Licorice Pizza

Paul Thomas Anderson, uno de los mejores directores de la actualidad, filma un maravilloso homenaje a los años setenta y al caos inherente al primer amor

Paul Thomas Anderson 

/ Alana Haim, Cooper Hoffman, Bradley Cooper, Sean Penn

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

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Cortesía de UIP

Si Quentin Tarantino es el heredero de Martin Scorsese, Paul Thomas Anderson es el heredero de Stanley Kubrick ¿Se imaginan si Kubrick hubiera alcanzado a hacer una película de adolescentes?

Probablemente hubiera sido algo muy cercano a lo que logró Anderson con Licorice Pizza, una cinta cuyo título hace referencia a la forma como en los años setenta se les llamaba a los discos de vinilo.

Siguiendo la línea de dos de las más grandes películas sobre adolescentes en la historia del cine, como lo fueron American Grafitti de George Lucas y Dazed and Confused de Richard Linklater, Licorice Pizza es una colección de viñetas nostálgicas que nos hablan del riesgo, el caos, el drama y la dulzura del primer amor. Pero, al mismo tiempo, es fiel al contundente y arriesgado estilo de su director.

Los personajes al borde de la locura, el énfasis en las relaciones humanas y en el diálogo por encima de la historia, la predominancia de los primeros planos y de largos planos secuencia, un uso particular del color, la música, los espacios y las atmósferas visuales y sonoras, la multiplicidad de referentes y guiños tanto históricos como a otras películas (tanto ajenas como propias), una estructura coral y unas estupendas actuaciones. No se equivoquen, todo lo que convierte a Anderson en uno de los mejores directores de su generación, está presente en su primera película sobre adolescentes.

Para Licorice Pizza, Anderson invita a dos jóvenes debutantes a asumir los papeles protagónicos. Por un lado, tenemos a la desorientada e impulsiva Alana, personaje interpretado por Alana Haim, integrante del trío de música rock femenino Haim, al cual Anderson le ha dirigido varios vídeos musicales (de hecho, la familia de Alana es interpretada en la cinta por su familia real y Donna Haim, la madre de Alana, fue profesora de Anderson en el colegio). Por el otro lado, tenemos a Gary, el joven mañoso y con ínfulas de galán, interpretado por Cooper Hoffman, el hijo de Philip Seymour Hoffman, el actor fetiche del director, con quien trabajara en varias de sus mejores películas (Boogie Nights, Magnolia, The Master), antes de su trágica muerte en el 2014.

Los dos jóvenes nos sorprenden con unas interpretaciones magnéticas, intensas y llenas de pasión y energía.  El Gary de Hoffman es un precoz actor juvenil de quince años de edad quien, en la toma de las fotografías para el anuario escolar, intenta conquistar a Alana, una joven mayor que él, quien se encuentra trabajando como asistente en el estudio fotográfico.

La película nos muestra el desarrollo de la tormentosa relación romántica que surge entre los dos (algunos la catalogarán como “tóxica”), conformando así una crónica del amor adolescente protagonizada por un chico y una chica que proyectan un aire real y cotidiano (su atractivo no proviene de su apariencia física sino de su carisma), y que permite una rápida conexión con los espectadores. Todos aquellos que recuerden el patetismo, el histrionismo, el drama y todos los demás aspectos tumultuosos del primer amor, se sentirán plenamente identificados con Gary y Alana (una pareja que nos recuerda mucho a la conformada por Adam Sandler y Emily Watson en la hermosísima Punch-Drunk Love).

Al igual que en Once Upon a Time In Hollywood de su amigo Quentin Tarantino, Licorice Pizza no solo se desarrolla en la ciudad de Los Ángeles de los años setenta (bellamente ambientada por el fotógrafo Michael Bauman y por el músico Jonny Greenwood, colaboradores habituales de Anderson), sino que mezcla personajes reales con los de la ficción, como el de Jon Peters, el peluquero de la cantante Barbra Streisand, quien luego se convertiría en su novio y en un afamado productor de cine. El actor Bradley Cooper deja una huella indeleble encarnando a este hombre tan desquiciado como egocéntrico.  También se destaca Sean Penn como Jack Holden, un personaje claramente inspirado en el actor William Holden, quien intenta recobrar su juventud tratando de enamorar a Alana y haciendo acrobacias en una motocicleta.

Por momentos, Licorice Pizza pasa de ser una película personal para convertirse en un trabajo autocomplaciente y masturbatorio, pero la experticia de Anderson a la hora de navegar entre el humor anárquico y la dulce ternura, hacen de esta imprevisible experiencia cinematográfica algo tan difícil de olvidar como la primera vez que nos enamoramos.