El canon

Una reflexión en torno a los parámetros que la industria del entretenimiento y las redes sociales nos imponen en la actualidad

Por  JUAN SEBASTIÁN GAVIRIA

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Sako Asko

En la película Whiplash, hay un momento donde el impetuoso baterista Andrew Neiman se sienta a cenar con su familia. Enuncia que la orquesta de jazz de la que es un nuevo miembro va a participar en varias competiciones musicales, y entonces es interrumpido por Travis, un chico popular, jugador de fútbol americano, quien le pregunta: “¿Pero, cómo puede alguien ganar una competición musical? ¿Acaso no es un asunto subjetivo?”.

No es que Andi se quede pensando, más bien parece procesar que le hayan hecho una pregunta tan ridícula. Tras una incómoda pausa, dispara: “No.”

El momento llega y se va, la historia sigue, pero en esos escasos segundos de diálogo se encuentra escondida una de las premisas filosóficas más potentes de la película. ¿Pueden la música, la pintura, la literatura y el cine ser evaluados objetivamente? Y de ser así, ¿cuáles son los estándares a tener en cuenta?

Toda mi vida me he preguntado qué cualidades caracterizan al arte que trasciende, que resiste el embate del tiempo, que corta a través del ruido, que se diferencia abismalmente de la comida chatarra que la industria del entretenimiento escupe como carnes procesadas a una velocidad desconcertante.

Solo en muy raras situaciones, el buen arte es el más aplaudido. Generalmente se esconde. Por defecto, elude el paladar popular. Pero han existido casos donde la calidad artística converge con el gusto de las masas: todavía me sorprende y consuela que el infame y maravilloso Louis Ferdinand Celine sea el escritor francés más leído del mundo, después de Marcel Proust.

En una entrevista, el cineasta Park Chan-wook dijo que el arte no es un lugar para la pasividad, y agregó que para eso están los espás. Ahí yace un excelente criterio para evaluar el arte. Una buena obra nos obliga a trabajar, poniéndonos una pala en la mano, a ver qué tan hondo estamos dispuestos a excavar en el corazón humano. Si nos hallamos cómodos, lo más probable es que el artista no haya sabido, o podido, enfrentarnos a nuestros demonios. Y si ese es el caso, cabe preguntarse por qué no se quedó callado. La potencia del arte no tiene nada que ver con su capacidad de divertir.

Toda época tiene sus grandes artistas. Sus perros bravos. Admirables en su peligrosidad. Rompen el molde. Hacen preguntas que brillan como ganzúas. Y para esto, deben remar a contracorriente. Luchando a muerte contra los cánones de su tiempo. Un artista que abogue por los ideales de su cultura, en lugar de cuestionarlos, está hablando con un pie en la boca. Y no el suyo.

Ventrílocuos es lo que hay. Nietzsche dio en todo el clavo al llamarlos “ayudas de cámara de las morales de turno”. Una afirmación que se vuelve truculenta si tenemos presente que los cánones artísticos floreciendo en la superficie hunden raíces ponzoñosas en la contracultura. Quizás a esto se debió el desengaño de Hunter S. Thompson, quien -a pesar de compartir un gusto por las drogas fuertes con los escritores y músicos contemporáneos- se dio el lujo de empuñar las armas mientras los hippies tapizaban el mundo de flores y cuerpos desnudos. También puede verse un caso radicalmente opuesto en Gabriel García Márquez, cuya compinchería con el dictador Fidel Castro le ganó la simpatía de toda una generación de intelectuales con vergüenza de cuna.

Sako Asko

En su libro El arte de la novela, Milan Kundera dice que la escritura es un lugar para hacer cuestionamientos, y acceder por medio de estos al imperio de la relatividad. Una premisa severa. Porque en nuestro mundo todos ofrecen soluciones y escupen respuestas, pero muy pocos saben cuestionar la validez de nuestros supuestos problemas. El buen arte no nos agrede, ni mucho menos, pero es fácil pensar que lo hace, pues ataca nuestras taras, nuestras éticas heredadas en la ceguera de la tradición, nuestras convicciones fáciles. Cualesquiera sean los valores estéticos y morales de una u otra cultura, es trabajo de los verdaderos artistas cuestionarlas hasta el quiebre. Porque no hay nada más peligroso que las certidumbres. Todo lo que nos ancla, todo lo que nos hace sentir que hemos hecho cumbre, todo lo que nos invita a permanecer estáticos es veneno puro. Sepulcros. Eso son nuestras verdades.

¿Y cuál es el canon actualmente? El panorama no es muy esperanzador. Nunca antes en la historia de la civilización la fama había sido tan sobrevalorada, ni tan accesible. Esto ha llevado a que los mismos artistas se vean intoxicados, más de lo usual, con un afán de aceptación. Todas nuestras redes sociales tienen ese aire púber de un aula de clases donde los alumnos se pelean por ser la rubia más popular, o el chico que la llevará al prom.

La cosa es igual en nuestros festivales de cine, galerías, y ferias literarias, donde nada tiene que ver con la creación, y todo gira en torno a la vanidad. No es ningún secreto que el camino más corto hacia la admiración es la condescendencia. Son pocos los que gruñen. Más escasos aún los que muerden la mano que los alimenta. Y hoy, mientras las personas se convierten en vallas publicitarias vivientes en Instagram, cabe preguntarse si los artistas serán capaces de dejar de envidiarlas, y abandonar la creatividad en pos de un poco de auténtica creación. Algo que haga rodar cabezas. Algo que nos muestre al ser humano como ese animal capaz de inspirar algo de miedo. Y sí, de respeto.

En la novela Fahrenheit 451 hay un pasaje donde le preguntan a Montag si acaso puede bailar más rápido que el Payaso Blanco, o gritar más duro que Mr. Gimmick, símbolos del entretenimiento fácil en la historia. Esa pregunta no solo es para Montag. Y la respuesta es sencilla. No podemos. Y nuestro más grave error sería rebajarnos a intentarlo. 

Alguna vez, el canon lo estableció la iglesia. Luego, un puñado de vejetes obsesionados con la forma y el estilo. Críticos. Expertos. La rancia academia. Después fueron reemplazados por la industria. Literaria. Musical. Cinematográfica. Actualmente, el canon lo marca el afán de aceptación, followers, likes, fans, entrevistas…

Es una ley tácita: popularidad o muerte. 

Pero hay esperanza en ese otro canon milenario e inmutable que ha sido escrito con sangre y mierda en las paredes de los calabozos donde acaban, tarde o temprano, los parias de la cultura. Bajo este se han regido, y con ganas, artistas como Pier Paolo Pasolini, Sade, Bukowsky, Stanley Kubrick, John Fante, Foucault, Bataille, Nabokov, y tantos otros. Son sus huellas, y no las de las almas pusilánimes que cantaban himnos a ideales fáciles a cambio de fama y dinero, las que permanecen hoy grabadas en la piedra volcánica de la historia. Siempre podremos acudir a ellos. Siempre podremos seguir su ejemplo. Siempre podremos recordarnos unos a otros que, mientras nuestra cultura sucumbe en la autosatisfacción y el más absurdo de los antropocentrismos, nunca es tarde para empuñar el micro, el lápiz o el pincel, y salvarnos de acabar convertidos en una causa común. En otro hashtag de moda.