Edson Velandia, El karateca santandereano

“Si algo tengo que sé que es mío es mi pueblo”, dice el santandereano, en una entrevista exclusiva para ROLLLING STONE

Por  IGNACIO MAYORGA ALZATE

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Leo Carreño

Edson Velandia es hoy por hoy uno de los músicos más inquietantes del panorama musical colombiano. Desde su trabajo en Cabuya, pasando por todas las rarezas sónicas que ha explorado con su banda La Tigra y su trabajo con el Jardín infantil La Ronda en Sócrates, el músico santandereano, residente en Piedecuesta, ha construido un universo propio en que converge la lúdica mordaz de un lenguaje único con una profunda exploración de los instrumentos musicales y, sobre todo, un justo sentido de la (auto)crítica cargado de una dolorosa ironía que obligan al escucha a cuestionarse sobre los vicios de una sociedad atávica y pacata, anclada en la malsana costumbre de pensarse inferior con relación al resto del mundo. Con disciplina oriental y después de haber soportado los golpes de las circunstancias una y otra vez, el músico no flaquea en su empeño de crear una música libre, sin arraigos nacionalistas o con la obligación de pegar en la radio.

Por estos días el cantautor está en un ritmo tan ajetreado como siempre. El regreso de Velandia y la Tigra, sumado a la promoción de su primer trabajo solista, El karateca, tiene al músico corriendo de un lado a otro por toda la geografía nacional. Aprovechamos para hablar en una de sus visitas a la capital con el artista que no se calla lo que piensa, ya sea sobre el estado de la música contemporánea o el idiotismo detrás de las actitudes nacionalistas, sobre la construcción de su proyecto solista y de los planes con La Tigra. Esto fue lo que nos contó el avezado trovador de la rasqa.  

Comencemos hablando del disco. Es usted solo con la guitarra. ¿Cómo se da eso? Una de las cosas que llamaban mucho la atención de los discos con la Tigra es que había una orquesta y un interés en crear unos paisajes únicos. 

Fue una cosa orgánica: yo compuse las canciones e intenté montarlas con la banda pero no me sonaban bien. Las canciones mismas tenían su identidad, su necesidad y yo sentía que eran con guitarra, que cualquier otra cosa sobraba. Entonces lo que yo hice fue hacerles caso, dejar que ellas respiraran solitas y tomar esa decisión, nunca dejarme llevar por una decisión estratégica de decir “Es mejor hacer un disco con la banda y que esto suene más gordo, más rockero y que la gente rumbee”, sino que las canciones solitas sean y yo dejar que ellas existan, que la intuición mande. Yo sentí que todos estos temas eran así. Yo empecé mi carrera como músico solo con la guitarra, pero no volví a ese formato nunca, hice bandas, hice Cabuya, hice Velandia y la Tigra, Velandia Big Band, Velandia y su Orfestra, he hecho cosas para orquestas sinfónicas, una ópera. No había regresado al formato acústico solista. Solito el ciclo se dio y lo único que hice fue aceptarlo. 

Hay algo muy bonito del hombre y su guitarra y es el hecho de contar historias. Incluso con el Cancionero Rasqa, es la tradición de la trova. ¿Siente que por la naturaleza de querer volver a la guitarra fue que se dieron esas canciones?

Yo la verdad no sé cómo se dio. Es una cosa misteriosa. Yo no codifico eso, se va dando solito. Hay un montón de circunstancias que también van influyendo: hice una familia, tengo mi esposa, tengo mis hijos, vivo en el campo, tengo menos acceso a la vida urbana, es más difícil encontrarme con músicos y ensayar. Tengo mi guitarra a la mano y trabajo así, vivo cosas rurales, tengo la influencia de esa vida familiar que me nutre de otras historias, todo eso va en conjunto. Se van organizando otras ideas. Entonces salió solito, yo no lo pensé. 

