La formación en piano clásico de Duplat es el cimiento de su propuesta sonora. Al pasar al pop no dejó atrás la complejidad técnica ni la emotividad clásica; las fusionó con la frescura del género moderno. Su álbum Mosaico pirata refleja esta visión: inspirado en compilados piratas de los 90 —mezclas de Maná, Cerati y Bee Gees—, su estilo conecta nostalgia e innovación. “Quería algo retro, pero no un pastiche. Es un diálogo entre lo que crecí escuchando y lo que quiero escuchar hoy”, contaba a ROLLING STONE en Español en 2024.
El disco navega entre arreglos orquestales y synth pop ochentero, creando un universo sonoro que desafía etiquetas. “Ser artista emergente en Colombia es una cultura ‘chimba’, pero no es sostenible. Quiero que mi música hable por sí misma”, afirma. Por eso produjo casi todo el álbum solo, encontrando en Uriel Dorfman (excolaborador de Cerati) un aliado que respetó su visión.
Su enfoque lírico también refleja esta filosofía: evita la poesía pretenciosa y opta por mensajes simples pero profundos. “No quiero sonar a cantautor trillado. Mis letras son honestas, como conversaciones con el oyente”, comenta. Esta accesibilidad, sumada a capas instrumentales ricas, permite que su música resuene tanto en un teatro como en las calles de Bogotá.
Y no solo canta desde Bogotá, sino sobre ella. “Es una ciudad noire, como la retrata Mario Mendoza”, dice. Su música incorpora la melancolía y el ritmo acelerado de la urbe, conectando con otras capitales latinoamericanas. “Tiene algo de Buenos Aires, de Ciudad de México, incluso de lo británico”, concluye.


