Crítica: Pompeya: Bajo las nubes

Un documental italiano que convierte a Nápoles y Pompeya en un espejo inquietante donde el pasado enterrado y el presente convulso parecen respirar bajo la misma capa de ceniza.

Gianfranco Rossi 

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de MUBI.

Desde hace más de una década, Gianfranco Rosi ha desarrollado una de las filmografías documentales más singulares del cine contemporáneo. En Sacro GRA se detenía en la vida que rodea la autopista que circunda Roma; en Fuocoammare  registraba la crisis migratoria desde la isla de Lampedusa. Pompeya: Bajo las nubes funciona como la tercera pieza de esa constelación italiana: un retrato de Nápoles y su territorio volcánico donde la historia, la geología y la vida cotidiana conviven sobre un suelo inestable.

El título proviene de una frase de Jean Cocteau: “El Vesubio crea todas las nubes del mundo”. Y esa imagen define el espíritu de la película. El volcán nunca es simplemente un paisaje. Es una presencia constante, una sombra geológica que recuerda que la región vive suspendida entre belleza y catástrofe.

Rosi filma en un blanco y negro de una precisión casi espectral. La decisión no es puramente estética, ya que transforma el paisaje napolitano en algo fuera del tiempo. Las excavaciones arqueológicas de Pompeya, los túneles clandestinos cavados por saqueadores de antigüedades, los depósitos portuarios llenos de grano o las calles de la ciudad parecen pertenecer simultáneamente al pasado y al presente.

La estructura de la cinta posneorrealista no sigue una narrativa tradicional. Como en sus trabajos anteriores, Rosi compone una especie de mosaico observacional. La cámara permanece quieta, atenta, dejando que las escenas hagan erupción. El resultado tiene algo de musical, una sucesión de fragmentos que lentamente empiezan a resonar entre sí.

Uno de los espacios más fascinantes es el sitio arqueológico de Pompeya, donde equipos internacionales trabajan en excavaciones que parecen abrir una ciudad dentro de otra. Allí el tiempo adquiere una textura física. Cada objeto recuperado (una estatua, un fragmento de fresco o una habitación enterrada) funciona como una cápsula histórica que conecta la erupción del año 79 con el presente.

Pero Rosi no se limita a contemplar las ruinas. La película también observa la vida actual de Nápoles, una ciudad acostumbrada a convivir con la incertidumbre. En un centro de llamadas de emergencia, operadores responden a todo tipo de situaciones, consultas triviales, bromas telefónicas, reportes de incendios o llamadas desesperadas de víctimas de violencia doméstica. Sin embargo, muchas de esas voces tienen algo en común en el temor constante a los terremotos.

Es en esos pequeños momentos donde el documental revela su verdadero tema. No es solo un documental sobre Pompeya ni sobre el Vesubio. Es una reflexión sobre cómo las comunidades continúan viviendo bajo la consciencia de un desastre posible.

El puerto ofrece otra dimensión de esa mirada. Allí un carguero transporta toneladas de grano mientras trabajadores migrantes hablan por teléfono con sus familias. Para ellos, Nápoles es simplemente una escala en un mundo marcado por conflictos mucho más inmediatos. Su perspectiva introduce una ironía silenciosa. Para quienes vienen de regiones devastadas por la guerra, el paisaje volcánico italiano parece casi tranquilo.

Rosi también introduce ecos de metacine. En una sala abandonada se proyectan fragmentos de Viaggio in Italia, la película de Roberto Rossellini que ya había contemplado la melancolía de Pompeya en los años cincuenta. Ese gesto crea una especie de arqueología cinematográfica donde las imágenes del pasado dialogan con las del presente como si el propio cine fuera otra capa enterrada de memoria.

Lo que emerge de Pompeya: Bajo las nubes es una sensación persistente de fragilidad. La ciudad aparece cubierta por una atmósfera gris que recuerda tanto a la ceniza volcánica como a la ansiedad contemporánea nublada con el cambio climático, los conflictos internacionales y la erosión cultural.

Pese a lo que se pudiera pensar, Rosi no filma con fatalismo. Su cámara encuentra pequeños gestos de continuidad con los arqueólogos que restauran fragmentos de historia, los profesores que enseñan a niños después de clase y los trabajadores que mantienen en funcionamiento los sistemas que sostienen la vida cotidiana.

La película sugiere que vivir bajo las nubes del Vesubio implica aceptar una paradoja fundamental. El mismo paisaje que produjo una de las mayores tragedias de la antigüedad también generó una de las culturas más vibrantes del Mediterráneo.

En manos de Rosi, Nápoles aparece como una ciudad que existe simultáneamente en dos tiempos. Uno es el de las ruinas que recuerdan el pasado y el otro es el de las personas que, día tras día, siguen construyendo el futuro sobre ellas. Y entre ambos, flotando como ceniza en el aire, permanece la pregunta silenciosa que atraviesa toda la cinta. ¿Cuánto de nuestro presente terminará también enterrado algún día bajo las nubes? Solo el tiempo lo dirá.

CONTENIDO RELACIONADO

  • 00:00
00:00
  • 00:00