Crítica: Star Wars: The Mandalorian and Grogu

El director de Iron Man recupera el espíritu aventurero, artesanal y emocional del mejor Star Wars para demostrar que la saga todavía puede emocionar.

Jon Favreau 

/ Pedro Pascal, Sigourney Weaver, Jeremy Allen White, Martin Scorsese, Jonny Coyne

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinecolor

Desde su primera temporada, The Mandalorian dejó claro que no quería ser simplemente otra expansión corporativa de Star Wars, sino un regreso a las raíces cinematográficas que inspiraron originalmente a George Lucas. La serie toma muchísimo del género de samuráis, especialmente de Lone Wolf and Cub con su guerrero errante y lacónico que atraviesa territorios hostiles mientras protege a un pequeño indefenso que termina convirtiéndose en su razón de existir. Din Djarin y Grogu son, esencialmente, una variación galáctica de ese vínculo entre padre e hijo atravesado por la violencia, la lealtad y el aprendizaje emocional.

También hay ADN puro del western clásico. La figura del pistolero solitario recuerda tanto al héroe cansado de Shane que protege a ese niño ilusionado y optimista, como a los mercenarios ambiguos del spaghetti western de Sergio Leone y Sergio Corbucci, especialmente A Fistful of Dollars y Django. El Mandaloriano entra a pueblos polvorientos, acepta trabajos peligrosos y se mueve por un universo donde la ley siempre parece insuficiente. Favreau y Filoni entienden algo que muchos olvidaron. Star Wars nació menos como ciencia ficción dura (2001: A Space Odyssey, Solaris) y más como una mezcla romántica de western, aventuras pulp y funciones baratas de matiné.

Por eso la película también recupera el espíritu de aquellos seriales de ciencia ficción y aventuras que marcaron a Lucas como Flash Gordon, Buck Rogers, Spy Smasher o Don Daredevil, con sus episodios llenos de persecuciones, explosiones, héroes imposibles y cliffhangers permanentes. Y eso es exactamente The Mandalorian and Grogu: Una aventura que jamás se detiene.

Lo más hermoso es que Jon Favreau y Dave Filoni aman profundamente este universo y ese cariño se siente en cada plano. No hay cinismo aquí. No hay distancia irónica. Hay entusiasmo genuino por contar una historia de aventuras espaciales donde un cazarrecompensas debe rescatar a Rotta The Hutt, el hijo del infame y difunto Jabba de The Return of the Jedi, mientras se enfrenta a criminales, gladiadores monstruosos y remanentes imperiales. La película entiende que Star Wars siempre funcionó mejor cuando avanzaba como un relato de movimiento constante, donde cada planeta ofrece una nueva amenaza, una criatura extraña o un personaje inolvidable.

Y hablando de personajes inolvidables, Rotta The Hutt resulta una sorpresa maravillosa. Lejos de ser solamente un guiño nostálgico al legado de Jabba, la película lo convierte en una figura trágica y carismática, atrapada bajo el peso del apellido familiar. Jeremy Allen White, el gran actor de esa magnífica serie conocida como The Bear, le da una personalidad vulnerable y fuerte al mismo tiempo, mientras el guion lo usa para hablar sobre identidad y herencia sin caer en solemnidades exageradas.

El reparto también aporta muchísimo. Pedro Pascal reafirma por qué su Din Djarin funciona tan bien. Debajo de la armadura hay cansancio, nobleza y melancolía. Sigourney Weaver, la emblemática Ripley de Alien, entra al universo Star Wars con total autoridad, mientras la aparición de Martin Scorsese como un neurótico mono alienígena de múltiples brazos atendiendo un camión de comida es simplemente deliciosa. Después del histórico desencuentro por Marvel, resulta fascinante ver a Scorsese compartir juego con Favreau, el director de dos poderosas entregas de Iron Man, y unirse así a Werner Herzog como otro gran autor seducido por esta galaxia.

