Hace falta rigurosidad para hablar de fentanilo en América Latina

La crisis de opioides es un grave problema de salud pública en Estados Unidos. En Colombia y otros países de América Latina, el contexto social es diferente y requiere un manejo cuidadoso, y lejos de prejuicios, para enfrentar posibles crisis.

Por  LAURA VÁSQUEZ ROA

junio 1, 2023

altonivel.com

La reciente incautación de ampolletas de fentanilo en Bogotá, vino acompañada de las declaraciones del fiscal general de Colombia, Francisco Barbosa, que dispararon alarmas mediáticas marcadas por una gran desinformación.

En los medios de comunicación se habló de la epidemia por opioides que vive Estados Unidos; de los yihadistas aparentemente implicados, uno de los grupos terroristas más peligrosos del mundo; de las numerosas muertes asociadas al fentanilo y, en conclusión, del peligro de encontrar ampolletas con una droga así en Colombia. Y, aunque efectivamente sí se incautó fentanilo, la alarma fue, por lo menos, imprecisa. Esto es lo que señalan expertos.

Julián Quintero es sociólogo e investigador en temas de drogas en la organización Acción Técnica Social (ATS), de la cual nace el reconocido proyecto Échele Cabeza. ATS es pionera en la región por su enfoque en la reducción de daños en el uso de sustancias psicoactivas.

El llamado a ser rigurosos cuando se habla de fentanilo es el mensaje que Échele Cabeza ha tratado de posicionar ante tanta desinformación. No es la primera vez que lo hacen. Parte importante de su trabajo ha consistido en producir información clara y sin prejuicios sobre distintas drogas, legales e ilegales, para reducir riesgos y daños, incluso letales del uso de drogas cuando no se conocen sus características y efectos.

Cuando prevalece el estigma sobre los usuarios de drogas se mantienen prácticas inseguras que les pone ante riesgos prevenibles. El escándalo sobre el fentanilo es entonces una buena oportunidad para aclarar algunas cosas e insistir en modelos preventivos, libres de prejuicios y desde un enfoque de salud pública para los Estados que quieran prepararse para asumir esta u otra crisis asociada al uso de sustancias psicoactivas. 

Fentanilo sí, pero no así

El fentanilo es una sustancia peligrosa que ha tomado una gran popularidad en Estados Unidos, especialmente, y que se considera causante de una crisis de salud pública sin precedentes que ha llevado a la muerte a muchas personas. Por esta misma razón, Julián Quintero pide que se hable con precaución al respecto, así que lo primero que resalta es que el fiscal Barbosa mezcló información sobre el fentanilo de tipo farmacéutico, con el fentanilo que está causando las muertes en Estados Unidos. No solo esto, sino que además lo confundió con el captagón, otra droga que no tiene nada que ver con el fentanilo, pues es su directamente opuesto. “La desinformación es el principal riesgo frente a la contención del daño con el tema de drogas. Si no tenemos información clara y precisa por parte de las autoridades como el fiscal, de ahí para abajo se pueden cometer muchos errores en otros entes gubernamentales, en medios de comunicación y por supuesto también entre las personas consumidoras”, dice.

Hay al menos tres imprecisiones graves que Julián destaca en las declaraciones del fiscal. Por eso hace un llamado al Ministerio de Justicia y al Observatorio de drogas de Colombia, para que se pronuncien dejando claro qué es el fentanilo de tipo farmacéutico en ampolletas que encontró el fiscal y por qué se diferencia del análogo de fentanilo de fabricación ilegal, causante de la crisis en Estados Unidos. Además, deberían aclarar qué es el captagón para que se vea claramente que hay imprecisiones en las declaraciones del fiscal.

Escandalizar no ayuda a contener el daño

La gran imprecisión del fiscal creó una noticia que escandaliza y cuyo único objeto es ese: escandalizar, dice Julián. El vínculo que hizo Barbosa sobre la droga encontrada en Bogotá con el captagón y su relación con los grupos yihadistas de Medio Oriente y el norte de África, no tiene asidero, pues vienen de contextos diferentes, consumos diferentes y con trazabilidad diferente.

El fentanilo es un opioide depresor del sistema nervioso, es decir que es una sustancia que lo que hace es anestesiar, que es analgésico. Por otro lado, el Captagón es un fuerte estimulante que genera euforia, alerta e inhibición del hambre. Son sustancias completamente diferentes que no tienen por qué relacionarse.

Quintero aprovecha para mencionar que esta relación de las drogas con un grupo terrorista pareciera desconocer la historia de las drogas en las distintas guerras en el mundo. “Siempre las drogas han estado en contextos de guerra. Sabemos que en las guerras de secesión en Estados Unidos había consumo de heroína, que los kamikazes japoneses consumieron anfetaminas y que, en la Primera y Segunda Guerra Mundial, la venta de cocaína por parte de las farmacéuticas para los ejércitos de todos los bandos era una realidad”, indica. También recuerda que la heroína fue ampliamente consumida en la guerra de Vietnam por parte de los norteamericanos; que la pervitina, una anfetamina, fue usada por el ejército nazi en Alemania en su avance por Europa; que en Colombia la guerrilla, el Ejército y los paramilitares han consumido drogas, “ya sea para tomar fuerza para la guerra o para sobrellevar el dolor y el trauma que les produce”.

