Crítica: Un portero muy improbable

Una película cálida y sencilla que encuentra en la empatía, más que en la competencia, su mejor victoria.

Mike R. Ortiz 

/ Danilo Guardiola, Jorge Campos, Raúl Jiménez, Jaime Lozano, Marco Fabián

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de HBO MAX

El trastorno del espectro autista nunca ha sido el principal obstáculo para miles de niños y adolescentes. Lo han sido el bullying, la exclusión, las miradas de desconfianza y una sociedad que con demasiada frecuencia confunde la diferencia con la incapacidad. En ese contexto, Un portero muy improbable encuentra una razón de ser que va mucho más allá del fútbol y que tiene que ver con recordar que los sueños también pertenecen a quienes durante años han escuchado que ciertas metas no fueron hechas para ellos.

Martín Gutiérrez (Danilo Guardiola) posee una extraordinaria capacidad para interpretar trayectorias, velocidades y movimientos. Ese talento termina encontrando un lugar natural en la portería, donde cada disparo deja de ser un acto de intuición para convertirse en un problema matemático. Cuando obtiene la oportunidad de integrar el equipo de un prestigioso colegio y acercarse al fútbol profesional, descubre que los balones son mucho más fáciles de detener que los prejuicios de quienes lo rodean.

Mike R. Ortiz (Águila y Jaguar: Los guerreros legendarios) construye una película profundamente familiar. Su recorrido resulta canónico y predecible, pero esa decisión también le permite concentrarse en el mensaje sin distraerse con artificios innecesarios. El interés nunca está en sorprender al espectador con giros espectaculares, sino en acompañar el crecimiento de un muchacho que busca ser reconocido por sus capacidades antes que por su diagnóstico.

Guardiola realiza una interpretación sensible y convincente que evita convertir a Martín en un estereotipo. Su personaje transmite ansiedad, frustración, ilusión y alegría con una naturalidad que sostiene buena parte de la película. El fútbol tampoco aparece únicamente como espectáculo. La elección de un portero como protagonista resulta particularmente acertada: mientras casi todas las historias deportivas celebran al goleador, aquí el héroe es quien resiste, quien soporta la presión y quien entiende que una sola atajada puede cambiar el destino de un partido.

La presencia de Jorge Campos, Raúl Jiménez, Jaime Lozano y Marco Fabián aporta autenticidad al universo futbolístico, pero también establece un puente con una realidad que muchas veces permanece invisible. En los créditos finales, la película nos recuerda que el autismo también forma parte del fútbol profesional. Casos como los del exfutbolista Greg Halford, quien ha hablado públicamente del diagnóstico tanto de él como el de su hijo, o el de Lucy Bronze, quien ha explicado que ella misma está dentro del espectro, ayudan a comprender que la neurodiversidad no impide alcanzar el alto rendimiento deportivo.

Un portero muy improbable no aspira a cambiar las reglas del cine deportivo mexicano. Su apuesta es mucho más modesta y, precisamente por eso, efectiva. Es una película amable, emotiva y fácil de ver que entiende que el deporte puede ser un escenario privilegiado para hablar de inclusión sin convertir a sus personajes en discursos ambulantes. Quizá no alcance la fuerza de clásicos del fútbol mexicano como Atlético San Pancho, El chanfle o Rudo y cursi, pero deja algo igual de valioso, la certeza de que, para muchos niños que alguna vez se sintieron fuera de lugar, verse reflejados en la pantalla también puede convertirse en una forma de esperanza.

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