También hay ecos permanentes del cine bélico clásico y del peplum. Las batallas aéreas recuerdan a Flying Tigers con John Wayne y a series como Baa Baa Black Sheep (conocida en español como Los tigres voladores), mientras la arena de combate evoca películas como Demetrius and the Gladiators o Spartacus. Incluso se siente la influencia de Apocalypse Now, especialmente en un momento con Grogu que constituye un guiño precioso, considerando la amistad histórica entre Coppola y Lucas. Después de Game of Thrones y Gladiator II, Pascal parece haber encontrado un gusto por las arenas y los héroes exhaustos.

Otro gran acierto es el uso de efectos prácticos y criaturas físicas. Hay textura, peso y calor humano en este universo. Las marionetas, disfraces y animatrónicos hacen que todo se sienta vívido y tangible. Después de años de megaproducciones digitales frías y sobreprocesadas (estoy hablando de ti, trilogía de precuelas), esta película recuerda por qué las criaturas espaciales con espíritu de Muppets siempre fueron el corazón de Star Wars

Grogu (también conocido como Baby Yoda), sigue siendo adorable, pero además la película entiende cómo usar su ternura sin convertirlo en un simple producto de mercadeo. Hay momentos pequeños entre él y Din Djarin que tienen más humanidad que películas enteras de franquicias modernas.

Aquí vale la pena decir algo que puede alterar a quienes lleguen a leer hasta aquí. Muchos de los fanáticos tóxicos de Star Wars jamás estarán satisfechos. Estoy hablando de los mismos que hoy defienden ciegamente las precuelas de George Lucas, unas películas visualmente sintéticas, rígidas y emocionalmente frías, mientras atacan injustamente la trilogía secuela por recuperar precisamente aquello que hizo grande a la saga con su sentido de la aventura, la emoción, la imprevisibilidad, el humor, el dinamismo y los personajes vulnerables y mortales. Star Wars: The Force Awakens, Star Wars: The Last Jedi y Star Wars: The Rise of Skywalker entendían que Star Wars debía sentirse viva, no como un museo digital de lo obsoleto lleno de pantallas verdes.

En ese sentido, The Mandalorian and Grogu, la primera película de Star Wars luego de casi una década, está mucho más cerca de Rogue One que de las producciones más acartonadas de la franquicia reciente (eso incluye a la desabrida cinta sobre Han Solo y a las series insulsas sobre Boba Fett y Obi-Wan Kenobi). Sin embargo, a diferencia de Rogue One (de dónde surgió esa maravillosa alegoría a la Alemania Nazi y a la resistencia conocida como Andor), The Mandalorian and Grogu posee una sensibilidad diferente: más juguetona, serializada y cercana a la acción vertiginosa de los extraordinarios dibujos animados de Genndy Tartakovsky en Star Wars: Clone Wars. Las peleas son veloces, físicas y energéticas. Hay secuencias que parecen directamente sacadas de un cómic, un pulp, un serial o una serie animada.

Por supuesto, ya aparecieron las críticas diciendo que la película es “simple”, “plana”, “liviana” o “poco trascendente”. A esos críticos con sus adjetivos insufribles y a ciertos fanáticos furiosos solo queda responderles algo muy simple. Hagan como François Truffaut y Jean-Luc Godard. Dejen de destruir películas desde una silla y hagan las suyas. Favreau demuestra aquí un amor enorme por Star Wars, un cuidado artesanal por este universo y una comprensión absoluta de lo que significa el cine de aventuras popular. Resulta agotador ver cómo parte del debate moderno está secuestrado por adultos (no niños) incapaces de disfrutar algo sin convertirlo en una guerra cultural permanente.

Todo lo que un verdadero amante (no fanático) de Star Wars puede pedir está aquí: Criaturas extrañas, acción desatada, humor, aventura, emoción, traiciones, robots, un grupo de mecánicos, persecuciones, mercenarios, loros, ratas y perros alienígenas, melodrama espacial y una galaxia que vuelve a sentirse enorme y cercana al mismo tiempo. Así que no queda mucho más por decir. Compren sus palomitas, apaguen el cinismo y disfruten este viaje fantástico. This is the way.

CONTENIDO RELACIONADO

  • 00:00
00:00
  • 00:00