En ese sentido, el captagón hace su presencia en los países de Medio Oriente invadidos por Estados Unidos, como Afganistán, así que no es una gran novedad la que señala el fiscal, aunque sea nuevamente imprecisa en la incautación mencionada.

La principal diferencia de los dos fentanilos, explica el investigador, es que el fentanilo que se encontró en Colombia es un medicamento que ha ayudado mucho a la sociedad para el control del dolor y ha servido a muchas personas a morir dignamente en salas de cuidado paliativo. Este es un medicamento, pero al mostrar una ampolleta en televisión y calificarla como droga crea un estigma sobre el medicamento y sobre las personas que lo usan, tanto el personal de la salud, como quienes se benefician de él. Lo más complicado en este sentido es que posiblemente con estas noticias una persona que esté lista para una cirugía o que esté sufriendo con el dolor y le ofrezcan fentanilo, lo rechace por considerarlo una droga.

Lo que circula en Estados Unidos es diferente. Ese fentanilo proviene de fabricación, diseño y circulación en el mercado ilegal. Por esta razón es muy difícil conocer su composición y contener sus efectos negativos. Eso es lo que lo hace peligroso. Esta es la razón por la que se debe plantear esa gran diferencia.

La crisis del fentanilo en Estados Unidos, un origen deshonroso 

El pánico ante el fentanilo sintético de fabricación ilegal responde a unas características muy específicas de lo que ocurre en Estados Unidos. Cada vez hay más evidencia, fallos judiciales e indemnizaciones que demuestran la relación perversa que dio origen a la crisis de salud pública que se vive en la actualidad en ese país.

A mediados de la década de los noventa, las farmacéuticas crearon agresivas estrategias de mercadeo para posicionar las pastillas de oxicodona a través de la formulación que muchos médicos recetaron a diestra y siniestra para cualquier tipo de dolor. Se sabe que las farmacéuticas ocultaron información sobre la alta dependencia que generaba la oxicodona. Aparte de esa relación deshonrosa entre farmacéuticas y médicos, y la falta de control de los entes del gobierno como la FDA, la cultura de alto consumo de drogas legales e ilegales en Estados Unidos creó un ambiente perfecto para la gran dependencia que en los últimos años llevó a que el fentanilo encabece la lista sustancias que provoca muertes por sobredosis.

En principio, el contexto de Colombia y otros países latinoamericanos no es ese. No hay una dependencia generalizada en el uso de pastillas como existe en Estados Unidos, ni una dependencia a los opioides tan fuerte. Otro aspecto relevante para marcar diferencias entre la crisis de los opioides en EEUU, tiene que ver con el mercado. El fentanilo apareció como un sustituto de los opioides de alto costo, como la heroína, en las calles. En países como Colombia, la heroína es más barata en relación con el mundo, así que como explica Quintero, es difícil que esta sustancia llegue o se posicione en Colombia. “Traer fentanilo de China o de México puede no ser tan rentable frente a un mercado donde la heroína está posicionada y es de gran calidad a precios muy bajos”.

Los Estados pueden prepararse para posibles crisis de opioides

La experiencia y rigurosidad de proyectos como el de Acción Técnica Social les permite identificar dos estrategias exitosas que han sido implementadas desde la sociedad civil por más de 10 años. La primera es ampliar, mejorar y profundizar los servicios de análisis de sustancias para los usuarios, porque es allí donde se descubre qué se está consumiendo realmente. Es fundamental que se incorporen técnicas para identificar el fentanilo, especialmente en contextos donde hay consumo de tusibí o donde hay consumo de heroína, especialmente con organizaciones de la sociedad que tienen la capacidad de llegar a espacios como las fiestas.

Lo segundo que menciona es la importancia de permitir el acceso y la distribución de naloxona en los espacios de consumo de opioides. “Necesitamos empezar a regalarle naloxona a los familiares de los que consumen, también tener naloxona en los hospitales y otros lugares porque este es el medicamento que revierte los efectos negativos de los opioides”, explica el investigador. Este medicamento es antídoto contra los opioides en casos de sobredosis y es de uso seguro por diferentes vías. Esas dos estrategias que desde su organización han impulsado en Colombia, se adoptaron recientemente en Estados Unidos y Canadá. “Solamente hasta el año pasado en Estados Unidos fue reconocida como una estrategia válida porque allá no se podía regalar naloxona, ni analizar drogas hace cuatro años. Hoy en día ya se puede hacer”.

Más allá del fentanilo, Julián Quintero aprovecha para reiterar la necesidad de que se eduque a la sociedad sobre la identificación y la gestión de las sobredosis. Una estrategia implicaría que el Gobierno empiece a pensar en zonas de consumo supervisado, especialmente para las personas que usan heroína u opioides en contextos de riesgo, es decir, a quienes la usan en las calles o las usan solos, pues la mayoría de las personas que mueren en Estados Unidos por fentanilo no solo mueren por la sustancia, sino “porque son pobres, porque nadie les pudo aplicar una inyección de naloxona, porque estaban solas. Lo que hay que evitar es que la gente que consume opioides se muera sola”.