Sí tengo una influencia grande de la picaresca, de la crónica, del poema llanero y de la poesía popular en general, que me heredó mi papá. Él es poeta popular, cuentachistes y yo crecí oyéndolo crear sus cosas, declamar, hacer libretos cómicos para radio, hacer poesía popular en rima, escuchar la música que a él le gustaba. Él tiene su grupo de música popular campesina. Todo eso me influenció muchísimo y, durante mucho tiempo, traté de irme por otra tendencia pero, al final, me di cuenta que tenía que regresar a ese antecedente familiar, encontrar mi naturaleza y crear algo honesto. Todo lo que tiene que ver con la letra está cimentado en lo popular, en la crónica y en la rima.

Eso me lleva a pensar en los procesos de composición de este disco. Pensemos en canciones tan líricas como Trucha y Cheila en la que está muy presente la preocupación por que exista una estructura que rija su esencia, en este caso canciones con la letra Ch, ahora que hablamos de la poesía y de la rima.

Sí, es un juego. Digamos que después de que has hecho tantas canciones resulta una incógnita sobre cómo hacer otras. Nunca hay una fórmula. Leonard Cohen decía que si hubiera una fórmula para hacer canciones, él haría más. Pero no hay. Entonces yo me propongo muchas veces, no siempre, cuando no tengo una salida, una regla. “Esta la vamos a hacer con la letra Ch”. Y me divierto. Ya sé lo que voy a contar, ya sé que voy a hablar del despecho de Trucha, pero realmente no sé cómo lo voy a contar, qué voy a decir, no sé de esa historia qué voy a poner en la canción. Porque es una historia mucho más amplia de lo que la canción cuenta. Entonces qué de eso puedo contar. Entonces empieza la cosa como quien hace una escultura y empieza a quitarle a la piedra lo que le sobra y ahí va saliendo. Y hay un punto en que tú dices “Ya está, ya no la molesto más, ya no le doy más cincel a la piedra”. Pero es una aventura siempre. Igual pasa con La infiel que es solo con palabras agudas. Es una necesidad obviamente de escribir una historia. Esa historia específica de una mujer que recibe a su amante cada mañana cuando el marido se va a trabajar, y esa relación dura durante años sin que nadie lo note. A la vez es como un culto a la lúdica, a la libertad, así sea secreta. Entonces cuando uno tiene claro todo eso concepto y toda esa retórica no le sirve para nada [risas]. Toca agarrarse de una herramienta, en mi caso me pongo una regla. Y ahí me entretengo y se vuelve la cosa interesante y artesanal. Esa es la gracia. 

¿Y el título de El Karateca de dónde sale?

Es el título de una canción del disco. Es un momento de crisis en que me encuentro atropellado contra la realidad, con la imposibilidad de hacer lo que le impone a uno la vida a veces. Entonces hago una canción que desafía toda esa realidad y que se ríe de toda esa posibilidad de enfrentarla como un karateca, pero finalmente termina siendo un chiste porque es una forma de zafarse uno de la crueldad de la realidad que a veces te oprime, que no te deja crear, que no te deja hacer. 

Recuerdo mucho todo el tema que rodeó el estreno de La bacinilla de Peltre en el Teatro Colón en diciembre. Fue todo un éxito, a la gente le encantó, pero había un sector godo criticando el hecho de que se presentara en ese espacio. 

Yo traté de aprovechar esa situación, esa inconformidad de alguna parte del público, para alertar al resto de la gente, que yo sé que es la mayoría, que quiere una transgresión, sobre la necesidad de ir a ver la obra. Traté de hacer más visible y más importante esa inconformidad de un sector.  Porque Shakespeare también era vulgar y era, al mismo tiempo, cortesano. Es que nosotros tenemos un puto vicio occidental muy aburridor, conservador y marica de lo conveniente, de lo políticamente correcto. Eso nos tiene presos como sociedad, nos tiene como vasallos de los juicios de otros. Y eso ha acabado con todo: con los recursos naturales, con la vida de otros. Es muy cruel. Y parece tonto. Eso tan simple como una obra de teatro pareciera una cosa al margen, pero no: hace parte de toda esa concepción conservadora y criminal de nosotros hacia nosotros mismos, de creernos inferiores, de creernos simplemente receptores de la información del resto del mundo. No creemos que podemos ser innovadores, científicos, precursores, descubridores de cosas. Solo somos consumidores. De lo contrario aquí habría laboratorios enormes de ciencia y conservatorios mucho más poderosos, academias de arte y escuela de deporte, pero no. Nosotros solo estamos a merced de lo que descubran los demás y aquí no se invierte en eso, acá solo explotamos para que otros se lucren. 

