Durante décadas, el éxito internacional en la música parecía estar atado a una condición ineludible: cantar en inglés. Desde los años 50 y 60, con el auge del rock and roll y la explosión de la cultura pop anglosajona, la industria musical internacional impuso el inglés como idioma dominante. Muchos artistas latinos intentaron abrirse camino adaptándose a este modelo, desde figuras como Ritchie Valens, que transformó ‘La Bamba’ en un éxito con influencias rockeras, hasta Gloria Estefan, quien en los 80 y 90 llevó su música al público angloparlante con álbumes en inglés.
Sin embargo, la industria ha cambiado. Hoy, los artistas hispanohablantes han demostrado que la identidad es, en sí misma, una fuerza capaz de cruzar fronteras. La música en español no solo ha conquistado mercados globales, sino que lo ha hecho sin renunciar a sus raíces, impulsada por una nueva generación de músicos que han abrazado su herencia cultural como una ventaja. Ahora, tanto la industria, como los artistas y oyentes disfrutan de géneros como el folk, la cumbia o el flamenco, fusionándose y reinventándose al ritmo de sonidos más contemporáneos.
Pero para hablar del presente, tenemos que volver al pasado. Durante gran parte del siglo XX, la idea de que la música debía adaptarse al inglés para tener éxito global fue reforzada por las grandes disqueras y los mercados dominantes de Estados Unidos y Reino Unido. Artistas hispanohablantes que aspiraban a la internacionalización, como Julio Iglesias o José Feliciano, optaron por grabar en inglés, mientras que fenómenos como el Latin Boom de los años 90 llevaron a figuras como Ricky Martin, Shakira o Enrique Iglesias a lanzar versiones en inglés de sus más grandes éxitos en español.
La transformación que hemos presenciado en este último tiempo, se debe, indudablemente, a aquellos artistas que han cuestionado la hegemonía del inglés en la música comercial, empujando a la industria a adaptarse tanto a la demanda de los intérpretes como la del público. Por ejemplo, durante los años 70 y 80, la salsa, impulsada por la Fania Records en Nueva York, ya había demostrado que la música latina podía alcanzar éxito internacional sin necesidad de traducción. Figuras como Celia Cruz y Héctor Lavoe se convirtieron en íconos globales cantando en español.
En los 90, el reggaetón emergió en Puerto Rico como una fusión del dancehall jamaiquino, el hip-hop y la música latina. Inicialmente marginado por la industria, este género fue adoptado en comunidades urbanas y creció de manera independiente hasta que artistas como Daddy Yankee y Don Omar lograron posicionarlo en el mainstream sin necesidad de adaptarlo a otro idioma. La influencia de este género se expandió a lo largo de los 2000 con exponentes como Wisin & Yandel y, más adelante, con artistas como J Balvin y Bad Bunny, quienes, además de crecer con la corriente, han logrado poner los focos sobre el reggaetón, un reconocimiento sin precedentes en mercados como el estadounidense y el europeo.
Por esta misma década, en Colombia emergía un artista que, aunque ya llevaba algunos años de trayectoria, estaba cambiando la percepción global de sonidos autóctonos de su país. Rescatando elementos del vallenato tradicional para fusionarlos con géneros como el pop y el rock, Vives creó un estilo que conservaba el alma de la música caribeña colombiana pero proyectada hacia una audiencia internacional. Su propuesta, además de revitalizar géneros que hasta entonces eran considerados exclusivamente locales, demostró que abrazar la identidad no era una barrera para el crecimiento de los artistas, sino una poderosa herramienta para construir una prolífica carrera.
Al otro lado del Atlántico, mientras tanto, Paco de Lucía y Camarón de la Isla ya estaban experimentando con el flamenco, bajo las influencias del jazz y otros géneros, para llevarlo más allá de las fronteras españolas. Este género, nacido en Andalucía a finales del siglo XVIII, ha sido un símbolo de la identidad cultural española, fusionando influencias árabes, gitanas y castellanas en un estilo único que combina canto, guitarra y baile. Ahora, para los artistas contemporáneos de la región es un elemento infaltable en sus producciones, pues cuenta un poco de dónde vienen y los sonidos con los que crecieron y moldearon su estilo.
