Crítica: Scream 7

La saga que convirtió el slasher en un comentario inteligente sobre sí mismo termina reducida a un desfile de guiños cansados, situaciones estúpidas y revelaciones torpes.

Cortesía de UIP.

Si la premisa original de Scream era dinamitar el slasher desde dentro con unos personajes conscientes de las reglas, diálogos que citaban y desmontaban el género, y mucha ironía sin perder el susto, esa idea se fue diluyendo hace rato. En Scream 7, directamente desaparece. Lo que queda es un karaoke nostálgico y destemplado que juega a “los grandes éxitos” sin entender qué hacía especial la canción.

Cuando se anunció el regreso de Kevin Williamson como director (guionista original de la saga creada junto a Wes Craven) muchos pensamos que podría ocurrir algo similar a lo que pasó con Wes Craven’s New Nightmare: una reinvención astuta, consciente de su propio desgaste, capaz de convertir la ficción en amenaza real. Si Craven había hecho que Heather Langenkamp se enfrentara a un Freddy nacido de las propias películas, ¿por qué no llevar a Sidney Prescott a un terreno parecido?

Pero no. El metacine aquí se reduce a dos chistes rápidos y una que otra referencia a la inteligencia artificial y a la cultura digital. Nada más. No hay reflexión real sobre la saga, ni sobre el género, ni sobre el propio acto de reiniciar franquicias. El guion coescrito por Williamson y Guy Busick se limita a repetir fórmulas con la esperanza de que la nostalgia haga el trabajo pesado.

El arranque en la casa de Stu Macher (sí, otra vez) prometía algo. La escena inicial tiene tensión y un par de movimientos de cámara bien calculados. Pero pronto el misterio cae en el territorio Scooby Doo, con todo y Shaggy, con sospechosos enmascarados intercambiables, pistas forzadas y revelaciones que parecen improvisadas cinco minutos antes del rodaje.

El regreso de Neve Campbell como Sidney Prescott era el gran atractivo, especialmente tras su ausencia en la entrega anterior por disputas salariales. Campbell cumple. Siempre ha sido el corazón de la franquicia. Pero aquí el personaje parece arrastrado por un guion que no sabe qué hacer con ella más allá de repetir el ciclo de trauma.

Courteney Cox regresa como Gale Weathers y aporta algo de la energía punzante que la saga necesita. Su presencia reaviva la película durante unos minutos (en el tercer acto prácticamente desaparece). También vuelven los gemelos Mindy y Chad (Jasmin Savoy Brown y Mason Gooding), que entienden mejor el tono ligero que debería tener Scream. Pero el guion los usa como piezas funcionales, no como motores dramáticos.

El mayor problema es el nuevo grupo juvenil. Isabel May interpreta a Tatum Evans (decisión que ya tensiona la cronología), pero el personaje carece de fuerza. El resto de los amigos parecen escritos a partir de arquetipos básicos: el adepto al terror y al true crime (Asa Germann), el novio demasiado bueno para ser verdad (Sam Rechner), el policía golpeado (Joel McHale) y las amigas, una ingenua (McKenna Grace) y la otra callada (Celeste O’Connor). Nada que no hayamos visto mejor en 1996.

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Y luego está Matthew Lillard. Su aparición (que no detallaremos) intenta capitalizar el cariño que muchos le tienen desde la primera película. Pero el resultado bordea la autoparodia. En vez de sumar complejidad, convierte el clímax en un espectáculo exagerado que justifica todas esas críticas que Tarantino ha hecho sobre la aproximación caricaturesca del actor hacia sus personajes.

En lo visual, la película luce sorprendentemente acartonada. La iluminación oscura sin intención clara, el montaje irregular, los diálogos imbéciles que no fluyen con naturalidad. El oído que Williamson tenía para capturar la voz juvenil en los noventa aquí se siente desconectado. Los intercambios entre los jóvenes suenan rígidos y artificiosos, como si alguien estuviera intentando imitar el estilo Scream sin entender su ritmo.

Lo único que realmente funciona son las muertes. Desde la quinta entrega, Ghostface se volvió más brutal, más físico y menos juguetón. Bien por él (o por ellos).  Aquí hay asesinatos inventivos, con momentos de miedo genuino y coreografías bien logradas. Cuando la película abraza su lado más violento, respira mejor. Pero una saga que nació del ingenio no puede sostenerse solo en cuchilladas (a no ser que se llame Stab).

El problema no es que Scream 7 sea la peor película del año hasta ahora. Es que representa el agotamiento de una idea que alguna vez fue brillante. Donde antes había comentarios inteligentes, ahora hay repetición. Donde antes había ironía y diálogos de metacine, ahora hay guiños forzados.

Si esto es un cierre, no tiene peso. Si es un nuevo comienzo, no tiene rumbo. Y para una franquicia que enseñó al público a identificar las reglas del juego, caer en trampas tan evidentes resulta difícil de perdonar.

“Ya no más” no es una consigna airada. Es una reacción ante el cansancio. 

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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