“Aquí vivimos el calor y vivimos la sátira, la ironía, la broma, la crueldad y eso es otra cosa”

Entonces lo mismo pasa con el arte. La obra mía va a estar al margen, o va estar como una obra menor, una obrita, mientras no exista un personaje en Europa que la haga también y entonces se convierta en tendencia. La mía no es tendencia. La mía es mi obra. Pero existe ese paradigma culo, nuestro, colombiano, de que lo nuestro es provincial y que lo nuestro es tercermundista. Eso es interesante también porque tenemos una lucha clara, tenemos un dónde ir, tenemos qué derrumbar, tenemos a qué disparar y hay que dispararle a eso, tumbar eso, esos paradigmas estúpidos. Y la obra parece una obra chistosa, no sé qué tanta gente se detiene a analizarla más allá porque parece una obra de El chavo del 8. Y tiene esa estética del Chavo porque ese es nuestro lenguaje y por eso Chespirito es grande, y seguirá siendo apenas un grande de la comedia hasta que la historia le dé su lugar como un grande del arte. Esa es nuestra estética, esa es nuestra voz, ese es nuestro lenguaje, esa es nuestra forma de decir. Estamos en el Trópico, no estamos en las estaciones europeas, en los países nórdicos. Aquí vivimos el calor y vivimos la sátira, la ironía, la broma, la crueldad y eso es otra cosa. Es una tarea larga la de darnos la pela, y seguro me voy a morir y no voy a ver que eso cambie pero no pasa nada, hay que seguir abonando un terreno para que un día la gente, o esta cultura, se transforme en algo libre. Porque estamos presos de la tendencia. 

Pero tampoco ha sido su prerrogativa buscar ser tendencia. 

Para nada, eso es lo que digo. No estamos en las tendencias. 

Con relación a la música nacional es claro que hay un crecimiento de artistas en tiempos recientes. Sin embargo, muchos de ellos vienen con plata inyectada desde los cuarteles de las grandes disqueras en Miami o en cualquier otro lado del mundo. ¿Cómo ve usted todo eso?

Yo aborrezco todo lo que sea nacionalista y patriotista y odio todo lo que se llame colombiano. No porque sea colombiano sino porque no me identifico con una frontera y una división política. Yo soy ecuatoriano, venezolano y boliviano también. Yo no soy colombiano. Por eso me arraigo en mi pueblo, porque si algo tengo que sé que es mío, es mi pueblo. Esa es mi identidad, ahí crecí, ahí viví, reconozco a las personas con las que me críe. Realmente ese es mi paisaje, mi nación, ahí nací. Todo lo demás me es ajeno y tengo que respetarlo y reconocerlo y si puedo visitarlo está muy bien. Por eso no puedo tolerar que algo se llame colombianista o colombiano, porque eso es facho, eso es considerar que de la frontera pa’ lla eso ya no es mío, eso ya no me pertenece, eso ya no lo tengo que proteger, no lo tengo que cuidar, no tengo que defenderlo. Y sí: tengo que defenderlo también. Yo no comparto nada del movimiento actual nacional. No lo promuevo y no estoy en esa onda. Yo no hago música colombiana. Yo hago la música mía, la de mi casa. 

Y a todo el mundo le pasa: al de Bolivia le ponen el rubro de boliviano y al de Argentina el de argentino pero es una trampa estúpida porque ahí nos están cazando, nos están oprimiendo, nos están limitando, nos están diciendo hasta dónde somos lo que somos. Y nos heredan una carga de discursos históricos que son criminales y que son sangrientos. Eso no hay que aceptarlo. Entonces ese boom nacional que se ha dado es valioso, yo lo valoro también porque es un esfuerzo que han hecho los músicos también por hacer su carrera, y no lo voy a demeritar. Lo valoro porque yo he hecho parte también de eso, también hemos trabajado y aportado por que haya una escena que se valga por sí sola, y hay amigos que han logrado cosas grandes y que giran por el mundo entero. Eso está muy bien. Lo que no está bien es que eso se abandere como una causa nacional, como un resurgir nacional. Que a estos artistas que a fuerza de su propio empeño triunfaron y se convirtieron en tendencia, ahora sí los valoramos como nuestros. Y luego se comprime, se convierte en un café Juan Valdez. Todo eso que es orgánico, que es rural, que es campesino, que es artesanal, que es visceral, al momento que por méritos propios logra posicionarse entonces hay que volverlo un tinto Juan Valdez y venderlo en el mundo entero porque este sí está acreditado, y es Marca Colombia con el 70 por ciento de ganancias a empresas norteamericanas.

