Metallica en Buenos Aires: la era de la madurez

Cerca de 60.000 fans colmaron el Campo de Polo para reencontrarse con la banda de sus amores. ¿El resultado? Nadie salió defraudado.

Por  FRANK BLUMETTI

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MEtallica en Buenos Aires
James Hetfield y Lars Ulrich, en el Campo de Polo

Trigo Gerardi

El cielo estaba, estuvo y se mantendría gris durante toda la jornada; la amenaza de lluvia era real y el cielo, tal como temía Asterix, amenazaba con desplomarse sobre nuestras cabezas (de hecho hubo momentos que fueron de garúa a una de esas lluvias que molestan más de lo que mojan); el clima no era precisamente veraniego, pero esos detalles no tenían importancia para todas las almas que llenaron el Campo Argentino de Polo para ver el décimo concierto de Metallica en Argentina, ausente de nuestro país desde la presentación en el Hipódromo de San Isidro en ocasión del Lollapalooza 2017. Y si hubiera habido amenazas de tornados, terremotos, tsunamis, trombas y otras cosas terribles que empiezan con T, tampoco hubiera importado: las ganas de reencontrarse con la banda, de dejar atrás los recuerdos del encierro forzado de estos años, de volver a escuchar música de esa que te hace sentir vivo –las ganas de vivir, en suma–, tenían en ascuas a una verdadera multitud que aguardaba pacientemente la llegada de sus añorados ídolos, discurriendo por el campo, charlando, visitando los stands de comida o simplemente sentados en el suelo.

En ese clima (de la gente y del cada vez más gris y más oscuro cielo, lleno de nubarrones) la cantautora Marina Fagés tuvo quizá la difícil tarea de ser la primera en entretener la expectativa de un público no menos difícil, al menos en los papeles. Y si bien recogió más respeto –expresado en aplausos sonoros al final de cada tema– que entusiasmo de parte de un público que evidentemente en su mayoría no la conocía, no lo hizo mal, ni ella ni Las Epics, la muy interesante banda 100% femenina con la que toca: a pesar de algunos desajustes iniciales, sonaron compactas, directas, convencidas. La música va del grunge al punk, de la psicodelia a lo melódico, y la variedad de matices parece lo más valioso e invita a descubrirlas. Marina se despidió anunciando su casamiento con el feliz novio que al parecer por ahí andaba, y tras unos no menos respetuosos aplausos finales, la gente volvió a sus actividades de charla, recorrida y/o sentada, aunque cada vez había menos espacio para esto último.

Metallica en Buenos Aires. Foto: Nico Papa.

Poco más tarde fue el turno de Greta Van Fleet y aquí el recibimiento fue un poco más cálido: al verlos pisar el escenario y comenzar el show con la potente “Built By Nations”, pensar en Led Zeppelin es inevitable, desde la manera de pararse hasta de vestir, con spandex y estrellitas bordadas y colgantes y cadenitas y el brillo de otras épocas. Es tan inevitable como injusto, convengamos: Greta no es una copia de la legendaria banda inglesa, aunque sí tiene claras influencias de esta y de todo el rock de los 70, traducido a esta época, claro. A través de media docena de temas (“Black Smoke Rising”, “Caravel”, la sencillita y ganchera “My Way , Soon” e incluso el cover del clásico “That’s Alright Mama” de Elvis), la banda mostró sus principales virtudes: hard rock blusero, simple y directo, construido a partir de la particular y variada voz (a veces demasiado chillona) de Josh Kiszka y la guitarra de su hermano Jake, creativa y poderosa, sostenidos ambos por la consistente base de Sam (el tercer hermano) en bajo y Danny Wagner en batería. No faltaron solos de guitarra y batería, zapaditas, guitarras tocadas detrás de la cabeza, “ba-ba-ba-ba-babys” y otras exclamaciones y yeites del género, y si bien era claro que el respetable se guardaba sus mayores ovaciones para el plato fuerte de la noche, el aplauso final fue sincero.