A finales del siglo XX artistas como Vicente Amigo y José Mercé mantuvieron viva la esencia tradicional del género, mientras que proyectos como los de Ketama empezaron a bosquejar las primeras fusiones del flamenco con influencias del pop y otros sonidos de la música latina. A principios de los 2000, este resurgimiento se consolidó con la llegada de intérpretes como Estrella Morente y Diego El Cigala, quienes revitalizaron el flamenco clásico con interpretaciones modernas que conectaban mucho más con el público global.
Ahora, grandes nombres como ROSALÍA, con su álbum de 2018, El Mal Querer, o C. Tangana con El Madrileño, han hecho del flamenco una insignia de sus proyectos, resignificando el género para las audiencias más jóvenes, incorporando elementos electrónicos como sintetizadores, distorsiones y beats del urbano. Junto a ellos están artistas como Niño de Elche, que ha explorado una versión más vanguardista del género, mezclándolo con la improvisación, mientras que María José Llergo ha rescatado la pureza del cante flamenco tradicional.
Antes de que esta reivindicación de las raíces musicales tomara fuerza, el dominio del reggaetón y la música urbana marcó la percepción internacional de la cultura hispana. Durante gran parte de los 2000 y 2010, el reguetón se consolidó como el principal género de exportación de la música en español. Su impacto fue tan fuerte que, para muchos oyentes fuera del mundo hispanohablante, estas corrientes se convirtieron en sinónimo de la música latina, eclipsando otros géneros tradicionales que quedaron relegados a un segundo plano en la industria mainstream.
Y aunque esta narrativa empezó a transformarse seguramente desde hace varios años, el boom, quizá, se dio cuando incluso artistas urbanos replantearon su propuesta para tomar influencia de otros géneros más tradicionales y traducirla en su estilo. En 2022, Bad Bunny ya se había consolidado como uno de los mayores referentes tanto del reggaetón como de la música en español, además de ser un artista que en muchas ocasiones hacía visible el amor por su tierra y sus raíces. En aquel año presentó, Un Verano Sin Ti, un álbum que marcaría un antes y un después en su carrera y, en mi opinión, en la popularización de géneros como el merengue y la salsa en el público más joven.
Aunque el intérprete puertorriqueño fue uno de los precursores de que estos géneros tuvieran una exposición masiva en todo el mundo, otros músicos como Los Ángeles Azules, por ejemplo, ya llevaban décadas manteniendo vivas corrientes como la cumbia. El grupo mexicano que se formó en Iztapalapa en 1976 ha sabido llevar su tradición de generación en generación y hoy por hoy han colaborado con jóvenes promesas como Kenia Os, Emilia, Nicki Nicole, Lali, Maria Becerra, y, anteriormente, con otros intérpretes como Carlos Vives y David Bisbal.
Y por supuesto que no podríamos hablar de la evolución de géneros tradicionales sin mencionar el regional mexicano y cómo este estilo ha construído nuevos caminos fusionándose con géneros como el urbano o incluso el pop. El auge de los llamados corridos tumbados, liderado por figuras como Natanael Cano, Junior H y Fuerza Regida, ha revolucionado el género al incorporar influencias del trap y el hip-hop. Y aunque esta corriente siempre ha sido muy popular en el continente americano históricamente, esta nueva ola ha logrado que el público más joven se interese en la tradición del regional.
Pero, si esta transformación es algo que viene construyéndose décadas atrás, ¿por qué ahora se siente más fuerte que nunca? La respuesta más rápida, que a lo mejor la sabemos todos, es: las redes sociales y las plataformas de streaming. A lo largo del siglo XX, la distribución de la música estuvo dominada por grandes disqueras y estaciones de radio que decidían qué canciones tenían exposición en el mercado global. La internacionalización de un artista dependía en gran medida de la inversión de una disquera y de su capacidad para adaptarse a las reglas del mercado anglosajón.
Años más tarde aparecieron plataformas como Spotify, YouTube y Apple Music, que empezaron a desdibujar las limitaciones geográficas y permitieron que la música en español llegara a audiencias globales sin necesidad de intermediarios tradicionales. Esto significó que artistas emergentes pudieran alcanzar millones de oyentes sin necesariamente depender de la aprobación de las grandes compañías discográficas. Canciones en español empezaron a encabezar listas globales y sonaban en lugares donde antes era impensable.
