Reseña de ‘Puta feminista. Historias de una trabajadora sexual’: un viaje en el que nada fue fácil

Cómo es el libro de Georgina Orellano, la secretaria general de Ammar, el sindicato de los trabajadores y trabajadoras sexuales

Por  AYELÉN CISNEROS

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Reseña de puta feminista
Georgina Orellano cuenta su vida de trabajo y lucha en un libro

Alejandra López

Una de las militantes feministas con más resonancia de los últimos años, Georgina Orellano puso, junto con sus compañeras de Ammar, el sindicato de lxs trabajadorxs sexuales, el reclamo por los derechos laborales en medios, redes, asambleas y movilizaciones. Puta feminista: Historias de una trabajadora sexual narra esa lucha, pero también la vida de una mujer a la que nada le fue fácil.

Sus memorias son relatos desde fines de la adolescencia (cuando llega al trabajo sexual mientras era niñera) pasando por la toma de conciencia social cuando se transforma en delegada de las putas de su barrio, hasta su presente como dirigente. También incluye reflexiones teóricas sobre el trabajo sexual y definiciones políticas en torno a la militancia sindical. En el medio, intercala “historias”, los capítulos más atrapantes e inquietantes del libro, con el foco en personas que pasaron por su vida y le enseñaron algo, bueno o malo. La mayoría, clientes. Un militante de los 70 que no para de cuestionarla, un joven discapacitado, un bibliotecario con un cuerpo fuera de la norma, son algunos de los protagonistas de estas crónicas, que tienen la fuerza de un golpe seco en el maxilar. 

Los clientes son materia de discusión en los feminismos, sobre todo para quienes quieren abolir el trabajo sexual, ya que los consideran explotadores/abusadores. Orellano les otorga matices. No son monstruos sino seres humanos, sin idealización ni moralismos.

Cada relato está traspasado por una mirada interseccional: visibiliza diferentes sistemas de opresión que pueden atravesar una misma persona, como desigualdades de género, clase, raza. Orellano es aguda a la hora de narrar situaciones dolorosas, sin recurrir al golpe bajo, ni siquiera cuando cuenta el asesinato de un joven en manos de la policía o cuando recuerda los abusos que sufrió.