Entonces volvemos a lo mismo de extraer nuestro petróleo y regalárselos a todos y esas maricadas. Sin embargo, yo de verdad espero que todos esos músicos que están trabajando realmente se estén beneficiando y mejorando su vida. Pero a lo que me refiero es más al fenómeno psicológico, mental, de comprobar que lo nuestro es bueno porque ya está afuera, porque afuera lo aprobaron. Necesitamos que en afuera digan que sí, necesitamos que Mariana Pajón se gane una medalla olímpica para saber que nosotros tenemos deportistas grandes. No es porque ella se haya ganado la medalla olímpica que tenemos deportistas grandes. Tenemos deportistas grandes porque cualquiera puede ser un deportista grande si tiene las condiciones para trabajar duro, pero no necesitamos créditos de nadie afuera. Esa es la vuelta. Es una cosa muy ambigua, muy marica, que la gente piense que hay que aprovechar el boom de la música colombiana y seguir vendiendo el mismo exotismo y la misma maricadita del indio con el penacho, el negro y el afro tal y el no sé qué, lo étnico, la world music. Eso es una basura. 


“Por eso no puedo tolerar que algo se llame colombianista o colombiano, porque eso es facho, eso es considerar que de la frontera pa’ lla eso ya no es mío”


¿Por qué los europeos son universales y nosotros somos world music? Porque ellos fueron los que pusieron el nombre y nosotros nos dejamos. Y entonces nos pueden meter en un CD con gente del Congo y de Senegal y ellos son las vanguardias. Porque ellos manejan la industria y la clasifican así. Pero, ¿cuál música no es del mundo? Yo no he escuchado música marciana, la música de los ingleses también es del mundo. Es una gran manipulación, es terrible, porque eso obliga a que los músicos de acá también clasifiquen su música como world music y están cayendo en la trampa de dejarse clasificar y de renunciar a la posibilidad de ser los dueños del mercado para ser unos beneficiarios. No puedo con eso. Y eso me ha causado grandes dificultades. Porque no voy a tolerar esa mierda, no voy a tolerar que metan una máquina a mi casa a sacar petróleo y se lo lleven y a mí me den por la cabeza. Porque la música mía es mi música y vale tanto como la de Michael Jackson y la de Led Zeppelin, sin demeritarlos a ellos porque los admiro mucho, pero la mía también vale y no necesito que venga Jimmy Page a decírmelo. Lo digo yo. Y ahí está. Y ya está. 

¿Por qué decidió hacer el lanzamiento de El karateca con Marc Ribot?

Se presentó la oportunidad de hacer así el evento y no tuve duda. Ni un instante. Fue una fortuna porque yo lo admiro mucho. No solo musicalmente sino por su posición política, su resistencia y su actitud hacia la defensa de los músicos. Es un duro social y políticamente. Yo solo podía agradecer y aprovechar esa oportunidad.

¿Y la Tigra?En marzo del próximo año lanzamos disco con la Tigra, se llama Burro Viejo. Ya está todo compuesto, está pre producido y estamos a punto de grabarlo. Este año voy a trabajar con El karateca e ir con el proceso de Burro viejo con calma, para no apurarlo, para no afanarlo. Suave. Estamos con Henry Rincón en la batería, Daniel Bayona en el bajo y Jorge León Pardo en la trompeta. Esa es la banda. Nunca hubo banda: hubo banda con ellos. La anterior fue una banda de músicos invitados siempre. Hasta que aparecieron ellos y realmente se conformó. Uno tiende a pensar que esta es la segunda conformación de la banda, pero realmente es la única que ha habido. Es la única que ha habido [risas].