Mientras todos contaban los minutos que faltaban para ver a Metallica, pensar en que este concierto se estuvo promocionando como una especie de aniversario del famoso Álbum negro del grupo (lo cual no fue exacto o mejor dicho quedó viejo, porque el setlist fue bastante repartido), trae a la mente el recuerdo de aquel trabajo histórico no solo para la carrera de la banda sino también para el género: en una década –los 90– donde el heavy metal alcanzó su madurez artística, creativa e incluso ideológica si se quiere, Metallica hizo punta. Se cortaron el pelo, dejaron viejos clichés de lado, se animaron a pulir y perfeccionar (¿simplificar?) su estilo, bucearon en otros temas, sacaron un discazo memorable y se metieron en el mainstream sin perder su esencia, poniendo el primer ladrillo para que el género se volviera adulto sin dejar de ser rebelde ni filoso mediante el simple expediente de ser ellos mismos y hacer lo que sienten. Hoy es un público mayormente maduro el que los sigue –en general rondando los cuarenta y tantos– y pensar en qué medida la banda puede o no trascender este nuevo límite y llegar a las nuevas generaciones, que ya no parecen tan interesadas en el rock, es todo un tema… pero de golpe las luces se apagan, suena “It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock’n’Roll) de AC/DC por los parlantes, enseguida lo sigue “The Ecstasy Of Gold” del genial Ennio Morricone acompañado de un fragmento de The Good, The Bad And The Ugly que se ve por las pantallas y así, sin poder salir del hechizo, la banda irrumpe –qué gran verbo para describir esto– en escena con “Whiplash”, y el caos se desata: todos los pensamientos y elucubraciones previos se van al quinto infierno y el público se vuelve una masa que salta, se empuja, lucha y se debate en un mosh interminable, feliz de estar ahí, feliz de estar rockeándola, de tenerlos de vuelta. Metallica está intacto and nothing else matters, como dice la canción.

A ese primer tema lo siguen el inmortal “Ride The Lightning”, la electrizante “Fuel” y otro clásico inoxidable, “Seek And Destroy”; a través de este primer bloque de canciones la energía que brota de la banda y los parlantes no decae, sostenida por cinco ENORMES pantallas cuyas imágenes acompañan con excelencia visual cada una de las canciones. “Ha pasado mucho tiempo, Buenos Aires”, dice un James Hetfield que mantendrá su compradora sonrisa durante todo el show. La descarga continúa con “Holier Than Thou” y claro, como en el fútbol, cuando se gasta mucha energía de entrada luego viene el bajón, aunque aquí fue en la velocidad y no en la intensidad: sonido de tiros y bombas, fuego (real) en el escenario, imágenes de soldados marchando en el campo de batalla…  tal fue el clima que precedió a la balada “One”, un alegato antibélico inspirado en el impactante film escrito y dirigido por Dalton Trumbo (¿cuánto hay en común entre Metallica y una estremecedora película de acción, dicho sea de paso?) y a partir de ahí el concierto alternó distintos climas y épocas del grupo: llegaron “Sad But True”, “Moth Into Flame”, “The Unforgiven” (con el riff de guitarra debidamente coreado), “Creepin’ Death”, “No Leaf Clover” y el final nuevamente a pura electricidad con la demoledora “Master Of Puppets”.

Metallica en Buenos Aires. Foto: Trigo Gerardi.

Una rápida despedida del grupo, los cánticos de rigor pidiendo bis y el bis llega, cómo no: un primer y bien dirigido golpe con “Spit Out The Bone”, un momento de calma y relax (en términos de velocidad, insistimos) con “Nothing Else Matters” y nuevamente el apocalipsis con otro infaltable, “Enter Sandman” (el gran caballito de batalla del black album) pusieron el broche de oro a un show que si bien comenzó algo desprolijo en términos de sonido, se fue ajustando y culminó a la perfección, coronando una noche de pasión y de fuego, de garra y electricidad, de reencuentros y recuerdos. Tras esto, Hetfield, Hammett, Ulrich y Trujillo terminaron tomándose el tiempo en una larga despedida que incluyó repartija de púas y palillos, saludar con emoción al público (juntos y por separado), hacerlo gritar, cantar y volver a entusiasmarse y prometer una pronta vuelta. La gente joven disfrutó el show con total madurez; la gente madura lo gozó como si fueran pibes… y quizá ahí esté la respuesta a todas las preguntas juntas: Metallica lo hizo posible. Y, por lo visto, lo seguirá haciendo durante un buen rato: disfrutémoslo mientras se pueda.