Moon Cave’, ‘Orange County’ o ‘The Sweet Princes’ funcionan como los centros musicales y conceptuales del álbum, abordando sus temas con instrumentales bellísimos y letras igual de profundas. Sin embargo, ‘The Sad God’ se destaca como una de las más importantes, ya que sintetiza el mensaje del disco y ofrece una especie de cierre. En ella se presenta a un dios en conflicto con su creación, recriminándole haber convertido lo que les fue dado con un propósito de prosperidad en artefactos que desdibujan esa visión: “I gave you atoms, you built a bomb”. En medio de una fuerte crítica a la tecnología, su avance desmedido sin regulaciones y la forma en que afecta a las personas, refiriendose especificamente a los Incels, este dios se aparta de su creación, aunque deja abierta la posibilidad de que quienes lo deseen puedan “cerrar sus ojos en el paraíso”.
The Mountain también marca un punto importante en la historia de Gorillaz a nivel industrial. El álbum fue publicado bajo KONG, el sello propio de la banda, dejando atrás su vínculo con grandes disqueras como Parlophone y Warner Records. Esta decisión no solo refuerza la independencia creativa del proyecto, sino que también conecta con el imaginario del grupo desde sus inicios, al recuperar el nombre de Kong Studios, el mítico estudio ficticio del universo Gorillaz. Bajo este sello, la banda parece operar con mayor libertad, priorizando la coherencia artística y conceptual por encima de las exigencias del mercado.
El lanzamiento del álbum estuvo acompañado por un cortometraje animado titulado The Mountain, The Moon Cave & The Sad God, que funciona como una extensión visual de su propuesta. Lejos de narrar una historia lineal, el corto apuesta por una construcción simbólica que refuerza los temas del disco: la espiritualidad, el viaje y la relación entre lo humano y lo divino. Con la dirección artística de Jamie Hewlett, la animación, hecha completamente a mano, retoma elementos del misticismo oriental, paisajes oníricos y figuras religiosas para complementar la experiencia sonora, reafirmando una vez más que en Gorillaz la música y lo visual siguen siendo partes inseparables de un mismo universo creativo.
Hay que ser claros: este álbum llegó para muchos con expectativas bajas, y con toda la razón si se tiene en cuenta la incertidumbre que lo rodeaba. Sin embargo, The Mountain supera con creces cualquier duda y entrega un proyecto profundo, reflexivo y musicalmente hermoso en todos los sentidos. Damon Albarn y Jamie Hewlett transformaron la pérdida —no solo de familiares, sino también de amigos y personas cercanas— en la inspiración necesario para mirar hacia adentro y ofrecer al público un trabajo que invita a reflexionar sobre el duelo, las conexiones humanas y la espiritualidad, tomando como base una cultura que históricamente ha sido estigmatizada en Occidente.
Después de este proyecto, el futuro de Gorillaz permanece abierto. El cortometraje que acompaña al álbum deja algunas pistas, pero evita respuestas cerradas. Lo cierto es que, incluso si este fuera el último capítulo del grupo, se trataría de una despedida a la altura de su historia: sin pretensiones, sin presiones comerciales y sin la necesidad de complacer a nadie, sino fieles a su identidad y a lo que realmente querían expresar en este momento de sus vidas.