Pero este modelo se vio exponenciado a un nivel estratosférico con el crecimiento de las redes sociales, donde puedes crear y hacerte viral en cuestión de minutos. TikTok e Instagram han redefinido la manera en que el público descubre y consume música, pues los artistas más sonados de dichas plataformas, que luego se colan en las listas de éxitos, ya no son aquellos que están firmados con las mejores disqueras y han invertido una buena suma de dinero a sus producciones.
Al revés, ahora son personas de todo tipo, tanto quienes hacen música como quienes sólo estaban experimentando, grabando piezas en estudios o incluso desde aplicaciones para el teléfono. Este es el caso de artistas como Iñigo Quintero con su tema ‘Si No Estás’, el cual grabó desde su casa, la subió sin disquera ni promoción y un año después explotó en TikTok y llegó al #1 global de Spotify sin haber hecho un solo concierto. O el de la argentina Yami Safdie con ‘De Nada’, que viralizó el tema con un clip casero de manera completamente independiente.
Y el público, por supuesto, también ha influido en este redireccionamiento. El acceso a la música se ha democratizado, y ahora los oyentes no evalúan la calidad de un artista por los sellos que lo respaldan, el dinero que tenga o sus proyectos súper producidos. Por en cambio, esta nueva generación de amantes de la música valoran mucho más la manera en que un intérprete logra conectar con el público, y de qué manera ellos mismos se pueden ver proyectados en su obra.
Hoy, los algoritmos de las plataformas permiten que cada usuario descubra música basada en sus propios gustos, facilitando la diversificación de géneros y la expansión de artistas de distintos países. Esto ha generado un cambio en la percepción del mercado: ya no se trata de adaptar la música a un idioma dominante, sino de permitir que la identidad cultural hable por sí misma y se expanda de manera orgánica.
Más allá del éxito comercial de la música latina, que de hecho supuso 1.400 millones de dólares en ingresos a la industria tan sólo en Estados Unidos en 2024 según un informe de la Asociación de la Industria Discográfica de América (RIAA), este cambio ha significado un impacto cultural profundo, abriendo la puerta a una apreciación más profunda de la cultura de cada región.
Sin lugar a dudas, esta tendencia continuará creciendo, dando lugar a una era en la que la diversidad cultural no será simplemente un valor añadido, sino el eje central de la música mainstream. Artistas emergentes en lugares como Colombia, Perú, Bolivia o Guatemala están comenzando a incorporar ritmos e instrumentos tradicionales de sus territorios, como el bambuco, el huayno o el son jarocho, en sus producciones reavivando su propia historia a través de la música.
Nombres como Lido Pimienta, Renata Flores o Sara Curruchich son artistas que no sólo le han apostado por recuperar lenguas, instrumentos y formas musicales tradicionales, sino que los insertan en circuitos globales a través del pop, el trap o la electrónica. Mientras que Pimienta rescata elementos del bullerengue y la cumbia, que reinterpreta con electrónica y pop experimental, Flores fusiona trap y pop con letras en quechua.
Pero más allá de los sonidos, hay obras que también exaltan sus orígenes a través de los visuales, las letras y la estética en un intento por desarmar aquella preconcepción de que estos elementos son exclusivos del folclor. Y aquí, una vez más, las plataformas de streaming entran en escena, pues a través de las mismas, estos proyectos lograrán llegar a nuevas audiencias, a pesar de que alguna vez fueron estilos que, quizá, parecieron inexportables, como la música llanera, el canto cardenche o las tonadas mapuches, y empiecen a generar un nuevo interés fuera de sus países de origen.
Los artistas han dejado de percibir su herencia como una limitación y la han convertido en una herramienta que seguramente responde a una necesidad global. Tanto creadores como oyentes escarban en un mundo hipersaturado y la autenticidad se ha convertido en un bien escaso, por lo tanto valioso. Y así, es como nos hemos convertido en testigos de un cambio estructural en la forma de entender la música global, una en la que la raíz no es un ancla, sino un motor para mirar hacia el futuro.


