La primera gran presentación de Justin Bieber en el Coachella de este año, el pasado sábado 11 de abril, fue casi una profecía cumplida: el algo reservado superestrella ha sido un invitado frecuente y asistente habitual del festival en el desierto, y desde que el evento se volcó hacia el mundo del pop, ha estado entre los artistas más deseados por el público mayoritariamente millennial que suele llenar el recinto.
De hecho, esas últimas palabras nunca habían sido tan ciertas: gracias a la escasez de presentaciones (Bieber no hacía una gira por Estados Unidos desde 2022), una expectativa acumulada y la falta de programación competitiva, se puede argumentar que su audiencia fue la más grande en la historia del campo de Coachella, extendiéndose casi hasta la noria.
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Bieber negoció su propio acuerdo para encabezar el cartel, y las especulaciones se dispararon antes del festival sobre lo que tenía preparado, especialmente después de dos presentaciones muy pequeñas en Los Ángeles centradas exclusivamente en canciones de sus álbumes más recientes, Swag y Swag II. Los oyentes más atentos que estuvieron cerca del recinto reportaron que durante la prueba de sonido de esta semana estaba interpretando temas más antiguos, así que realmente era una incógnita lo que terminaría ocurriendo cuando subiera al escenario.
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— Justin Bieber (@justinbieber) March 31, 2026
La respuesta fue un show que, en su insistencia por lo básico, no justificó tanta expectativa, aunque estuvo lejos del desastre que fue la caída —bien documentada— de Frank Ocean en ese mismo escenario en 2023. El set de Justin Bieber consistió en gran parte en el cantante solo sobre un escenario enorme, sin una producción realmente destacada, interpretando canciones pop de medio tiempo como ‘First Place’ y baladas como ‘All the Way’. Fue una prueba de paciencia para muchos fans, especialmente cuando —tras la aparición de The Kid Laroi en ‘Stay’— Bieber sumó a un par de guitarristas para compartir escenario, tocando cortes profundos en formato acústico que terminaron provocando un éxodo a mitad del show.
Cuando Justin decidió mirar hacia el pasado, lo hizo de una forma que parecía casi diseñada para irritar: proyectando sus viejos videos y cantando sobre ellos éxitos tempranos como ‘Baby’ y ‘I’m the One’. El material, de estética lo-fi, había sido grabado hace casi 20 años, en los inicios de su carrera. El show parecía encaminarse al desastre cuando Bieber incluso mostró sus propios tropiezos captados por paparazzi y otros virales. Sin embargo, logró corregir el rumbo en el tramo final con un cuarteto de canciones acompañado por invitados en cada una: Dijon en ‘Devotion’, Tems en ‘I Think You’re Special’, Wizkid con su propio ‘Essence’, y finalmente Mk.gee en ‘Daisies’.
Mientras los fuegos artificiales estallaban para cerrar el show, es probable que muchos Beliebers se fueran satisfechos, pero ese no es el criterio para medir un set exitoso en un festival: con la oportunidad de generar un gran impacto en un escenario y un evento que claramente le importa, Justin Bieber se quedó corto. Eso sí, si su objetivo era simplemente mantener la lealtad de sus fans más fieles, no tiene de qué preocuparse.


